lunes, 7 de abril de 2014

De qué hablo cuando hablo de correr



      De este modo iniciamos una vida sencilla y regular en la que nos levantábamos antes de las cinco de la mañana y nos acostábamos antes de las diez de la noche. La franja horaria del día en la que uno rinde más depende, por supuesto, de cada persona, pero, en mi caso, es la de las primeras horas de la mañana. En ellas concentro mi energía y consigo terminar las tareas más importantes. En las demás horas hago deporte, despacho las tareas cotidianas y ventilo los asuntos que no precisan de demasiada concentración. Al ponerse el sol, ya no trabajo. Leo libros, escucho música, me relajo y me acuesto lo antes posible. Hasta hoy, mis días han seguido más o menos ese patrón. Y creo que, afortunadamente, en estos veinte años he desarrollado mi trabajo con bastante eficiencia. Ahora bien, si se lleva esta clase de vida, cosas como las salidas nocturnas desaparecen casi por completo y las relaciones sociales sin duda también se van resintiendo. Alguno incluso se ofende. Porque si te invitan a ir a algún sitio o te proponen hacer algo, entonces hay que declinar la invitación.

      Es sólo mi opinión, pero, en la vida, a excepción de esa época en la que se es realmente joven, deben establecerse prioridades. Hay que repartir ordenadamente el tiempo y las energías. Si, antes de llegar a cierta edad, no dejas bien instalado en tu interior un sistema como ése, la vida acaba volviéndose monótona y carente de eje. Yo quería dar prioridad al establecimiento de una vida tranquila, en la que pudiera dedicarme a escribir novelas, antes que a las relaciones sociales concretas con la gente de mi entorno. La relación más importante en mi vida debía entablarla, más que con alguien determinado, con una pluralidad indeterminada de lectores. Si estabilizaba mi vida, preparaba un entorno en el que pudiera concentrarme en la escritura e iba produciendo obras de cierta calidad, sin duda muchos lectores lo agradecerían. ¿Acaso no era ésa mi obligación como novelista y mi principal prioridad? Sigo pensando así hoy en día. Yo no veo directamente el rostro de los lectores, y entre ellos y yo se entabla, en cierto sentido, una relación humana conceptual. Pero yo siempre he considerado crucial establecer esa relación «ideal», conceptual, no perceptible a través de la vista.

MURAKAMI, Haruki. De qué hablo cuando hablo de correr. Barcelona: Tusquets, 2010.

domingo, 16 de marzo de 2014

Rituales cotidianos

Imagen tomada de este lugar.

Más que manías literarias (como lo titula aquí ABC), lo que compendia Mason Currey en Rituales cotidianos son las formas en que los escritores establecen sus horarios de trabajo. En el mencionado diario español podemos encontrar diez testimonios de los más importantes novelistas. El testimonio de Martin Amis podría resumir todo este esfuerzo en la siguiente frase:

«Todo el mundo supone que soy una persona sistemática y uncida al yugo. Creo que la mayoría de los escritores se sentirían muy felices con dos horas de trabajo concentrado».

Antes de convertirse en libro, Mason Currey fue acumulando estos apuntes en su blog Daily Routines. Posteriormente publicó todas sus notas bajo el título Daily Rituals: How Artists Work. Pese a que su blog ya no se actualiza más, aún podemos encontrar los métodos de trabajo de grandes autores como Isaac Asimov, Philip Larkin y Orhan Pamuk, además de otros métodos no tan conocidos —pero no por eso menos atractivos—, como los de Benjamin Franklin, Charles Darwin y Napoleón Bonaparte.
 

domingo, 2 de marzo de 2014

And the Oscar goes to... (algunas predicciones)


De todas las películas nominadas para el Óscar, he visto quince. Puesto que son las películas más representativas para esta edición número 86, me tomaré la libertad de hacer algunas predicciones a tan solo unas horas de que comience la gala.

Salvo una película (pronto sabrán cuál, si es que no lo han adivinado ya), en términos generales, muchas de las cintas rondan la mediocridad, la poca ambición y la continua repetición de fórmulas hollywoodenses. Incluso la gran mayoría de ellas abordan un mismo tema: el negocio ilícito. Veamos: en Philomena, las madres religiosas que venden bebés a Estados Unidos; en Dallas Buyers Club, la venta ilegal de fármacos; en 12 Years a Slave, la venta de personas de raza negra; y otros tantos otros negocios turbios reflejados directamente en The Woolf of Wall Street o American Hustle, y tangencialmente en Blue Jasmine.

Luego me detendré en cada una de ellas. Por eso, pasemos a las categorías principales (resaltaré en rojo la cinta, actor, guion, director o actriz que, a mi parecer, debe llevarse la estatuilla):

Mejor guion original:

- American Hustler (Eric Warren Singer y David O. Rusell)
- Blue Jasmine (Woody Allen)
- Dallas Buyers Club (Carig Borten y Melisa Wallack)
- Her (Spike Jonze)
- Nebraska (Bob Nelson)

Esta es una de mis categorías preferidas. Un guion magistral es el esqueleto de la cinta, y creo de manera firme que si está bien elaborado, el trabajo del director se facilita y lo único que tiene que hacer es poner la carne sobre ese esqueleto. Me había quedado con Woody Allen como un claro candidato, hasta que vi Her. La película de Allen es muy consistente, respeta las causas y consecuencias de las acciones de sus personajes y trabaja muy bien sus miserias interiores. Her, sin embargo, aborda una historia de amor atípica que se sostiene en base a diálogos, y esto es ya un mérito tremendo. La historia misma tiene picos muy altos como cuando aquella voz se corporiza gracias a una chica interesada en la relación de Theodore y Samantha. La historia misma es delirante y eso, lo confieso, me despierta un terror escondido.

 Mejor actriz principal:

- Amy Adams (American Hustle)
- Cate Blachett (Blue Jasmine)
- Sandra Bullock (Gravity)
- Judi Dench (Philomena)
- Meryl Streep (August: Osage County)

Yo había dado por ganadora rotunda a Cate Blanchett. Su interpretación de una Woody Allen femenina es para apaludir. Pero ayer en la noche, en los primeros minutos de August: Osage County, cuando Meryl Streep baja por las escaleras cambié de opinión. La historia de ambas mujeres tienen muchos puntos en común: sus esposos se han suicidado y ambas cargan con aquella culpa, ambas toman medicinas para restablecer su sistema nervioso, ambas se encuentran siempre al borde de una crisis. Pero es Meryl Streep quien lleva este personaje hasta una cima inalcanzable. El personaje que logra nos hace estremecer y sentir pena a la vez.

Mejor actriz de reparto:

- Sally Hawkins (Blue Jasmine)
- Jennifer Lawrence (American Hustle)
- Lupita Nyong'o (12 Years a Slave)
- Julia Roberts (August: Osage County)
- June Squibb (Nebraska)

Julia Roberts en August: Osage County no lo hace nada mal. Es la hija que debe enfrentar a la madre (Meryl Streep), con quien no lleva una buena relación. Sin embargo, sucede que Jennifer Lawrence tiene el poder de superar al personaje que encarna. Su aparición en la película es muy escueta al principio (y he aquí el truco), pero conforme esta avanza, Jennifer Lawrence crece, y crece de manera avasalladora.

Mejor actor principal:

- Cristian Bale (American Hustle)
- Bruce Dern (Nebraska)
- Leonardo DiCaprio (The Woolf of Wall Street)
- Chiwetel Ejiofor (12 Years a Slave)
- Matthew McConaughey (Dallas Buyers Club)

Cuando vi The Woolf of Wall Street me costó mucho creer que DiCaprio podría llevarse el Óscar así de fácil. Si comparamos su actuación con la de Chiwetel Ejioforo o Cristian Bale, DiCaprio gana por ser el menor peor. Entonces uno se topa con aquel personaje increíble de Dallas Buyers Club, interpretado por McConaughey. En The Woolf of Wall Street, en aquella escena en que justamente DiCaprio y McConaughey se golpean el pecho ensayando una canción, sentí que McConaughey le decía a DiCaprio: «Vamos, te estoy dando unos minutos; demuestra que puedes superarme». Y no lo hizo. En Dallas Buyers Club, McConaughey simplemente barre el piso con DiCaprio. El personaje infectado con el virus del sida es un gran reto que McConaughey supera y del que sale muy bien librado. 

Mejor actor de reparto:

- Barkhad Abdi (Captain Phillips)
- Bradley Cooper (American Hustle)
- Michael Fassbender (12 Years a Slave)
- Jonah Hill (The Woolf of Wall Street)
- Jared Leto (Dallas Buyers Club)

Aquí la cosa es muy sencilla. O no tanto. El cambio físico logrado por Jared Leto, sumado a la interpretación de un travesti infectado, es una combinación letal. Leto logra un personaje inmenso, pero no creo que esto sea suficiente. ¿Por qué? Pues porque está Jonah Hill. En The Woolf of Wall Street, Hill aprovecha cada minuto que tiene para cautivarnos con su interpretación. Y lo logra. Es un personaje que le sienta muy bien a Hill y del que Hill aprovecha para utilizar todos sus recursos cómicos. Si ahora apuesto por Leto, es porque Leto me encanta, aunque temo que Hill dé la sorpresa.

Mejor director:

- Alfonso Cuarón (Gravity)
- Steve McQueen (12 Years a Slave)
- Alexander Payne (Nebraska)
- David O. Russell (American Hustle)
- Martin Scorsese (The Woolf of Wall Street)

Sorpresa, sorpresa. Ni yo me esperaba elegir a Alenander Payne como mejor director. No obstante, analizando con frialdad lo que hizo en Nebraska, no cabe lugar a dudas. Para empezar, Nebraska tiene el atractivo de estar rodada en blanco y negro. Payne consigue trasladar aquella simpleza del color a sus personajes, los cuales son eternos perdedores, decrépitos y que ya han claudicado. El retrato exacto de la sociedad norteamericana se encuentra en esta película. Aquellos silencios incómodos y ese humor negro que utiliza no son en vano. Payne logra en Nebraska contar la historia del fracaso, del sueño yanqui como eterna derrota.

Mejor película extranjera:

- The Broken Circle Breakdown (Bélgica)
- Jagten (Dinamarca)
- La grande bellezza (Italia)
- L'image manquante (Camboya)
- Omar (Palestina)


Solo una película ha sido capaz de aplastar a todas las demás. Y, claro, tenía que provenir de esta categoría. Digamos que en esta selección el más beneficiado es el espectador. Se trata de la categoría más disputada y cuya calidad es innegable. Lo de ahora es asombroso, pues nos encontramos ante una película monumental, tremenda y soberbia. Un filme que lo podría estar contando todo o nada a la vez, con un manejo visual que es en el fondo un viaje alucinógeno. La grande bellezza es, por esto y tantas cosas, una película que ha de permanecer como uno de los picos más altos en la historia del cine. (Nota aparte: por nada del mundo conseguí descargar L'image manquante.)

Mejor película:

- 12 Years a Slave
- American Hustle
- Captain Phillips
- Dallas Buyers Club
- The Woolf of Wall Street
- Gravity
- Her
- Nebraska
- Philomena

Tal vez la Academia premie a 12 Years a Slave, una película arribista, con moraleja incluida. Tal vez quiera sumarse al discurso del «no al racismo» otorgándole el máximo galardón, premiando así a un planfleto. O quizá la Academia prefiera The Woolf of Wall Street como una especie de tributo a la economía dominante de Estados Unidos. O Quizá tenga el acierto de darle la estatuilla a Her, una cinta que escapa a sus temas locales y que, con maestría, aborda temas universales como la soledad, en especial esta soledad causada por la propia tecnología. La historia de amor bordea el existencialismo, la ficción misma del amor: no es la historia de una pareja a la vieja usanza. Her cuestiona nuestra propia comunicación con «el otro», incluso —y esto es algo personal— nuestro propio sentido de la realidad, la interacción que tenemos con esta y con quienes la habitan. 

jueves, 30 de enero de 2014

¿Qué te puedo contar de mí, cher frère?


Es 1963:
¿Qué te puedo contar de mí, cher frère? La verdad es que mi vida es bastante artificial, tengo la impresión de perder cada vez más el contacto con el espacio y el tiempo, y no es una frase. Ocurre que de lunes a sábado me paso el día escribiendo, o tomando apuntes para la novela, o traduciendo a Beckett y sólo los domingos desciendo y vivo un poco. No puedes imaginarte hasta qué punto me he vuelto metódico. Tengo un horario que se ha ido elaborando solo, y que es más rígido que el de un bancario. Me levanto a mediodía, salgo a almorzar al restaurante de la esquina y a las dos de la tarde comienzo a trabajar. Hasta las seis o siete me dedico exclusivamente a la novela (ahora a los cuentos, que corrijo, para Cuba), mejor dicho hasta completar diez páginas de texto. Luego traduzco un par de horas, si Beckett resulta demasiado asfixiante y fúnebre, hago fichas sobre la Amazonía. A las nueve, como y después leo hasta las once, en que me voy a la radio. Ya al día siguiente, lo mismo, y después lo mismo y lo mismo. Cuando eso que los franceses llaman la "lucha con el ángel" -y que es, simplemente, un acceso de impotencia creativa- se convierte en lucha grecorromana y me empiezan a doler la cabeza y los huesos y el aburrimiento me da náuseas, me siento en la cama y blasfemo hasta las nueve de la noche, hora en que salgo disparado a ver un western. Pero he conseguido no salir de la casa ni ver a nadie entre dos y nueve. Los domingos me humanizo, voy a exposiciones, al cine, al teatro, a comer a un restaurant, me acuesto a las doce y paso cinco horas irremediables de desvelo: esta carne transitoria se ha acostumbrado al horario impuesto por la radio y no duerme jamás antes del alba. Me olvidaba: al regresar del trabajo, a las tres y media, leo o escribo (a mano, los franceses no toleran el ruido después de las diez) hasta las cinco.

viernes, 17 de enero de 2014

Los infinitos


Si alguien alguna vez se ha preguntado qué es una novela fallida, aquí podrá encontrar la respuesta: Los infinitos es una novela fallida. No se puede negar que Banville es un maestro en la cuestión del estilo, pero aquí comete un error que echa a perder todo el libro. ¿Cuál es el error? El uso del narrador omnisciente. En este caso, la novela esta narrada por Hermes. Es decir, no se trata de cualquier narrador omnisciente. Es más, creo que la falla de Banville consiste en usar a Hermes como si fuese un narrador omnisciente, cuando no lo es. Aquí, Hermes es caprichoso y —camuflando su apariencia— le encanta jugar con los humanos. Y esto es también precisamente lo que hace que la novela pierda ese tono solemne que intenta mantener, por el mismo capricho de un narrador indeciso que varía de una omnisciencia total a una parcial a cada instante.

jueves, 9 de enero de 2014

aNobii vs. Goodreads


La lectura como frikismo nos lleva a hacer tantas cosas. Desde comentar nuestras lecturas, hasta elaborar un ranking anual con los libros que hemos leído durante el año. Para esta actividad, siempre es valiosa alguna herramienta que nos resuelva preguntas como: ¿cuántas libros he leído al año?, ¿cuántos páginas en total?, ¿cuáles han sido las mejores lecturas?, etcétera.

Para sumergirme en esta labor estadística me creé hace unos cuatro años una estantería en aNobii. Luego de sufrir mucho con esta red social para lectores, decidí, no hace mucho, crear una cuenta en Goodreads y empezar de cero. 

Ahora puedo decir, en base a la experiencia, que Goodreads es infinitamente superior. Salvo por el widget (el de aNobii me sigue pareciendo más bello), Goodreads supera ampliamente a aNobbi. No hay que esperar largos meses cuando adjuntamos un libro, la sincronización con nuestras otras redes sociales es perfecta y, en definitiva, el manejo de las estadísticas es más simple.

No sé si considerarlo como un aspecto desfavorable, pero hay que señalar que Goodreads solo está en inglés; no así aNobii.  Y en el aspecto visual, la balanza se inclina en favor de esta última (voy a extrañar su estantería de madera).

Por último, si eres un aficionado o adicto a la lectura, ¿qué esperas para crearte una cuenta?

sábado, 28 de diciembre de 2013

La muerte es una sombra


De manera sucinta, lo que repito es lo siguiente: «Yo nací un 13, el libro tiene 13 cuentos, estamos en el año 2013 y fue presentado un 13 de diciembre».

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El dependiente

Un sábado de diciembre por la mañana, Morris, que llevaba más de dos semanas arriba, en la casa, ausente de la tienda, bajó con la cabeza ya curada. La noche anterior, Ida le había comunicado a Frank que tendría que irse por la mañana, pero al saberlo Morris lo discutió con ella. Aunque nada le había dicho a Ida, el tendero, después de su retiro, se sentía deprimido ante la perspectiva de tener que reanudar su triste vida en la tienda. Le aterraban las horas muertas, llenas de recuerdos de los años perdidos de juventud. Lo consolaba un poco la mejora en los negocios pero no lo suficiente, pues estaba convencido de que, tal como Ida se lo explicaba, los negocios iban mejor gracias exclusivamente a su asistente, al que recordaba como un desconocido de ojos hambrientos y digno de la mayor lástima. Y la explicación, por lo demás, era muy sencilla: la tienda no había mejorado porque aquel huésped del sótano fuera un mago, sino simplemente porque no era judío.

MALAMUD, Bernard. El dependiente. Barcelona: El Aleph, 2007.