lunes, 28 de septiembre de 2015

Crónicas del desencuentro (02-13)


Adán hace buenas fotos. Lo suyo es también el cine. Incursiona ahora (de manera oficial) en la literatura. Adán ha publicado por fin su primer libro (cuentario es). Los cuentos le han salido como las fotos.

Seis historias trae este libro y se leen en lo que demora uno en fumarse una cajetilla pequeña de Pall Mall. A dos cigarrillos por cuento, aproximadamente.

Lo llamo por su nombre de pila porque lo conozco. Adán estudió en mi misma universidad, ambos acabamos la misma carrera y, por si esto les pareciera poco, vive en mi mismo distrito. No hemos compartido a la misma chica, hay que aclarar. No todo tiene que ser coincidencia. En lo que se dice escribir, Adán ya escribía y publicaba cuentos en revistas cuando lo conocí. Eran otros tiempos, tiempos inmemoriales. Es decir, aún no me salía barba y andaba drogado todo el día.

Y eso es justo lo que no hay en los cuentos de Adán: drogas. Alcohol hay. Cigarillos, muy pocos. Sexo salvaje, eso sí que no hay. Me gusta que estas historias no reúnan los ingredientes más usados cuando se pretende narrar la calle. Adán narra la calle porque la tiene. Tiene experiencia en contar y vivir. Y es agradable leer cuentos que aborden la ciudad y la depresión de sus habitantes sin que te topes con unos muchachos inhalando cocaína o fornicando con decenas de chicas cada dos páginas.

La mirada de Adán apunta a otro lugar. Va hacia el paisaje interior de sus personajes: el recuerdo. En uno de los cuentos, el narrador reflexiona sobre las imágenes. ¿Cuáles son las más importantes? ¿Las imágenes capturadas en una fotografía o las que tienen forma de recuerdos? El narrador concluye que estas últimas son más valiosas. Una fotografía se puede romper, pienso yo. Pero los recuerdos no se rompen y se echan a la basura; no se queman. Las imágenes de los recuerdos se van metamorfoseando en nuestra mente, nos van hiriendo de una forma más sutil e invisible.

Adán es fino al narrar. El desamor en sus historias resuena mucho a Zambra y por eso a uno le entra la nostalgia y las ganas de fumar. Me encanta que sus personajes se resignen, que sean eternos derrotados. La chica los abandona y ellos de inmediato agachan la cabeza. Muy de Ribeyro es aquella derrota, y con eso alcanza para fumarse hasta las cortinas.

Lo ha hecho bien Adán. No tenía excusas.

CALATAYUD ESPINOZA, Adán. Crónicas del desencuentro (02-13). Lima: Paracaídas, 2015.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Póstuma(mente)


En Perú hay muchos poetas pero poca poesía. En varias partes de Póstuma(mente), Eduardo Cabezudo Tovar estuvo muy cerca de hacer poesía. Se quedó en poeta.

Lo de Cabezudo va de poetizar el elemento poético. Hacer poemas sobre la poesía, se entiende. Y, aunque el tema pareciera manido, el autor sabe que la imagen es su pastora y nada le faltará:

Lloraría de emoción ante un poema 
Que se levante lleno de lodo para mirar al cielo

Suficiente, digo yo. Se hace poesía con pocas cosas. Con talento, por ejemplo. Con una cajetilla de Lucky Strike tal vez. No se necesita mucho. Cabezudo tiene un poco de ambos, al parecer. Pero, como buen poeta que se inicia (es su primer libro), sabe también autosabotearse y hacer malos versos. Digamos que su poemario pudo estar mejor. No sé, a lo mejor soy muy anticuado para leer esto:

Mi compromiso es el de consagrarme
A la desaparición de este descompuesto ruido
Y hacerlo reaparecer con violencia milimétrica
Como quien pega un chicle en el peinado de la primera
                                                                                         [dama
Como quien mea en el cebiche premiado del último
                                                                                     [Mistura

O esto:

Yo también me aburro de la corrupción
No es como ustedes lo suelen pensar
Es un trabajo arduo y lleno de prejuicio
Es lo mas mainstream de la burguesía emergente
Todos los días perdemos likes en nuestro fan page

De hecho, releyendo estas citas pienso que el poemario pudo ser un gran libro sin estos y otros versos. En algunos, las palabras «esmartiví» o «Análisis foda», por citar algunas, logran fundirse en el poema. Parece natural. Pero en muchos buenos poemas, Cabezudo yerra el gol sin arquero con los vocablos de la modernidad. No obstante, créanme cuando les digo esto: hay algo de poesía en Póstuma(mente). Un verso malo lo hace cualquiera (menos Leopoldo María Panero). Cabezudo sabe ir a veces por el buen camino:

En mi Lima invernal
Todos hablan de lluvia pero acá nunca ha llovido
Hay un cielo que apuñala y hiere microscópicamente
Hasta que logres un tinte rojo imperceptible

El material temático con el que trabaja Cabezudo es fácil de enumerar: poesía, poema, poeta, poetas pobres y sin becas, dildo lacaniano, recitales, crítica literaria, poseridad, posteridad, el Queirolo. Los poemas que escapan a ese tópico son asombrosos. Encanta la sutil densidad en cada uno de ellos y la repentina fuerza en las frases. Cuando el autor se pone salvaje y abstruso está apuntando a la yugular del lector. Poesía feroz, poesía que muerde:

Me he ganado un diente

Enough!, he dicho.

Uno desconfía de los libros regalados, sin costo alguno. Y si lo barato sale caro, lo gratis da sífilis como mínimo. Los libros de Celacanto, el sello que publica a Cabezudo, son gratis. Estos libros los pide cualquier hijo de vecino en alguna librería, y el librero de turno (hijo de algún vecino) los da como obsequio. En serio. Proyecto romántico o lo que fuere. En Perú hay demasiados poetas y poquísima poesía. Y si esta es gratis y aceptable, ¿por qué no mover el culo e ir por los libros de Celacanto?

Pida, entonces, Póstuma(mente).

No diré lo que Cabezudo ya sabe: que lo suyo es edificar imágenes con palabras. Que pronto dejará de ser poeta y hará poesía.

CABEZUDO TOVAR, Eduardo. Póstuma(mente). Lima: Celacanto, 2015.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El novel (III)



Esta vez fue S quien esperó a F. Quedaron en verse a las ocho. Lo esperó algo de quince minutos. Nada del otro mundo. El tráfico de Lima es comprensible a cualquier hora.

Apenas se encontraron, se dieron un cordial apretón de manos y fueron en búsqueda de un silencioso bar. Hasta eso, S había notado que F venía con un buen estado de ánimo. F tenía el semblante de un hombre ganador. Además, era viernes. ¿Quién no está feliz un viernes? Y, siendo viernes, ¿acaso existe algún bar tranquilo en el centro de la ciudad?

Pero lo encontraron, para lamento de S.

Pidieron unas cervezas, con mucha insistencia por parte de F. S rechazó la bebida. Quería permanecer lúcido para desbaratar la novela frente al escritor. El solo hecho de pensar lo que haría, lo ponía mal. ¿No era mejor desistir de una vez por todas y decirle que su novela era una maravilla y que lo suyo era la escritura? ¿No era mejor —como siempre suele serlo— mentir?

Mientras iba merodeando estos pensamientos, le fue preguntando a F cómo es que empezó a escribirla, cuánto tiempo le tomó. Ya saben, las preguntas de relleno.

Le dijo que le había tomado mucho de su tiempo libre. En los ratos muertos que se permitía tener en el trabajo, se ponía a redactar la novela. Antes de ir al trabajo, soñoliento, se ponía a redactar la novela. Al llegar a casa y después de cenar con su mujer, se ponía a redactar la novela. 

Redactar. 

Entre escribir y redactar hay una diferencia abismal. Es como hablar de tener sexo y masturbarse. Redactar y frotar la lámpara de Aladino son cosas que uno hace casi de forma distraída y sin interés.

Estaba claro que F se había esforzado en escribir la novela. Nadie podría negar eso. Y siempre da gusto, pensó S, estar sentado al lado de alguien que por fin acabó una novela.

Una novela de mierda, dicho sea de paso.

F le dijo que ese primer borrador le había demorado más de dos años de esfuerzo y disciplina. Y S pensó que una persona puede hacer algo mejor con su vida durante dos años. Uno se gasta la vida escribiendo.

—Entonces, ¿te gustó mi novela? —preguntó F, a bocajarro.

S dudó aún si continuar con su decisión de ser sincero, y echar sobre ella la capa de la mentira. Podría salir de este meollo con la fórmula básica: «Tu novela lo único que necesita es ser publicada».

Pero ya era tarde cuando dijo: «No, no me gustó». Luego agregó:

—De hecho, es una novela incoherente. Descuidas el estilo (suponiendo que tienes uno), tus personajes son demasiado imbéciles y la trama es rosa. En realidad, a Corín Tellado le hubiera encantado tu novela.

Y para dar mayor credibilidad a su discurso, abrió el manuscrito en la primera página y comenzó a señalar todos los errores que encontró.

—Esas cosas se corrigen luego —arguyó F.

—Matas a un personaje en el capítulo tres. El personaje vuelve a aparecer hacia el final del libro.

—Eso fue un descuido.

—Tu novela es mala, malísima.

F fue agachando la cabeza. Luego soltó:

—Me la van a publicar a fines de este mes.

—Es un bodrio, y eso no se arregla. Te están estafando.

F miró detenidamente a S, y en esos instantes este sintió cómo la amistad se estaba diluyendo.

—Lo que pasa es que me tienes envidia.

—No, tu novela me va a servir para saber cómo NO se hace una novela.

—Tus gustos son otros.

—¿Qué editorial te va a robar tu dinero?

F estalló en cólera. Apuró su vaso de cerveza. Se paró para marcharse.

S le ofreció el manuscrito y F le dijo que se lo podía quedar.

—Pero aprovecha las erratas que encontré para que tu novela salga limpia.

—No tengo ninguna falla. Mi editor dice que a mi libro no le tocará una coma. Me dijo también que es una novela soberbia.

Y se fue.

F presentó su novela hace algunas semanas. F ya no habla más con S.