domingo, 22 de marzo de 2015

Señores y sirvientes


No soy una persona muy religiosa, la verdad. Es más, la idea de Dios —el Dios con «d» mayúscula— me ha inquietado tanto desde que descubrí que una persona puede vivir en la tierra sin creer en Dios. Puede incluso morir sin creer en Dios. Y en el transcurso del inicio de la vida y la llegada de la muerte lo que hace uno, pues, es leer muchos libros, entre otras cosas, y es haciendo esas otras cosas y leyendo esos muchos libros donde, quizá, quién sabe, se le presenta Dios a uno y uno no lo sabe porque no está buscando a Dios precisamente haciendo las cosas que tiene que hacer y leyendo los muchos libros que tiene que leer. 

Dios. Cuando uno tiene sexo, él o ella suelta ese «oh, Dios» mental que en una porno es el oh, my God! verbal y es quizá porque allí se ha manifestado algo divino, algo que uno no puede explicar y tal vez solamente lo suelta por el mero hecho de agradecer eso que se le está manifestando a uno, como la suerte. Recuerdo que daba el paseo del domingo con una tía muy anciana que ya murió, pero que en ese entonces vivía y se gastaba caminando, y necesitaba un bastón para caminar y un sobrino que la acompañe por las calles del centro de la ciudad, solo por el hecho de gastarse lo poco que le va quedando de vida caminando, como si no se hubiera caminado ya mucho a esa edad; esa tía, decía, caminaba conmigo bajo el sol de la ciudad del que en ese entonces no renegaba, cuando vimos de pronto una cartera. Me agaché a recogerla y nos pusimos a observar su contenido. Quiere decir que nos detuvimos. Tan solo unos metros más adelante vimos cómo un balcón se desplomaba justo en el lugar en el que hubiéramos estado si no hubiéramos encontrado la cartera. Entonces mi tía dijo «Dios, qué suerte». Y por un instante entendí cómo se corporizaba esa pequeña estela que Dios deja a su paso si es que estamos pensando que Dios ha transitado por allí. No hubiera sido lo mismo si otro se hubiera encontrado la cartera en otro momento, unos minutos antes. Una cartera que se aderezaba al sol.

Dios, quiero decir, se manifiesta de múltiples formas en la vida de un hombre si pensamos que ese hombre tiene alguna idea sobre dios (ahora con minúscula).

Y lo que me sucede a mí es que leo un párrafo y, cuando es magistral, pienso «Dios» y digo «Dios» en la mente y si estoy solo digo «Dios» muy bajito, y así Dios se va acumulando en lo que voy leyendo y ese Dios que se piensa o se pronuncia se dice por algo, porque uno intuye que en lo leído hay una suerte de Revelación (con mayúscula). Uno ve la luz, quiero decir. Y he dicho muchos dioses con Francisco Umbral, si vamos al asunto. Pero los dioses que más me cuesta reconocer son los de Michon porque Michon escribe como Dios, es decir, en modo difícil y uno tiene que leer dos, tres veces el mismo párrafo y a fuerza de releerlo uno acaba leyendo el mismo libro dos, tres veces. Dios, o Michon, cuando uno ya lo tiene leído, cuando ya ha avanzado algo del libro, cuando las primeras páginas ya dejaron de ser las primeras, es entonces que, si no lo ha dicho antes, comienza a decirlo después. Comienza a decir «Dios». No encuentro otra manera de explicar la buena literatura. 

Me cuesta reconocerlo porque en el instante mismo que lo leo le quiero ver las costuras a eso que está escrito y no puedo porque la sintaxis no me deja. Pero luego viene de golpe esa suerte de stendhalazo, todo eso que es Michon viene de golpe y lo empuja a uno, lo azota fuerte en el pecho, como en aquella vez que jugaba al fútbol.

Jugaba, digo, porque ahora, debido a una enfermedad, ya no juego. Jugaba y caminaba por el césped sintético (porque lo bonito de jugar al fútbol era que uno podía pasársela caminando todo el partido si así lo quería y decir que había jugado), caminaba y pensaba. Y puedo jurar que no pensaba yo, si no que otra fuerza me hacía pensar. Horas antes había terminado Vidas minúsculas, donde Michon es más Dios, es decir, que es su obra maestra, y aquella prosa me golpeaba mientras caminaba en el césped, y no podía contener tanta belleza, y es allí cuando uno piensa «Dios» y lo dice, porque nadie lo está oyendo a uno, y también quiere llorar, porque la belleza tiene ese poder, llorar y correr para gastarse un poco. Y así me pasó cuando leí Los once o Rimbaud el hijo. Había un momento de suspenso luego de acabar el libro, un suspenso de horas o días en los que esa prosa elegante me seguía golpeando. Y hoy, mientras nadaba en la piscina junto a K, me golpeaba con fuerza renovada, esa prosa tenue y confusa, me daba en el pecho, que es por donde comienzan todas las iluminaciones, esas imágenes que aún resuenan en la mente como si Michon mismo las estuviera escribiendo al  tiempo que uno las va pensando. Y las escribe con fuerza. Como para que no se olviden, como para que pesen en el alma de uno. Como para que uno mismo tenga alma de una vez. Como si Michon nos estuviera creando o, lo que es lo mismo, escribiendo. 

No, lo serio de verdad, aquello en lo que consiste la pintura, es trabajar igual que rema un galeote en la mar, con rabia e impotencia: y cuando está rematado el trabajo, cuando se abren por un momento las puertas del presidio, cuando está colgado el lienzo, hay que decir a todos, a los príncipes, que se lo creen, al pueblo, que se lo cree, a los pintores, que no se lo creen, que a uno le salió la obra de golpe, contra la propia voluntad y en un milagroso acuerdo con ella, casi sin cansancio, igual que una primavera que brotase en la punta de los pinceles, en decir que un algo se adueñó de la mano de uno y la fue guiando de la misma forma que los putti con un solo dedo sujetan un carro; y ese algo es Tiépolo redivivo, toda la pittura infundida en uno, la observación de esa naturaleza tan preciada (¿está usted oyendo, señora mía, las silenciosas carcajadas que les suenan por dentro de la cabeza a los pintores?), el arte en fin, alado como un ángel y complaciente como una maja. Algo así como imaginarse a un galeote, en el puente de la galera, con una bola en cada pie y las manos inertes, declamando que el mar ha tenido la gentileza de impulsar su remo, que ha ocupado su lugar para purgar su pena, que lo ha acunado y —¿por qué no?— que ha nacido de su remo.

MICHON, Pierre. Señores y sirvientes. Barcelona: Anagrama, 2003.

domingo, 15 de marzo de 2015

Un pedigree


Patrick Modiano tuvo un padre que jamás lo quiso y una madre que siempre estuvo ausente (y viceversa: padre ausente, madre que no lo quiso). ¿El resultado?: Modiano ganó un Nobel. No hay nada mejor para triunfar en Literatura que haber tenido una infancia y niñez terribles.

En Un pedigree, Modiano cuenta su vida, la vida de sus padres y la vida de esos extraños que cumplieron roles de padres sustitutos, hasta que publica su primer libro. Una biografía llena de calles, fechas, nombres. Todo muy preciso, detallado. Luego, el padre que no le daba dinero, la madre que quería ser actriz (al final lo fue) y le pedía dinero. Una familia que se desmorona. En una parte del libro, Modiano dice que se sentía como un perro.

(De hecho, la horrible portada en la edición de Anagrama refleja muy bien lo del perro. Observación trascendente: ¿No son maravillosas las portadas minimalistas de los libros que se editan en Francia? Y, además, ¿no se ahorra mucho cuando ya no se necesita a un ilustrador?)

Modiano, decía él, es un perro. Los padres se querían deshacer del pequeño de una u otra forma. El padre siempre metido en negocios turbios, la madre queriendo ser actriz. No imagino lo que hubiera sufrido si el padre hubiese querido ser NOVELISTA. Me dan hasta escalofríos.

(O la madre POETA. Patatús.)

El padre murió en 1977. La madre, hace poco. El 26 de enero de este año. Una pregunta flota en el aire: ¿Modiano la invitó a la ceremonia del Premio Nobel de Literatura?

MODIANO, Patrick. Un pedigree. París: Gallimard, 2005.

domingo, 8 de marzo de 2015

Manuel Vicent sobre Francisco Umbral


En Madrid, el joven provinciano rindió la primera visita al inevitable Café Gijón, gabarra de náufragos hambrientos de gloria y alimentados con arenques, una botillería que durante muchos años sería su baluarte y rampa de lanzamiento. Hubo un primer itinerario por la Pequeña Aula de poesía del Ateneo para medirse como poeta, por la boca de la manguera del ministerio de Fraga donde manaban unas pocas monedas, por la cafetería de Cultura Hispánica para ligarse a alguna extranjera llevándosela al Prado, al Mesón del Segoviano y después al huerto. Durante esta travesía de Madrid, que sería su primera y mejor novela, comenzó a derramarse en artículos que sembraba en cualquier papel que los aceptara, sin ideología alguna, ni roja ni azul, que no fuera la de apacentador de verbos y adjetivos. Ante todo ritmo y sonido. Como Sinatra, yo no vendo voz, vendo estilo, decía. Quería ser escritor por dentro y por fuera. Pasaba media jornada alimentando su figura y la otra media destruyéndola. De esta forma, al final se fabricó la imagen de escritor romántico e inactual con el abrigo muy largo de terciopelo negro entallado y el complemento anglosajón de la bufanda roja hasta las rodillas, un Baudelaire, un Marcel Proust, un Oscar Wilde, según la moda de temporada.

Fuente: El País.

domingo, 1 de marzo de 2015

Jonathan Franzen sobre las redes sociales (otra vez)

Imagen robada de aquí.

La gente no me hace esa pregunta en Francia o Alemania [sobre por qué es tan odiado en Estados Unidos], entonces algo raro está pasando aquí. Una vez leí una entrevista en el St. Louis Post-Dispatch a T. C. Boyle, quien se encontraba de visita, y entonces le preguntaron: "¿Por qué hay toda esa hostilidad hacia ti?". Y él dijo: "Oh, es solo gente envidiándome". Y entonces pensé que decir eso era realmente una cosa peligrosa para él, porque la razón por la que yo me sentía un poco hostil hacia él era que no me había gustado su último trabajo. Entonces sería negligente de mi parte si no concediera la posibilidad de que lo que le molesta a la gente acerca de mí es que mi trabajo es terrible y sobrevalorado. Pero aquí está la interesante pregunta. Creo que mucha de la hostilidad viene del hecho de que yo cuestiono la utilidad de las redes sociales. Cuestiono, sin duda alguna, el modelo de las redes sociales como el modo en que los libros son promocionados y la información sobre los libros es difundida, porque la esencia del modelo es la autopromoción y no creo que la autopromoción sin parar sea una buena guía para el trabajo del escritor. Creo que las redes sociales son un modelo muy mal adaptado para la cultura literaria. Los escritores son solitarios. Ellos trabajan solos. Se comunican mediante la página terminada. Es espantoso obligarlos a autopromocionarse en un medio social. Eso va contra todo lo que conozco y entiendo acerca de  los muy buenos escritores de ficción. Es una combinación terrible. Y, claro, si tú gastas demasiado tiempo en redes sociales, no vas a estar feliz al escucharme diciendo esto. Pienso que hay una hostilidad particular hacia ese mensaje en particular. Pero es algo hilarante que me haya vuelto el pararrayos sobre este asunto, porque ¿a quién le importa lo que digo? ¿Por qué estás desperdiciando tanta ira en la opinión de una persona? ¿Soy de verdad mucho peor como una manifestación del universo a comparación de Jeff Bezos? ¿O la corporación Apple? ¿O Facebook? ¿Soy realmente el chico malo? Me parece exagerado.

Fuente: Booth.

domingo, 22 de febrero de 2015

Predicciones para el Óscar 2015



Otra vez me dejé engañar por la industria del entretenimiento. En un par de semanas me he atiborrado de 18 películas. La verdad, no sé cómo he sobrevivido a tanto cine mediocre (aunque no puedo quejarme pues quedé maravillado con tres de ellas). Pero la balanza, al final, es esa: muchas películas malas, de esas que solo verías para matar el tiempo. Y a mí que no me sobra; en fin.

El juego es simple y, para los que ya leyeron la entrada del año pasado, seguiremos con la misma mécanica. Es decir, resalto en rojo la película, director, actriz, actor o guion que me parece que debería llevarse la estatuilla. Que empiece la carnicería.


Mejor actor

-Benedict Cumberbatch (The Imitation Game)
-Steve Carrell (Foxcatcher)
-Michael Keaton (Birdman)
-Bradley Cooper (American Sniper)
-Eddie Redmayne (The Theory of Everything)

Acá me llama la sorpresa ver al maquillado Steve Carrell. Me gusta como actor, pero en Foxcatcher no encuentro nada digno de antología. Tal vez sea el maquillaje, digo. Bradley Cooper también suena fuerte. Es su tercera nominación consecutiva; sin embargo, no creo que sea para tanto. No lo es. No lo merece. Acá el ganador indiscutible debe ser Michael Keaton. ¿Por qué? Tengo muchos argumentos. Luego de ver Birdman elaboré uno muy particular: Keaton debe ganar el Óscar porque está «actuando al actor». Y con eso tenemos más que suficiente.

Mejor actor de reparto

-J. K. Simmons (Whiplash)
-Mark Ruffalo (Foxcatcher)
-Ethan Hawke (Boyhood)
-Edward Norton (Birdman)
-Robert Duvall (The Judge)

¿Existe alguna duda de que lo hecho por J. K. Simmons en Whiplash es inmensamente superior al resto? Acá el consenso es universal, me parece. No hay nada que discutir. Punto. (Sí, Edward Norton puede dar la sorpresa, lo sé. Pero en lo concerniente a esta categoría, apelo al buen gusto.)

Mejor actriz

-Reese Whiterspoon (Wild)
-Rosamund Pike (Gone Girl)
-Julianne Moore (Still Alice)
-Felicity Jones (The Theory of Everything)
-Marion Cotillard (Deux jours, une nuit)

Cotillard, mal; Whiterspoon, mal; Jones, mal; Moore, mal. Todo mal en esta categoría. Podríamos dejarla desierta. No obstante, los muchachos de la Academia van a elegir a la menos peor. Yo eligiré a Rosamund Pike. ¿Por qué? Pues porque no he visto aún la película (estoy en las primeras páginas del libro en que se basa la cinta).

Mejor actriz de reparto

-Meryl Streep (Into The Woods)
-Keira Knightley (The Imitation Game)
-Emma Stone (Birdman)
-Patricia Arquette (Boyhood)
-Laura Dern (Wild)

Pasa lo mismo que en la categoría anterior. Es cuestión de elegir a la menos mala. Y la menos mala es Patricia Arquette. No es una gran actuación la que vemos en Boyhood, pero supera de largo a las demás actrices de reparto.

Mejor guion original

-Boyhood (Richard Linklater)
-Nightcrawler (Dan Gilroy)
-Birdman (Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelari y Armando Bó)
-The Grand Budapest Hotel (Wes Anderson y Hugo Guinness)
-Foxcatcher (Dan Futterman y E. Max Frye)

¿Ya dije que esta es mi categoría favorita? El guion, caray. El esqueleto mismo de la película. Es lo que más analizo cuando veo una cinta. No me cabe la menor duda cuando digo que Nightcrawler ha de llevarse el galardón. Lo extraño es que esta es una muy buena película que no está nominada a ninguna otra categoría. Y lo todavía más extraño es que Jake Gyllenhaal no está nominado a mejor actor. Espero que Nightcrawler no pase desapercibida si no recibe ningún premio. Es muy recomendable (para empezar porque la recomiendo yo). 

Mejor película extranjera

-Leviathan (Rusia)
-Timbuktu (Mauritania)
-Mandariinid (Estonia)
-Ida (Polonia)
-Relatos salvajes (Argentina)

No he visto Timbuktu. Los años me han enseñado que de las cinco nominadas en esta categoría, siempre una de ellas es imposible de conseguir. La gran calidad del resto es indudable. Pero hay que decirlo: Relatos salvajes es inmensamente superior. ¿Por qué? Pues porque me parece la película con más literatura. Es como un  perfecto libro de cuentos. Es un homenaje al cuento. 

Mejor director

-Wes Anderson (The Grand Budapest Hotel)
-Morten Tyldum (The Imitation Game)
-Richard Linklater (Boyhood)
-Alejandro Gonzáles Iñárritu (Birdman)
-Bennett Miller (Foxcatcher)

La pelea estaría entre Wes Anderson y Alejandro González Inárritu. Tal vez premien el lenguaje original que Wes Anderson se ha ido labrando película tras película. Sin embargo, mi apuesta va por González Iñárritu. El problema es que todos sabemos que la Academia no va a premiar a otro mexicano cuando el año pasado premió a Cuarón (deseo equivocarme con todas mis fuerzas).

Mejor película

-The Theory of Everything
-Boyhood
-Whiplash
-Selma
-American Sniper
-Birdman
-The Grand Budapest Hotel
-The Imitation Game 

La Academia quizá elija a ese bodrio chauvinista que es American Sniper (es lo más probable). Yo, personalmente, siento una particular admiración por dos películas. Una de ellas es Whiplash. Desborda tanta energía y tiene un hechizo particular que lo convierte en un filme memorable. La otra es Birdman, y en esta pondré mi firma. Porque Birdman es la vida misma del cine: el actor y su eterna frustración. Es la catarsis de Michael Keaton. Una suerte de autobiografía. Es la vida de un hombre que descubre que su verdadero lugar está por encima del resto. Un hombre miserable que tiene un ego que lo desafía a cada instante. Lamentablemente no hay puntos medios con esta cinta: o la odias o la amas. Y a mí me tocó amarla.



lunes, 16 de febrero de 2015

Mayakovsky by Frank O’Hara


Frank O’Hara (1926-1966) fue fundador —junto con John Ashbery y otras importantes figuras— de la Escuela de Nueva York de poesía, la cual siguió las huellas de los movimientos vanguardistas de la época.

En la poesía de O’Hara encontramos la relación que se establece entre un poeta y su ciudad. Ejemplo de esto es el libro Meditations in an Emergency (1957), de donde hemos extraído el poema titulado «Mayakovsky» (quien, por cierto, era uno de los poetas favoritos de O’Hara). El tema del poema, así como el del libro, se compone a partir de la crisis de identidad de los que habitan una megaciudad (muchos de sus poemas están situados en Nueva York y tienen como telón de fondo sus situaciones cotidianas).

El lenguaje de O’Hara se somete a sus propias líneas vibratorias. En sus versos no interesa el ritmo sino el nervio. Por eso es que puede percibirse en ellos una suerte de espontaneidad, improvisación, carencia de sentido y un fino hermetismo (no en vano se había adscrito al surrealismo). Estos atributos que caracterizan la poesía de O’Hara no son gratuitos. Por el contrario, obedecen a una emulación del Action Painting, cuyo exponente principal fue Jackson Pollock.

La obra de O’Hara es breve. Apenas tenía cuarenta años cuando murió en un accidente automovilístico. Sin embargo, la frescura de sus poemas ha sabido conservarse a través del tiempo, y una suerte revalorización se ha despertado en torno a su figura.

 
Maiakovski

1
¡Mi corazón está perturbado!
estoy de pie en la bañera
llorando. Madre, madre
¿quién soy? Si él
volviera solo una vez
y me besara en el rostro
su áspero cabello rozara
mi sien, ¡está latiendo!

entonces podría vestirme
creo, y andar las calles.

2
Te amo. Te amo,
pero estoy volviendo hacia mis versos
y mi corazón se cierra
como un puño.

¡Palabras! Sean
tan enfermas como lo soy yo, extasíense,
pongan en blanco los ojos, un charco,

y observaré insistente
mi herida belleza
que, a lo mejor, es solo un talento
para la poesía.

No puedo gustar, no puedo cautivar o ganar
¡vaya poeta!
y la transparente agua se espesa

con golpes salvajes sobre su cabeza.
Abracé una nube,
pero cuando me elevé
comenzó a llover.

3
¡Qué gracioso! ¡Hay sangre en mi pecho!
ah, cierto, he estado cargando ladrillos
¡qué gracioso lugar para romperse!
y ahora llueve sobre el ailanto
mientras paseo sobre el alféizar
las huellas detrás de mí están llenas de humo y
brillando apasionadas por correr
salto en las hojas, verdes como el mar

4
Ahora espero tranquilamente
que la catástrofe de mi personalidad
finja ser bella otra vez,
e interesante, y moderna.

La región es gris y
de árboles marrones y blancos
nieves y cielos de risa
siempre apagándose, menos graciosa
no simplemente oscura, no simplemente gris

Este puede ser el día más frío
del año, ¿qué es lo que piensa él de
eso? Quiero decir, ¿qué pienso yo? Y si lo pienso,
quizás sea yo mismo de nuevo.

lunes, 9 de febrero de 2015

Un hombre que duerme

 
(...) Te parece que podrías pasarte la vida ante un árbol, sin agotarlo, sin comprenderlo, porque no hay nada que comprender, sólo que mirar: lo único que puedes decir de este árbol, después de todo, es que es un árbol; lo único que este árbol puede decirte es que es un árbol, raíz, tronco, ramas y hojas. No puedes esperar de él otra verdad. El árbol carece de moral que proponerte, de mensaje que proporcionarte. Su fuerza, su majestuosidad, su vida —si es que aún esperas obtener algún sentido, algún valor de estas metáforas ancestrales— no son sino imágenes, recompensas tan vanas como la paz de los campos, como la insidia de las aguas en calma, la valentía de los pequeños senderos que trepan no muy alto pero sí ellos solos, la sonrisa de las viñas donde los racimos maduran al sol.
     Por eso el árbol te fascina o te sorprende, o te calma, debido a esta evidencia insospechada, insospechable, de la corteza y las ramas, las hojas. Por eso, quizá, no paseas nunca con un perro, porque el perro te mira, te suplica, te habla. Sus ojos húmedos de reconocimiento, sus aires de perro apaleado, sus brincos de perro alegre te obligan sin cesar a conferirle el estatus innoble de animal doméstico. No puedes permanecer neutro frente a un perro, no más que frente a un hombre. Pero no dialogarás nunca con un árbol. No puedes vivir con un perro porque el perro a cada rato te pedirá que lo hagas vivir, que lo alimentes, que lo elogies, que seas hombre para él, que seas su amo, que seas el dios que truene ese nombre de perro que le hará someterse de inmediato. Pero el árbol no te pide nada. Puedes ser el Dios de los perros, el Dios de los gatos, el Dios de los pobres, te basta con una correa, con algunas sobras, algo de riqueza, pero nunca serás dueño del árbol. Lo único que podrás será querer ser tú mismo árbol.

PEREC, Georges. Un hombre que duerme. Madrid: Impedimenta, 2010.

domingo, 1 de febrero de 2015

Stephen King sobre la adicción y su padre


Pese a que no me gusta lo que escribe (ni cómo lo escribe), Stephen King es una de los pocas personas que yo podría llamar «escritor».

¿Por qué? 

Principalmente, porque escribe.

¿Suena fácil, no? En apariencia es fácil imaginar la figura del «escritor» como alguien que solo vive para escribir, que disfruta tanto escribiendo que se la pasaría horas de horas volcando la imaginación sobre el papel. Eso es lo que hace Stephen King, y no lo hace cualquiera. Muchos incluso dicen que escribir, para ellos, es como una tortura. Eso me recuerda la frase de Bioy: «Uno se pregunta: ¿Por qué se ponen a escribir, si les cuesta tanto?». O aquella de Aira: «No me gustan los escritores que no escriben. Hay gente que necesita tener carné de escritor, porque eso les sirve para moverse socialmente, pero lamentablemente para eso necesitan escribir y eso no les gusta».

Ni qué hablar de los «escritores» que no leen. Por eso, salvo pocas, poquísimas excepciones, yo prefiero llamarlos «autores». Es un sustantivo que no pesa tanto como el de «escritor» y nos ayuda a separar la paja del trigo.

Pero basta de palabreo. Hace no mucho se publicó una entrevista a Stephen King que no tiene pierde. Aquí lo más llamativo:

-¿Es la escritura una adicción?
Sí. Por supuesto. Me encanta. Además, es una de las pocas cosas que me sigue enriqueciendo de la misma forma que antes. Normalmente, con el alcohol o la droga, cuanto más tomas, menos te da. Escribir sigue siendo algo muy bueno, pero también ocasiona el comportamiento obsesivo-compulsivo típico de las adicciones. Así que escribo todos los días durante seis meses hasta que consigo un borrador o algo parecido y después me obligo a parar completamente durante 10 ó 12 días para dejar que todo se asiente. Durante ese parón, vuelvo loca a mi mujer. Me dice: “Fuera de mi camino, sal de casa, ¡haz algo, pinta una pajarera, lo que sea!”.

(...)


-Tu padre falleció en 1980. ¿Te sentiste tentado de conocerle, aunque sólo fuera para escuchar su lado de la historia?
No. Sentí curiosidad cuando era un crío. Solía pensar: “Me gustaría encontrarle y partirle la cara”. Después: “Me gustaría encontrarle, escuchar su versión de la historia y después partirle la cara”.