jueves, 6 de mayo de 2021

Blanco y negro

Veinticinco años cumplió en 2020 una obra emblemática en nuestra literatura reciente: Blanco y negro, de Carlos Herrera. Era menester, por tanto, realizarle a esta novela unas merecidas bodas de plata. De esta labor se encargó La Travesía Editorial, cuyo trabajo de edición —hay que decirlo ya— nos ha otorgado un libro de ropaje bello.

La presente edición, que es conmemorativa, trae un breve y persuasivo prólogo de Fernando Iwasaki. El resto, el texto en sí, es una novelita preciosa que no tiene una sola arruga en la frente y que, quizá ahora en épocas electorales, adquiere una renovada juventud.

Vamos al asunto.

Blanco y negro nos cuenta la génesis, el desarrollo y el final de un «héroe» llamado Ulises García, quien posee un extraño mal que lo hace ver los aspectos negativos y positivos de cualquier fenómeno sin lograr extraer de ellos una síntesis. Esta rara condición (que recibe el nombre de «razón contradictoria») lo incapacita para tomar decisiones, desde las más simples hasta las más complejas. Ulises, además, padece de un imperceptible defecto físico: no puede ver a colores. Todo lo observa en blanco y negro. Así, por ejemplo, se encuentra negado para apreciar la belleza de un atardecer.

Ulises, sin embargo, crece y trata de insertarse en el mundo, y es allí cuando, a través de su mirada objetiva, se nos despliega la historia del Perú reciente: el golpe de Estado de Velasco, la sucesión de Morales Bermúdez, el retorno de Belaúnde, la llegada de Alan García y la crisis económica, el advenimiento del Fujimori y del terrorismo. Lo interesante es que el narrador jamás menciona nombres o brinda fechas, sin que esto despiste al lector.

Llama la atención la organización textual de la novela y el juego o la parodia que propone. Basta con observar el índice para preguntarnos si estamos ante una tesis. Por otro lado, el lenguaje, totalmente depurado, tiene el propósito de presentarnos la vida de Ulises como si se tratase de un frío expediente cuando, en realidad, la vida del protagonista está signada por la fatalidad. De hecho, el humor negro, abundante a lo largo de la novela, adquiere una connotación bastante cruel al ser expresado mediante este lenguaje aséptico.

Si el célebre Bartleby de Herman Melville prefería no actuar, el Ulises García de Carlos Herrera simplemente se mantiene en la imposibilidad de tomar partido. En él, la indecisión constituye un atributo.

jueves, 25 de marzo de 2021

Caperucita se come al lobo

Mientras esperamos a que Los abismos aterrice en nuestras librerías locales, aquí han tenido a bien reeditar Caperucita se come al lobo (La Travesía Editora, 2021), extraordinario libro de cuentos de la autora colombiana Pilar Quintana.

Ocho cuentos trae este libro. Narraciones cortas y muy bien logradas. Quintana reina en la brevedad porque es consciente de las limitaciones espaciales del género. Traza en pocas líneas un ambiente y su tensión. En apenas cuatro páginas concentra un universo que es, en muchos casos, perturbador y animal.

Quizá la principal característica de estos relatos es su descarnado salvajismo. Quintana nos revela, en algunos de ellos, el lado más pasional de las relaciones de pareja. Y lo que llama la atención es que lo hace sin muchos adornos ni rodeos. En otros relatos prima la brutalidad del ser humano (un lado cruel que, bajo la pluma de esta autora, surge espontáneo). Algunas escenas son chocantes y es allí cuando percibimos que Quintana ha dado en el clavo: nos ha remecido por dentro.

Para quienes buscan un libro de cuentos orgánico, hay que advertirles que este no lo es (y esto no es un demérito). Sucede que, como dijo una o varias veces Alberto Olmos, los críticos se empeñan en que los libros de cuentos sean unitarios, reclamo del que está exento la novela, pero ese tema ya nos aleja de esta reseña.

La disparidad de estos cuentos es quizá lo que más me ha agradado del conjunto, pues la autora se permite alternar la violencia rotunda de sus relatos con otros, en apariencia, más sutiles. De hecho, el libro cierra magistralmente con un cuento surrealista titulado «Hasta el infinito», y que funciona como remanso ante el alud de explícita ferocidad a la que nos hemos visto expuestos.

También hay que destacar, como ya se puede adivinar desde el título, que hay una magnífica reescritura de una narración anclada a la tradición popular. Esto nos lleva a poner énfasis en otro relato, quizá uno de los mejores del libro: «El estigma de Yosef». Aquí un episodio bíblico es readaptado por la autora colombiana, con un resultado que es más que satisfactorio.

 Demás está manifestar que hay que leer estos cuentos no solo por su ostensible calidad literaria, sino también porque representan una buena oportunidad para acceder al mundo edificado por Pilar Quintana, un territorio que no es para nada agradable pero con el que hay que lidiar.

jueves, 28 de enero de 2021

Los palimpsestos

Hay novelas que suelen usar el disfraz del absurdo y el humor para plantearnos agudas reflexiones. Los palimpsestos (Editorial Minúscula, 2015), de Aleksandra Lun, es una prueba de esto.

Para empezar hay que decir que el libro de Lun es desternillante. Es imposible parar de reír debido a todo lo que le ocurre a Czesław Przęśnicki, el protagonista, quien afirma ser un «escritor fracasado» y que, además, está internado en un manicomio en Bélgica recibiendo una terapia de reinserción lingüística. Przęśnicki sufre del síndrome del escritor extranjero. No desea escribir en polaco, su lengua materna, sino en antártico, el idioma ficticio que aprendió durante su estadía en la Antártida.

A partir de esta premisa se desarrollan situaciones delirantes, pero se insertan, siempre desde la parodia, profundos cuestionamientos. ¿A quiénes les pertenece un idioma? ¿A los hablantes nativos o también a los que llegan a él de manera azarosa? ¿Quiénes están autorizados a escribir en determinada lengua? ¿Es antipatriota que un escritor abandone su lengua materna para refugiarse en una extranjera? ¿A qué cultura pertenece un autor nacido en Rumania pero que desarrolla su obra en francés?

Desde luego, en el manicomio se combate el mencionado síndrome, y es aquí cuando la trama se torna aún más disparatada porque en sus páginas desfilan los grandes exponentes de la inmigración lingüística. A saber: Samuel Beckett, Joseph Conrad, Agota Kristof y Vladimir Nabokov, entre otros.

Es justamente Nabokov quien desliza una de las comparaciones más sublimes para explicar la sensación de huir de una lengua para adoptar otra: «Yo fui trilingüe desde niño. Pero pasar de escribir en ruso a escribir en inglés fue muy doloroso. Como si volviera a aprender a agarrar objetos después de haber perdido siete u ocho dedos en una explosión». La imagen es magistral, no me lo van a negar.

Por otro lado, y este no es un dato menor, Aleksandra Lun nació en Polonia pero escribió esta novela en español. De esta manera se puede inferir que el asunto del libro —su primer libro, cabe aclarar— es el fruto de su experiencia como escritora que huye de su lengua materna para tomar asilo en la nuestra. El resultado es una novela que poco a poco va ganando lectores y buena crítica (ha sido traducida al inglés, francés y neerlandés). Dicho esto, no es exagerado afirmar que el libro de Lun se va convirtiendo en una lectura indispensable.