miércoles, 25 de abril de 2012

Crímenes ejemplares


Y sin darme cuenta ya estaba leyendo de nuevo sobre crímenes. En este caso, el libro de Max Aub resultó como un bocadito más que delicioso. Se tratan de minificciones en las cuales se compendia la idea del asesinato o el suicidio, muy ingeniosas, por cierto. Transcribo algunas:

—¡Antes muerta! —me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!

Lo maté porque, en vez de comer, rumiaba.

Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.

De mí no se ríe nadie. Por lo menos ése ya no.

Lo maté porque me lo dijo mi mamá.

¿Quién no se ha suicidado?

Y mi favorito:

Llámanlo el sueño eterno. Como padezco horriblemente de insomnio, pruebo.

AUB, Max. Crímenes ejemplares. Madrid: Espasa Calpe, 1999.

martes, 17 de abril de 2012

Crimen y castigo

Recuerdo que me prestaron esta novela de Dostoievski cuando estaba en la academia y jamás la acabé. Hace poco, sin embargo, saldé mi deuda con ella y debo reconocer lo grata que ha sido su lectura por dos razones. Primero, porque la esencia de este clásico sigue tan vigente que a uno aún se le eriza la piel y se asombra ante lo narrado. Segundo, porque la filosofía y psicología de los personajes, sumado a los conceptos básicos en que se funda la novela, generan cierta reflexión en el lector, cierta mirada crítica hacia la realidad.

Rodion Románich Raskólnikov, el personaje principal, sostiene que existen dos clases de hombres: los que obedecen las leyes y los que las rompen para luego crear las nuevas leyes. Esta idea, que se filtra hacia toda la novela, es la raiz de su crimen, del cual se desprenden interesantes reflexiones sobre si matar a una persona vil, evitando así el mal a muchos, puede hasta ser considerada una acción buena.

Sin compasión, la adaptación peruana hecha por Pancho Lombardi, compendia todo esto de manera eficaz y le otorga esa oscuridad visual que en todo momento está presente en la novela, ese ambiente lóbrego que habita tanto en las cosas como en el espíritu de los personajes.

A este respecto, Bajtín tiene un interesante estudio sobre la polifonía en Crimen y castigo. En Problemas de la poética de Dostoievski, sostiene que en la narrativa del escritor ruso existe una «pluralidad de voces y conciencias independientes e inconfundibles». En este sentido, Raskólnikov expone una filosofía de vida que se independiza incluso de la visión artística de Dostoievski: el héroe es poco menos que un ideólogo. Surgen,  además de ésta, muchas otras voces que se le enfrentan y cada cual pugna por ocupar un espacio en el discurso de la novela.  

DOSTOIEVSKI, Fiódor. Crimen y castigo. Barcelona: Planeta, 2000.

viernes, 16 de marzo de 2012

El insomnio y César Vallejo


Hoy celebramos el Día Mundial del Sueño. Es una fecha muy especial para los que, como yo, tenemos insomnio. No entiendo a las personas que se refieren a su insomnio como algo doloroso: «sufro de insomnio», «padezco de insomnio». En mi caso, yo gozo de insomnio. Y gozo de él pues aprovecho sus inigualables beneficios.

Por ejemplo, puedo leer horas de horas, hasta ver la luz del alba a través de mis cortinas. O puedo escribir sin interrupciones de ningún tipo (me parece que Balzac escribía de madrugada pues a esa hora los acreedores no lo estaban acosando). El hermoso silencio que penetra en el hábitat del insomne es incomparable, es casi como estar en un estado de meditación constante.
  
Lamentablemente, creo que me estoy curando del insomnio. Últimamente duermo bien —sin necesidad de pastillas— y empiezo desde temprano a realizar las labores del día. Es allí cuando me percato de que mi nivel de lectura ha bajado. Si en épocas de vigilia nocturna leo una novela corta en una semana, en una rutina de persona normal, que duerme sus ocho horas diarias, puedo demorarme el doble. O más. Felizmente tengo algunas recaídas y el insomnio vuelve a mí, y lo aprovecho para leer como un poseso.
  

Por otro lado, la noticia más importante es que hoy se cumplen 120 años del natalicio de César Vallejo. Bajo ese motivo, Google ha decido celebrar al poeta y le ha otorgado su doodle (que es el logo principal del buscador) como homenaje, aunque solo es visible en el buscador de Perú. 

Esto tuvo como antesala una desatinada columna de Diego De la Torre (hasta el momento ignoro quién es) en la que culpa a Vallejo y a Ribeyro por haber, supuestamente, inoculado un afán derrotista y un espíritu pesimista en el subconsciente de los peruanos. Juro que nunca había escuchado estupidez como ésa, que es de antología.

En realidad, el único y verdadero homenaje que se le puede hacer a un escritor es leerlo, simplemente. Leerlo con vehemencia, leerlo con detenimiento. Leerlo, al fin y al cabo. 

Poema XXXII de Trilce:
999 calorías
Rumbbb... Trrraprrr rrach... chaz
Serpenpéntica u del bizcochero
engirafada al tímpano.

Quién como los hielos. Pero no.
Quién como lo que va ni más ni menos.
Quién como el justo medio.

1.000 calorías.
Azulea y ríe su gran cachaza
el firmamento gringo. Baja
el sol empavado y le alborota los cascos
al más frío

Remeda el cuco: Roooooooeeeis...
tierno auto carril, móvil de sed,
que corre hasta la playa.

Aire, aire! Hielo!
Si al menos el calor (———— Mejor
                                   no digo nada.

Y hasta la misma pluma
Con que escribo por último se troncha.

Treinta y tres trillones trescientos treinta
y tres calorías.

lunes, 5 de marzo de 2012

Nocturno de Chile

Pocas veces me topo con libros que tienen, a mi parecer, los principales rasgos que definen a la gran literatura: la posesión de una vitalidad y fuerza propia a nivel del lenguaje, y, desde esta condición, la inserción en la realidad de manera incisiva y sin tregua alguna. Esta es la conclusión a la que llego luego de finalizar Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, cuya lectura desde un principio se muestra intensa, exuberante, sin decaer hasta el final.

Después de haber leído La literatura nazi en América y Estrella distante (los cuales no me llegaron a convencer del todo), esta novela corta me lleva a confirmar la grandeza que muchos le endosan al chileno. Es un libro compuesto de dos párrafos, todo narrado a partir del monólogo afiebrado de Sebastián Urrutia Lacroix, un sacerdote del Opus Dei y crítico literario que llega a remembrar su vida entera en una sola noche.

Ejemplo notable de la orfebrería del lenguaje, esta novela posee una gran carga lírica, la cual —en los pasajes más notables— desmenuza la realidad de la vida cultural y política de Chile de la década del 70. De esta forma, desfilan personajes como Pablo Neruda, Salvador Allende y el mismo Augusto Pinochet.

Queda registrada así la energía narrativa de Bolaño, dentro de una estructura aparentemente caótica pero que busca constantemente plasmar una literatura verdadera, prodigiosa. El espíritu intranquilo y turbado de Sebastián Urrutia será entonces el puente a través del cual el lector iniciará un recorrido febril y, a la vez, placentero.

BOLAÑO, Roberto. Nocturno de Chile. Barcelona: Anagrama, 2000.
 

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Leer el libro antes de ver la película en el que está basada siempre ha sido una de mis costumbres, sin embargo, con esta novela de Philip K. Dick me sucedió todo lo contrario. Había comprado el DVD de Blade Runner a sabiendas de que se trataba de una película de culto, hecho que confirmé luego de visionarla: sí, era una de las mejores cintas en la historia del cine. Entusiasmado, investigué más sobre el film y supe, sin mucha dificultad, que se basaba en una novela. 

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es la historia del cazador de bonificaciones Rick Deckard, quien tiene el encargo de «retirar» (eufemismo de «matar») a un grupo de androides que se encuentran en la Tierra. La historia se desarrolla en poco más de un día y, al finalizar su lectura, uno se da cuenta de que Ridley Scott hizo una versión bastante libre de la novela de Dick. Es más, mientras la leía tenía la sensación constante de que se me revelarían spoilers importantes, aunque eso jamás sucedió. Todo lo contrario: ambos, película y libro, se complementan.

Muchos podrían asegurar que Blade Runner supera al libro, pero la verdad es que ambos alcanzan picos muy altos. La película tiene, por ejemplo, ese gran monólogo -y poético final- de Roy Batty, y que copio a continuación:

I've seen things you people wouldn't believe. 
Attack ships on fire off the shoulder of Orion. 
I watched c-beams glitter in the dark near the Tanhauser gate. 
All those moments will be lost in time, 
like tears in rain....
Time to die.

El libro, sin quedarse atrás, trabaja de manera genial el tema de la «empatía», es decir, cómo los humanos pueden sentir alegría si ven a otro humano alegre y, a la vez, sentir un poco de tristeza si observan a gente desdichada. Y es esa comunión de sentimientos lo que principalmente los diferencia de los androides aunque éstos sean réplicas inmejorables. Es debido a esto que, hacia el final del texto, el personaje principal se pregunta si los androides también sueñan.

DICK, Philip K. ¿Sueñan  los androides con ovejas eléctricas? Barcelona: Edhasa, 2000.

martes, 24 de enero de 2012

10 razones para no salir con un escritor

Melvin y Carol en «As good as it gets».

Encuentro en el blog La ciudad de un billón de sueños un decálogo sobre los principales motivos para disuadir a una chica que opta por iniciar algún tipo de romance con un escritor. He aquí las muy graciosas razones:

Es mejor prevenir que curar, suele decirse. Aquí se exponen, como modesta contribución social,  las diez razones objetivas para no salir jamás con un escritor.

1. Si habías comprado una lencería monísima, de esas que resucitaría a los muertos, no dejes a su alcance una edición descatalogada o la última obra de uno de tantos autores que le vuelven loco. Entre un libro y tú, no hay color.

2. ¿Te gustan los ciclotímicos? Un escritor puede pasar, incluso en el mismo día, de la euforia a la depresión por culpa de lo que no consigue hacer con un Din A-4.

3. Si te gusta la tortilla de papas y salir por las noches a cenar con los amigos, olvídate de salir con un escritor. El sólo va a escuchar jazz, asistir a performances en salas de arte, ver cine de autor -o alguna estadounidense para criticarla a gusto- y prefiere ir a meditar a la playa o pasarse la noche leyendo un ensayo de Barthes.

4. Los escritores son inmaduros. Como pasan más de la mitad de su tiempo en el mundo de la ficción, están un poco más para allá que para acá, con lo que su inteligencia emocional no está muy desarrollada. Sí, pueden describir escenas con una profundidad asombrosa, son capaces de observar y plasmar otras épocas con precisión de cirujano, pero en el día a día son patosos. Manejan mucho mejor otras vidas que las suyas propias.

5. Los escritores son egoístas. Un escritor no quiere ser leído: quiere ser el más leído. Un escritor no quiere que le comprendan: quiere que le lean. Y ganar premios. Esto genera un reacción de protección desmedida hacia todo lo suyo.

6. Los escritores son competitivos. Utilizan el humor negro, mordaz, inglés, o el que tengan a mano según su personalidad para destacar con lo que ellos llaman “humor intelectual”, que suponen una realización de buenas maneras que los eleva a una categoría social especial. Eso sí, son tan snobs que solo quieren ganar en lo que consideran importante. No van a mover un solo dedo por ganar algo en lo que no creen.

7. Los escritores son malhumorados. Un escritor enfadado es una persona de la que estar bien lejos cuando estalla. Pueden herir con facilidad ya que son grandes observadores y casi seguro han descubierto tus puntos débiles.

8. Los escritores son narcisistas. No hay nada que anhele más un escritor, después de ganar premios, que el halago. Pero no cualquier halago: debe ser un halago que parezca espontáneo, que le deje en buena posición, que puedan devolver con una falsa modestia bien calculada. Y lo peor de todo: no tienen límite. Podrían estar halagándolo todo el día y su ego tiene las tragaderas de Gargantúa.

9. No puedes hablar de cosas banales. Si te gustan los cotilleos, la vida social del país, los rumores, el día a día, a un escritor lo vas a aburrir muchísimo. Probablemente pensarás que te está escuchando, pero lo que está es terriblemente aburrido, y pensando en no dar opinión alguna para no prolongar más esa charla que lo tiene en un sinvivir.
10. Si por alguna razón no te importa ninguna de estas razones y te gusta un escritor, te daré una última. Los escritores son infieles; todos los pecados, como dijo Wilde, están primero en nuestra mente. En una actividad imaginativa como es la escritura, y sumando que los hombres pensamos casi todo el tiempo en sexo, no es difícil imaginar los desastrosos resultados que tiene para una relación estable que una de las partes sea escritor. Adoran tener groupies y no es descabellado pensar que muchos se hicieron escritores para follar con jovencitas adorables que serían capaz de cualquier aberración que le pidieran porque el escritor las hace conmoverse con sus palabras.

Si, a pesar de todas estas razones, te vuelve loca un escritor, déjame añadir que, a pesar de todas estas contraindicaciones, te entiendo. Son atractivos, sugerentes, oscuros, sexys, imaginativos, independientes, complicados, liberadores y aventureros, y esa fuerza arrolladora que los empuja hacia adelante es casi irresistible. Son los escritores de la literatura del mal; son Nick Cave escribiendo morbosas novelas; así que si te has topado con uno y has probado el fruto prohibido que te aconsejaría no probar, solo me queda desearte suerte. Mucha suerte.

lunes, 16 de enero de 2012

Gastronomía literaria

Gastón Acurio (tomado de 4D2Studio)

No cabe duda que la gastronomía está en el podio de las actividades e intereses nacionales. Cada vez, más jóvenes optan por estudiarla y los medios se dan el triste lujo de quitarle espacio a la página cultural para tener una sobre restaurantes y platillos. Demás está decir que los periodistas gastronómicos aparecen ahora con mayor frecuencia; uno levanta una piedra, y allí salen tres o cuatro, cuchara o teneder en mano.

Y Gastón Acurio, por favor, ¡qué duda cabe!, es el adalid de todo esto.

Lo cual no es malo, en absoluto. La cocina peruana se ha impuesto a nivel mundial y, a su vez, cada día este negocio genera más y más puestos de trabajo. Pero lo que resulta discutible es que el zapatero no quiera estar en su zapato. Al señor Acurio se le piden opiniones que trascienden su ámbito restringido. Es un gurú que puede dar la solución en cualquier materia. Quizá la gastronomía tenga algún vínculo con otros aspectos de la sociedad -y de hecho los tiene-, pero es una exageración que se la convierta en una bestia que acapara todo, que devora todo. El resultado, como ustedes sabrán, es que Gastón Acurio ha sido nombrado como jurado del famoso concurso de cuento de la revista Caretas. Sí. El de las mil palabras.

Ya la gastronomía había estado tentando, empujado por la hambruna editorial, a sectores en los que no se les solía ver. Las editoriales Planeta y Mesa Redonda apostaron por la publicación de libros en donde un cocinero daba cuenta de su vida, recetas y sufrimientos. Así se diseñó la receta del éxito: el publicado por Mesa Redonda logró ser best-seller en la pasada Feria Internacional del Libro de Lima.

Ahora, para darle mayor publicidad al concurso que todos los años organiza Caretas, se ha designado a Gastón Acurio como jurado. Este señor, en el uso de su más infinita inteligencia, hubiera dicho: «Lo siento, pero no soy la persona adecuada para desarrollar esta labor». Pero, no. Gastón no ha querido ser sabio y, según tengo entendido, hasta ahora no ha declinado su participación.

Por otro lado, lo de Caretas es más risible aún. Quienes manejan esta revista quieren convertir el concurso (que tuvo a Mario Vargas Llosa como jurado en su primera edición, allá por 1982) en una suerte de show mediático, en donde tienen voz y voto los personajes más famosos y visibles. (Dicho sea de paso, Patricia del Río, la periodista a quien todo mundo acosa, también figura como nueva miembro del jurado, lo cual merecería un post lapidador por el horror que también significa su elección.)

¿Es Gastón Acurio alguien representativo de las letras peruanas? ¿Bajo qué criterios designará cuáles textos son importantes y cuáles no (supongo que el mismo que usa para separar los tomates podridos)? Su designación, como es evidente, obedece más a razones de márketing que a un refinamiento de la cañería por donde transitarán los cuentos concursantes. En vano sería también hacer un llamamiento a que los plumíferos no participen en este concurso. Sería estúpido. Es más, creo que enviaré un par de cuentos. Tal vez una historia de amor en torno al ceviche o las cuitas de un joven cheff al cocinar un lomo saltado.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Lo que leí el 2011

«Joven leyendo» (Ignad Betnarik)

El año se acaba. Mientras escribo este post apenas le quedan unas cuatro horas de intensa agonía tras la cual muchos celebrarán en bares y discotecas. Yo soy la excepción. Siempre pienso que no hay nada como recibir el año entrante estando sobrio. Total, la alegría con la que uno le da la bienvenida al nuevo calendario no depende de la ingesta de licor sino del propio estado anímico.

Ha sido un año en el que he intentado leer más de la cuenta, o por lo menos superar las cifras del 2010. Supongo que se hará una costumbre, si este blog y yo sobrevivimos, hacer este tipo de recuentos de las lecturas que nos endulzaron la existencia. 

Jugando con los colores, irán en azul los libros que me agradaron bastante, es decir, lo mejor de lo mejor; en púrpura, los que me hicieron pasar un buen momento pero no llegaron a más; en verde, los que fueron mero entretenimiento y son prescindibles; y en naranja, los libros que uno podría quemar por lo malos que fueron. Aquí el ránking:

1.- La noche de Morgana (Jorge Eduardo Benavides). Muy buena colección de cuentos del escritor peruano. No lo pongo en azul porque tiene un par de cuentos de relleno.

2.- El desierto de los Tártaros (Dino Buzzati). Mi biblia moderna. La había buscado casi dos años y cuando la hallé, la devoré y me quedé más que satisfecho. Es el libro que mejor retrata el tema de la soledad.

3.- La perla (John Steinbeck). Hermoso librito del Nobel. Corto y efectivo.

4.- Como agua para chocolate (Laura Esquivel). Un fiasco. Y pensar que tiene muchas ediciones e inclusive una película.

5.- Ficciones (Jorge Luis Borges). No necesita mayor presentación. Es la gran literatura en cada una de sus páginas.

6.- La piel fría (Albert Sánchez Piñol). Minimalista, como me encantan. Lo calificaría como un thriller filosófico. El suspenso recorre el libro de punta a punta.

7.- La iluminación de Katzuo Nakamatsu (Augusto Higa Oshiro). Nunca encontré la justificación para que este libro haya sido considerado el mejor del 2008. No merece la pena. El final es tan abrupto.

8.- La metamorfosis y otros relatos (Franz Kafka). Un clásico que nunca leí completo. Te abre las puertas al mundo kafkiano.

9.- La única chica del grupo (Carmen Escobar). Si hago memoria, lo recuerdo poco. Un libro hecho de retazos de textos. Cuentos que ni eran cuentos. Pobrísimo.

10.- En los extramuros del mundo (Enrique Verástegui). Genial poemario. Sucio y callejero. Uno mira con otros ojos el centro de Lima luego de leerlo.

11.- Aura (Carlos Fuentes). A mí no me pareció la gran cosa. Incluso la historia y su desenlace me parecieron tontos.

12.- El camino (Miguel Delibes). Hermoso libro del español. Tan tierno, tan dulce.

13.- Suicidios ejemplares (Enrique Vila-Matas). Tiene algunos cuentos magníficos, pero no se entiende porqué hay relatos de pésima calidad que están incluidos en la colección.

14.- Termina el desfile (Reinaldo Arenas). A este cubano le encanta jugar con el lenguaje. Son cuentos bien logrados pero la mayoría terminan por hastiar al lector. Pese a eso, prometo seguir leyendo más de él.

15.- El señor de las moscas (William Golding). El argumento ya de por sí es genial y el autor lo sabe explotar con magnificencia. Un libro muy cercano a temas de sociología.

16.- Algo que nunca serás (Guillermo Niño de Guzmán). No son los cuentos que uno espera de este autor peruano. Quizá sus primeros libros terminen por reconciliarme con él.

17.- El enano (Fernando Ampuero). La ojeriza que Ampuero le tiene a Hildebrandt es evidente, y este libro es una muestra de ello. Si Ampuero canalizara esa energía para hacer verdadera literatura lograría mejores cosas. Se deja leer con facilidad.

18.- Hamlet (William Shakespeare). Otro clásico que me debía y cuya lectura disfruté. Sin embargo, estas tragedias lo terminan por empachar a uno.

19.- Casa (Enrique Prochazka). El libro arranca bastante bien -pues Prochazka plagia bien a Borges- pero, conforme avanza, la Casa se cae a pedazos. Por ratos es ininteligible. 

20.- Miguel Strogoff (Julio Verne). El escritor francés es todo un genio para hacerte encariñar con sus personajes y no aburrirte nunca con ellos en sus aventuras. A Strogoff le pasa algo casi a mitad del libro y que te hace saltar de tu asiento; no puedo decirlo.

21.- El viejo y el mar (Ernest Hemingway). El libro se sintetiza en una frase tan monumental, algo así como que un hombre podrá ser destruido pero jamás podrá ser derrotado. Le valió el Pulitzer al buen Hemingway.

22.- El lugar sin límites (José Donoso). Lo leí antes de ver la película del mismo título. Es evidente su pertenencia al Boom latinoamericano. Lo mejor del libro son los boleros que aparecen en él.

23.- La loca de la casa (Rosa Montero). Grato libro de la periodista española. Bastante lúdico. Pudo ir en azul.

24.- Las lunas de Júpiter (Alice Munró). Casi lo pongo en naranja. Su prosa era demasiado detallista; era un exceso que me exasperaba salvajemente, pero como soy masoquista la seguiré leyendo (tal vez un par de libros más).

25.- 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (José Carlos Mariátegui). Es el libro que todo peruano debe de leer, y yo ya tenía que justificar mi nacionalidad.

26.- Bartleby, el escribiente (Herman Melville). Dicen que es la fase inicial de la literatura existencialista. El personaje creado por Melville es tan extraño, sin llegar a ser oscuro; un nihilista completo.

27.- La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde). Entretiene, sólo eso. «El retrato de Dorian Gray» me sigue pareciendo su obra maestra.

28.- El guardián entre el centeno (J. D. Salinger). Por la leyenda que se teje detrás de este libro uno confía en que su lectura esconde algo más, pero no. Es una novela sencilla, tierna por ratos. Eso sí, Holden Caulfield, ese jovenzuelo protagonista de la obra, se te vuelve inolvidable.

29.- Extraña forma de vida (Enrique Vila-Matas). Esperaba más de este librito. Se deja leer.

30.- La velocidad de las cosas (Rodrigo Fresán). Me desesperaba cada vez que lo tomaba del velador para leerlo. No surgía una historia y no apareció ninguna hasta que lo terminé. Me enfurecen bastante los libros que te hacen perder el tiempo. De castigo, va en naranja.

31.- París no se acaba nunca (Enrique Vila-Matas). Dicen que Vila-Matas no es para mí, sin embargo, voy a seguir leyéndolo para al final comprobar que es el escritor contemporáneo más sobrevalorado.

32.- Seda (Alessandro Baricco). Segunda vez que lo leo. La primera vez fue en PDF y en esta segunda ocasión ha sido en un libro tal cual. Sigo sin entender como otros lo califican de «joya».

33.- El inventario de las naves (Alexis Iparraguirre). Tiene un par de cuentos letales, bastante buenos. Como conjunto le falta un poco de cohesión.

34.- Rojo y Negro (Stendhal). Este libro te enseña a enamorar realmente a una mujer. Y ya me lo habían dicho antes de leerlo. De aquí en adelante, representa mi educación sentimental.

35.- El lazarillo de Tormes (Anonymous). Otro clásico que ni en tiempos de colegio lo había terminado de leer. Ese lazarillo es todo un bribón.

36.- Prosas apátridas (Julio Ramón Ribeyro). Joyón de joyones. Un libro que se disfruta con demasiado placer. El goce de las palabras roza lo orgiástico.

37.- El lugar (Mario Levrero). Con este comenzé la «Trilogía involuntaria». Muy ágil, muy bueno.

38.- El jardín de la doncella (Carlos Rengifo). Un bodrio total, lo peor que he leído en mucho tiempo. Para ser un libro premiado no justifica en nada tal condición. Al final, lo vendí a un incauto.

39.- Diccionario de Literatura (Francisco Umbral). Me apasiona Umbral y en este libro el español se sirve de él para calificar a los demás escritores de su tiempo y compartirnos breves anécdotas. Su erudición nunca me termina de sorprender.

40.- Romeo y Julieta (William Shakespeare). Tanto hablan de estos libros clásicos que ya ni los leen. Yo los adoro. Pese a que sabía la historia y el final, lo disfruté mucho.

41.- Poemas de otros (Mario Benedetti). El dulce Benedetti. Ya sé por qué a mis amigos no les gusta. «Es que la gente los prefieren más fieros», como me decía un colega.

42.- El mar (John Banville). Con qué ansiedad lo leí y vaya que no me decepcionó. Recomendable.

43.- Fahrenheit 451 (Ray Bradbury). Me sorprendió para bien. Me hizo reflexionar. Logró que amara aún más a los libros. De lectura obligatoria.

44.- Tanta gente sola (Juan Bonilla). Este libro de cuentos es genial. Historias interconectadas, muy bien narradas y, sobre todo, con un giro de tuerca al final que te deja pasmado.

45.- Plataforma (Michel Houellebecq). Amé este libro. Su final, no lo niego, me hizo llorar un poco. Cuando lo terminé me dije a mí mismo que debería leer más a Houellebecq.

46.- Don Juan Tenorio (José Zorrilla). Lo leí por el Día de los Muertos, como una manera de celebrar esa fecha. Ahora entiendo la fama de burlador de Don Juan.

47.- París (Mario Levrero). Aquí, el escritor uruguayo se siente más libre para jugar con lo onírico. También aprueba.

48.- Exilados (James Joyce). Mentiría si digo que me encantó. Se deja leer pero no es el Joyce que uno quiere encontrar.

49.- El lugar (Mario Levrero). Para finalizar la trilogía. Sin  lugar a dudas, la mejor de la colección.

50.- Memoria del abismo (César Hildebrandt). Quise con todo mi cariño verle el lado amable a esta novela pero no pude. Desaprueba.

51.- Todo arrasado, todo quemado (Wells Tower). Muy buena colección de cuentos. Si no fuera por uno que está demás, lo pondría en azul. Sucede que con los cuentos me pongo exquisito.

52.- Los enamoramientos (Javier Marías). Seré sincero con este libro. Es duro, cruel, filosófico, entretenido, a veces enrevesado, a veces asombroso, pero no lo considero como lo mejor del 2011. Ojo. Es un muy buen libro y a muchos críticos y lectores les ha fascinado, pero, en lo que respecta a mí, no tiene eso que hace que una novela le impacte a uno, eso tan inexplicable que solo uno reconoce cuando ya lo está leyendo.

53.- Yawar Fiesta (José María Arguedas). Lo terminé minutos antes de iniciar este post. El 2011 se han cumplido 100 años de su natalicio y conocer su obra es la mejor manera de homenajearlo.

Este fue el ránking de mis lecturas. Les deseo a todos un feliz 2012; que sea un año de alegría y lleno de libros inolvidables. :-)