jueves, 19 de diciembre de 2019

Un solitario fiscal en Trujillo

Una agradable sorpresa me he llevado al ver Casos complejos, la última película de Omar Forero. Y ya estamos algo tarde, nada menos que diciembre, para sentir en el pecho (o donde a uno se le antoje) buenas impresiones. En fin, que me ha gustado (no toda, pero sí en gran parte, y antes que me líe, me explico).

La historia cuenta la desarticulación de una red de corrupción y crimen organizado en Trujillo. El encargado de esta labor será un valiente fiscal apellidado Bardales que, junto a un equipo bastante joven, irá tras la pista de una banda de delincuentes llamada Los Iracundos.

(Cabe agregar aquí que esta historia tiene un ingrediente real, pues las acciones del protagonista están inspiradas en las del fiscal William Rabanal Palacios, quien hace algunos años fue titular de la Fiscalía Especializada en Casos Complejos. Rabanal fue el responsable de desarticular numerosas bandas que asolaban La Libertad).

La cinta de Forero logra plasmar muchas de sus buenas intenciones. Hay un tono lírico y pausado que uno jamás pensaría encontrar en una cinta de corte policial. Un tono adecuado, diría yo, que construye imágenes cargadas de poesía, como la parte en la que dos chicos están fumando marihuana y el espectador se entrega a la lenta contemplación de la vida y la muerte. Una escena de lo más sublime, sin duda.

El guion es quizá lo más valioso de este filme. No existen puntos muertos y las situaciones se suceden unas tras otras con urgencia y naturalidad. Esto que ha logrado Forero es el ritmo. Alternar la violencia y la calma, la acción pura y los detalles, las explicaciones necesarias y los silencios.

Hay, no obstante, imperfecciones notorias en la película. La musicalización no siempre sintoniza con lo que vemos. Sin quererlo, en algunos pasajes la música subraya el drama o vuelve paródicos los momentos más solemnes. Por otro lado, los actores son amateurs (de hecho, el fiscal Bardales está interpretado por un pintor) y, en consecuencia, son notorios el artificio y la impostura.

Fuera de estos deslices, la historia que más cautiva y la que tiene los elementos más finos es la de Yónatan, el joven sicario que pertenece a Los Iracundos. Sobre este personaje sí hubo un mayor tratamiento. Es notable la complejidad narrativa con la que Forero decide contar la historia de este muchacho y la profundidad psicológica que le otorga. 

Casos complejos es una película que toca un tema puntiagudo y que, ante un examen riguroso, se podría decir que sale bien librada. La ha tenido difícil en su paso por Lima, con horarios mezquinos y muy pocas salas. Vale la pena.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Un granito de mostaza y otros cuentos reaccionarios

A los autores que no se toman muy en serio, yo me los tomo muy en serio. Juan Carlos Nalvarte Lozada (Arequipa, 1991) es uno de ellos. He leído hace poco Un granito de mostaza y otros cuentos reaccionarios (2019), su más reciente libro, y he tenido la impresión de estar frente a un narrador al que solo le interesa escribir muy bien y parodiarse a sí mismo y seguir escribiendo bastante bien. En resumen, Nalvarte se ríe de él y se ríe de todos. Ha entendido de qué va esto que llamamos literatura.

En los paratextos de este conjunto de relatos breves encontramos el tono en que están escritos. Dice Andrea, la esposa del autor, en la contraportada: «Asquerosamente heteropatriarcal. ¿Para eso me esfuerzo en cocinarte?». Con un blurb así uno dice de inmediato: tengo que robar este libro y leerlo. A mí me lo obsequiaron.

El humor en literatura es —atención con la ironía— un asunto muy serio. Quizá solo existe un reducido grupo de seres destinados a escribir en clave de humor y sin mucho esfuerzo, y con este libro me ha quedado claro que Nalvarte es uno de ellos. Lo que él hace aquí solo se lo he visto a Sławomir Mrożek, que ya es decir bastante. Despliega un humor ingenioso y disparatado, y, además, trabaja el absurdo con una maestría perversa (hay un cuento verdaderamente desternillante en el que dos republicanos de la guerra civil española empiezan a amedrentar a una pintura del Sagrado Corazón de Jesús).

Son muchos los aciertos de estas narraciones breves, pero esos méritos quedan opacados ante las erratas con las que el lector se topa cada tanto. Este es un libro autoeditado, ojo. Sé que Nalvarte tuvo una mala experiencia con su primer libro y que de allí en adelante ha optado por la autoedición, con todo el riego que esto implica. Y aquí, estimo, el riesgo ha sido mayor porque si se hubieran suprimido algunos cuentos y corregido todos los vicios del lenguaje que aparecen en estas páginas, el resultado habría sido más que notable. Pese a esto, en este conjunto de relatos puede apreciarse el oficio que sus tres anteriores publicaciones le han otorgado a Nalvarte.

Otro punto a destacar es el eje temático en el que gravitan sus historias. Aquí, el autor se arroja sin el menor temor a parodiar el mundo actual (un mundo plagado de activistas del medio ambiente, hombres transespecies y asambleas supremas que controlan nuestras vidas bajo determinadas ideologías). Todos sus personajes son seres desencantados con el mundo en el que viven y que, lejos de rendirse, hacen el mayor esfuerzo por adaptarse a él.

Juan Carlos Nalvarte Lozada ha escrito un libro simpático que casi no ha publicitado en ningún medio. Quizá le gusta pasar desapercibido, pero yo digo que es justo darle una oportunidad y seguirle la pista.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Imagina el mundo

Imagen tomada de aquí.

Rodrigo Fresán dijo hace muy poco, a propósito de la publicación de La parte recordada, que el miedo mayor de un escritor es que dejen de ocurrírsele cosas «porque la escritura no es más que transcripción». El año pasado, Hugo Alconada le hizo a Arturo Pérez-Reverte una de las mejores entrevistas que yo haya visto nunca y el autor de Sidi confesó lo siguiente: «A mí no me gusta escribir, a mí me gusta imaginar». Y, segundos después, agregó que le molestaba «el acto mecánico de escribir». De esto, y casi sin querer, hemos hablado hace unas semanas Johann Page y yo durante una mesa organizada en el marco del Hay Festival de Arequipa.

En el conversatorio, Page dijo que, luego de la publicación de Los puertos extremos, su primer libro, había dejado de escribir por muchos años. Esto, nada más escucharlo, me pareció inaudito, al punto que le pregunté cómo era posible que hubiese dejado de escribir y que, en mi caso, me parecía peligroso dejar de hacerlo, porque la escritura es un fuego que temo que se apague el día que yo le otorgue vacaciones al acto de juntar letras.

Page puso en duda lo que había afirmado hacía un instante. Dejar de escribir. No, en el fondo nunca dejó de escribir. Lo que hizo fue privarse de colocar palabras sobre el papel. Abandonó la materialidad de la escritura, pero jamás dejó de elaborar historias en su cabeza. 

Tanto Fresán como Pérez-Reverte confirman que la materia prima de la escritura es la imaginación (Fresán va más allá y le añade a esta el sueño y el recuerdo). Lo demás es convertir en lenguaje escrito aquello que uno inventa en la mente. La literatura como tal es entonces la concreción del desvarío. El escritor muere cuando abandona los juegos mentales. Para decirlo con claridad: escribir sin imaginación es redactar.

Ha sido interesante y fructífero hablar con Page porque también me hizo reflexionar sobre las condiciones de producción de los escritores. Page creía que lo único que se necesitaba para escribir era una silla (pero una buena silla, ojo), hasta que se enteró de que Ernest Hemingway escribía de pie. Uno pensaría que solo hace falta una laptop conectada a internet, hasta que descubrimos que Jonathan Franzen vive (y escribe) totalmente desconectado de la red. En ambos ejemplos tenemos la misma imagen: un tipo abandonándose a la soledad de una habitación en donde solo existen una mesa, una silla, una computadora y un razonable silencio. 

En el Hay Festival de Arequipa se ha celebrado la imaginación y el diálogo, y he sido testigo de lo saludable que resulta juntar a distintos creadores para que convivan durante cuatro días e intercambien ideas y se dirijan hacia un público amplio.

Lo fascinante es el hálito de esperanza que lo envuelve a uno al salir de eventos como este. Sin embargo (y felizmente), aún queda mucho por imaginar. Demasiado, diría yo. Todo un mundo. Un mundo nuevo.

jueves, 31 de octubre de 2019

Dickens en concierto


F me llama y me dice que me ha enviado los pasajes aéreos a mi correo. De paso, me informa sobre la dinámica que tendremos que seguir. También me dice que esta será la última presentación.

Me da un poco de pena esto que me cuenta F. La última presentación, pienso. Hemos estado en un par de universidades de Lima y en la feria internacional de esta ciudad, en ferias y centros de estudios de Huancayo, Ayacucho y Piura. Y si hay algo que me ha dado el Premio Copé (perdonen el autobombo), y que valoro tanto, ha sido la oportunidad de ponerme delante de un auditorio (lo que básicamente he hecho en todas esas ocasiones —con alguna ligera variación— es contar cómo llegué allí, es decir, a estar frente a un público que espera que diga algo interesante).

Los viajes a provincia junto a F, C y R están repletos de historias. En Ayacucho, por ejemplo, nos condujo un taxista que sentía un tierno y enorme orgullo al estar transportando al hijo del autor de El mundo es ancho y ajeno, y cuando los policías lo atajaban por querer atravesar una calle prohibida, decía el buen hombre: «Es que estoy llevando a los catedráticos» (y nos presentaba ante las autoridades y nosotros éramos su salvoconducto). En Huancayo, donde nací pero solo viví hasta el año y medio, alguien corrió la voz de que me encontraba en la feria, y durante la respectiva firma de libros se fueron acercando personas que decían ser mis tíos o primos (hay una parte de mi árbol genealógico que no conozco y tiene raíces allí). En Piura trabé amistad con un profesor español, escritor y gran lector de Ribeyro, con quien intenté hablar de literatura española última pese a que él sentía mayor pasión por la literatura peruana última y la conocía al dedillo.

Una amiga me dijo que esto es lo más parecido a la vida de un rockstar, y quizá las analogías que encuentro validan mucho su afirmación porque F, C, R y yo salimos en avión muy temprano, llegamos a hoteles de primera, paseamos un poco por la ciudad y, cuando cae la tarde, nos sentamos a una mesa y hablamos frente a un auditorio repleto. Esta sería nuestra manera de dar un concierto.

(Para llegar a fin de mes, Charles Dickens hacía lecturas públicas en Nueva York. Sus lectores iban al teatro, pagaban una entrada y accedían al lujo de oír al propio Dickens leer en voz alta algunos extractos de sus novelas —una especie de Hernán Casciari—. Nosotros, en cambio, somos más solemnes. Hablamos sobre las obras ganadoras y contamos algunas anécdotas).

Me despido de F sabiendo que esta será su última llamada para coordinar un viaje. Él seguirá en lo suyo, año tras año, poniendo su granito de arena para consolidar el que es el premio literario más importante del Perú. Yo seguiré en lo mío, que es juntar letras. Y Trujillo será la última ciudad que visitemos juntos F, C, R y yo.

Estoy triste pero he hecho amigos.

jueves, 24 de octubre de 2019

Para C

Robert Braithwaite Martineau. (Kit’s Writing Lesson, 1852)

Me ha escrito C a raíz de una columna que publiqué el jueves 3 de octubre. Me dice que le parece una maravilla todo eso que cuento allí: el lugar que describo, sus personajes, sus etcéteras. Me dice que el hecho de estar rodeado de escritores le parece un ensueño. Sin embargo, C es joven y a su edad hay cosas que ignora (aunque yo, a mi edad, ignoro muchas otras y apenas les he cogido la maña a algunas durante estos últimos años).

A su edad, y por una cuestión de salud mental, es bueno ignorarlo todo sobre el «mundillo literario», y si escribo esto no lo hago con la intención de aleccionarlo. Creo que C descubrirá los espantos y alegrías del «mundillo» por cuenta propia.

C ha publicado este año tres cuentos en distintas antologías, y apenas terminé de leer su mensaje me puse a examinar sus textos y encontré ese rasgo tan autobiográfico y tan propio de los autores que se inician en el oficio de juntar letras.

Debo reconocer, no sin pudor, que yo jamás he ido tras un consejo literario (es decir, tras esas palabras de aliento que le da el escritor distinguido al aprendiz). Para mí ha sido más importante entablar amistad con lectores que son realmente voraces (tal vez yo valoro más al lector puro que al lector que escribe, pero ese es un tema aparte). No obstante, me tomaré el atrevimiento y le diré a C, sin mayores aspavientos, que persista en este oficio. Que tendrá todo en su contra (porque así tiene que ser) y que, por tenerlo todo en contra, el fruto de su esfuerzo será doblemente gozoso. Quizá C llegue a preguntarse si tiene talento, y aquí me gustaría detenerme un instante.

Cada vez me convenzo más de que el talento no existe. O podría no existir si uno no se impone una necesaria disciplina. Y yo te exhorto, C, a que perseveres. No hay que rendirse nunca en este oficio que, más que una demostración de don innato, es una carrera de resistencia. Llegan lejos quienes pueden soportar rechazos, indiferencia y soledad (porque la soledad que conocerás cuando escribas, cuando de verdad te sumerjas en la escritura, será inmensa y angustiante pero también placentera).

Imagina que esto es como el sujeto que está obsesionado con su cuerpo y, por tanto, va al gimnasio todos los días para conseguir los músculos perfectos. En lo que a ti respecta, tu tarea es escribir siempre, leer siempre, ejercitar ese músculo de la prosa que, apenas te descuides, se dormirá pronto y adoptará una consistencia gelatinosa.

Yo te deseo suerte y una cabeza fresca, y ya que ambos creemos en la palabra, espero que estas líneas sirvan de algo y te marquen aunque sea un poco. Recuerda estos versos de Roberto Bolaño: «Escribiendo hasta que cae la noche / con un estruendo de los mil demonios».

jueves, 17 de octubre de 2019

Velásquez

Tenemos en cartelera La revolución y la tierra, un contundente documental que aborda, de manera didáctica y aguda, a ese polémico periodo de nuestra historia reciente que encabezó Juan Velasco Alvarado en el umbral del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas.

El mayor acierto de su director, Gonzalo Benavente Secco, es brindar un relato coral donde se funden análisis y testimonios para que el espectador contemple todas las aristas de la Reforma Agraria que se ejecutó en 1969 (resaltan aquí los aportes de Antonio Zapata, Hugo Blanco, Héctor Béjar, Zoila Sandoval y Carlos León Moya, entre otros).

Podemos apreciar en el primer tramo del largometraje una necesaria introducción sobre el problema de la tierra, preámbulo que nos sirve para disfrutar a continuación del minucioso estudio de la figura transgresora que encarnó Velasco. En su posterior desarrollo, la película busca comprender qué motivó a las Fuerzas Armadas a establecer reformas sociales y económicas y, sobre todo, muestra cuáles fueron sus consecuencias (visibles a día de hoy).

Lo que distingue a este de otros documentales de similar eje temático es la construcción de un subtema o un relato alterno. De esta forma, en La revolución y la tierra, y gracias a la participación de Ricardo Bedoya, se va trazando una particular historia del cine peruano. En los extractos de las cintas que se nos muestran se ven reflejados los conflictos sociales que anteceden al golpe del 68 (y también son espejos del entramado social posterior, cuando el gobierno de facto ya se ha establecido). 

En esta amalgama de interpretaciones, anécdotas e imágenes de archivo hay una invitación al diálogo y, cómo no, a repensar la historia. Y aquí, en lo personal, esto me resulta fascinante porque hace que el espectador cuestione quién (y cómo) cuenta la historia oficial tras un suceso. (Refiriéndose a los asuntos bélicos, por ejemplo, Martín Kohan diría que la historia oficial no la cuentan los vencedores porque estos están más ocupados en gobernar que en narrar cómo ganaron la batalla).

En lo que concierne a Velasco, recuerdo una entrevista que aparece en Cambio de palabras. En esta, Alfredo Bryce Echenique le confiesa a César Hildebrandt que posee una «incapacidad fisiológica para la política». Lo dice en 1972, durante el gobierno militar. Para dejar claro esto le cuenta que, por ejemplo, en una entrevista para un medio español, un periodista lo reprendió por un constante descuido suyo: «Pare usted de decirle Velásquez, se llama Velasco». Líneas atrás, Bryce también admite que siente una gran simpatía por el mentado general y que le gustaría emborracharse con él.

Velasco, en efecto, podía despertar simpatías. Por eso resulta atinada la leyenda que acompaña al afiche del documental: «Velasco es un héroe. Velasco es un villano. ¿De qué lado estás?».

La toma de posición respecto al gobierno militar no admite términos medios. A Velasco se le ama o se le odia. Este documental, no obstante, es una droga fílmica que uno tiene la obligación de administrarse. En su absoluta brillantez solo cabe la admiración.

jueves, 10 de octubre de 2019

Ley del Libro

Imagen: Andina.

Lo que no se debe pasar por alto nunca es la desinformación. El 11 de septiembre se publicó una nota en un diario importante y en la que se aseguraba que un libro de Mario Vargas Llosa, La llamada de la tribu, costaba 42 dólares aquí en Lima, Perú, planeta Tierra, y, para entreverar un poco más el asunto, se decía en la misma nota que en Argentina el precio del mismo título era más barato, exactamente 26 dólares, y, claro, esto, a ojos de quienes leen con atención las cosas que atañen a los libros, no pasó por alto, a tal punto que algunos se lo hicieron saber al hombre informado que redactó eso que de información tendenciosa tenía mucho, y el implicado dijo, primero, terqueando, que no podía ser, en ningún caso, un error suyo, porque lo que había citado era un informe del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), que es como decir que este ministerio nunca se equivoca y yo solo he citado a la fuente, y esto, en periodismo, es imperdonable, lo de no tomarse el trabajo de verificar la fuente (y citarla bien, ojo) es propio de los aficionados o quizá de los individuos de mala fe, pero el hecho no queda allí, que sería anecdótico y trivial y hasta motivo de burlas, el hecho va más allá porque yo arrojo un dato falso o erróneo y ya no puedo revertir el daño, ya desinformé, y que se jodan los que ahora piensan que un libro de Vargas Llosa puede costar 42 dólares (asunto no menos grave es haber hecho la comparación con la economía Argentina y su desbocado caballo inflacionario), y la cosa peor, no obstante, es que alguien puede creer de verdad que un título como el ya mencionado cuesta tanto, y además, con dolo o sin, ponerlo por escrito (y yo aquí invito al hombre informado a comprar más libros, ya ni siquiera leerlos, porque, como dice Alberto Olmos, «la cultura es comprar cultura»), y en este jaleo el implicado tuvo que ceder ante la pequeña presión que se le hizo por redes y admitir su error (el error fue no mencionar que esos precios del informe del MEF estaban expresados en Purchasing Power Parity), pero el desliz, que quizá ya muchos olvidaron (cuando a mí me encanta hundir el dedo o la mano entera en la llaga), cumplirá un mes en breve, irónicamente el 11 de octubre, día en que vence la Ley del Libro y desaparecen también sus respectivos beneficios tributarios, y Petrozzi, tenor y ministro de Cultura, no ha cantado claro hasta el momento, tan solo ha dicho que «el libro en el Perú no puede quedarse sin exoneraciones», y yo, como cualquier ciudadano interesado en estos asuntos, no me conformo con palabras sino que necesito ver acciones, y hoy, mientras escribo estas líneas, no las he visto, y quizá esta columna quedé desfasada y hoy o mañana estemos celebrando la victoria del libro, o tal vez no.

jueves, 3 de octubre de 2019

Hay chocolate


Cóctel en la Residencia Británica. Allí se han de anunciar a los invitados al Hay Festival Arequipa de este año. Días atrás me habían soplado que era yo uno de los invitados, pero junto a la confidencia vino también la exhortación: que no lo diga, no hasta que se anuncie en el evento. Y el cóctel es un lugar donde se reúnen escritores, editores, periodistas e influencers. Personas que tienen algo que ver con los libros. A su modo, se dedican a una pasión anacrónica y eso me despierta una fe enorme, tan enorme que quiero embriagarme con el entusiasmo que emanan, y en la opulenta casa, donde abunda el entusiasmo, hay también vino de sobra y whisky del bueno para ponerse ebrio de verdad, y allí está C, mi buen amigo, que es tan alto como sincero: es decir, demasiado (su altura me enfada porque tengo que erguir la cabeza; su sinceridad, no). A C no le pega el trago y puede beber un vaso tras otro y seguir como si nada. Es un superpoder. En cambio, yo debo estar toda la noche con la misma copa de vino o, de lo contrario, puedo caer en la tentación de imitar a Camilo Sesto. Y allí, de pie, ya no con C, sino acompañado de B —quien hace muy bien su labor de difundir la obra de autores de editoriales independientes, pero, irónicamente, le teme a las cámaras—, escuchamos los nombres de los invitados. Se mencionan a Pamuk y Kureishi, entre otras constelaciones. Y, claro, me siento ínfimo. Pero siento también que tengo una infinita y deliciosa responsabilidad. (Hubo un señor —quisiera saber su nombre— que me apretó la palma con ambas y bonachonas manos y me lanzó un elogio que solo pude responder con una sonrisa tonta). Y así llega la hora en que debo abandonar ese lujo de personas que combina tan bien con la suntuosidad del recinto (para llegar a las puertas de la enorme residencia hay que tomar un coche particular), y entonces nos retiramos junto con P y unos amigos arequipeños (N, A y la novia de A). N me habla de mi novela. Dice que la terminó durante una clase de la universidad. Me confiesa que lloró durante el tramo final (quise decirle que yo también lloré al escribir esa parte, pero me guardé el secreto). A, en cambio, me pregunta cuánto del personaje principal hay en mí (quise decirle que, tal como al personaje, a mí se me va la pinza con los ansiolíticos, pero me guardé el secreto). Estas conversaciones suceden mientras buscamos un chocolate que es un manjar y que se le ha perdido a N (los ingleses son muy buenos inventando golosinas adictivas: fabricaron la primera tableta en 1847). Luego, ya fuera, nos separamos y me voy en taxi y siento que he salido de allí con muchas ganas de escribir. Imagino que puedo escribir esto. Entonces saco mi libreta de apuntes y empiezo: Cóctel en la Residencia Británica.