martes, 21 de mayo de 2013

Cartas a un joven novelista


Sobre la vocación:

Creo que sólo quien entra en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda. Esa otra cosa misteriosa que llamamos el talento, el genio, no nace —por lo menos, no entre los novelistas, aunque sí se da a veces entre los poetas o los músicos— de una manera precoz y fulminante (los ejemplos clásicos son, por supuesto, Rimbaud y Mozart), sino a través de una larga secuencia, años de disciplina y perseverancia. No hay novelistas precoces. Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción. Es muy alentador, ¿no es cierto?, para alguien que empieza a escribir, el ejemplo de aquellos escritores, que, a diferencia de un Rimbaud, que era un poeta genial en plena adolescencia, fueron construyendo su talento. 

Sobre la crítica:

¿Qué quiero decirle con esto? No, desde luego, que la crítica sea inútil y prescindible. Nada de eso. Por el contrario, la crítica puede ser una guía valiosísima para adentrarse en el mundo y las maneras de un autor, y, a veces, un ensayo crítico constituye en sí mismo una obra de creación, ni más ni menos que una gran novela o un gran poema. (…) Pero, al mismo tiempo, me parece importantísimo dejar en claro que la crítica por sí sola, aun en los casos en que es más rigurosa y acertada, no consigue agotar el fenómeno de la creación, explicarlo en su totalidad. Siempre habrá en una ficción o un poema logrados un elemento o dimensión que el análisis crítico racional no logra apresar. Porque la crítica es un ejercicio de la razón y de la inteligencia, y en la creación literaria, además de estos factores, intervienen, y a veces de manera determinante, la intuición, la sensibilidad, la adivinación, incluso el azar, que escapan siempre a las redes de la más fina malla de la investigación crítica. Por eso, nadie puede enseñar a otro a crear; a lo más, a escribir y leer. El resto, se lo enseña uno a sí mismo tropezando, cayéndose y levantándose, sin cesar.

VARGAS LLOSA, Mario. Cartas a un joven novelista. Lima: Alfaguara, 2011.

lunes, 6 de mayo de 2013

Putas asesinas


Los entusiastas lo saludaban llamándolo por su nombre, con un tuteo que tenía algo de falso, y le preguntaban cosas que yo no lograba entender, y luego me presentaban, aunque la verdad es que yo no necesitaba presentación alguna pues durante un tiempo, un tiempo breve, me había carteado con él y sus cartas en cierta forma me habían ayudado, estoy hablando del año 1981 o 1982, cuando vivía encerrado en una casa de Gerona casi sin nada de dinero ni perspectivas de tenerlo, y la literatura era un vasto campo minado en donde todos eran mis enemigos, salvo algunos clásicos (y no todos), y yo cada día tenía que pasear por ese campo minado, apoyándome únicamente en los poemas de Arquíloco, y dar un paso en falso hubiera sido fatal. Esto les pasa a todos los escritores jóvenes. Hay un momento en que no tienes nada en que apoyarte, ni amigos, ni mucho menos maestros, ni hay nadie que te tienda la mano, las publicaciones, los premios, las becas son para los otros, los que han dicho «sí, señor», repetidas veces, o los que han alabado a los mandarines de la literatura, una horda inacabable cuya única virtud es su sentido policial de la vida, a ésos nada se les escapa, nada perdonan. En fin, como decía, no hay escritor joven que no se haya sentido así en algún momento de su vida. Pero yo por entonces tenía veintiocho años y bajo ninguna circunstancia me podía considerar un escritor joven. Estaba en la inopia. No era el típico escritor latinoamericano que vivía en Europa gracias al mecenazgo (y al patronazgo) de un Estado. Nadie me conocía y yo no estaba dispuesto ni a dar ni a pedir cuartel. Entonces comencé a cartearme con Enrique Lihn. Por supuesto, yo le escribí primero. Su respuesta no tardó en llegarme. Una carta larga y de mal genio, en el sentido que damos en Chile al término mal genio, es decir hosca, irascible. Le contesté hablándole de mi vida, de mi casa en el campo, en uno de los cerros de Gerona, delante de mi casa la ciudad medieval, detrás el campo o el vacío. También le hablé de mi perra, Laika, y le dije que la literatura chilena, salvo dos o tres excepciones, me parecía una mierda. En su siguiente carta ya se podía decir que éramos amigos.

BOLAÑO, Roberto. Putas asesinas. Barcelona: Anagrama, 2003.

domingo, 28 de abril de 2013

Dans la maison

Dans la maison (François Ozon, Francia: 2012)

La íbamos a ver en una reunión de amigos (al parecer, una nueva falange del conocido Círculo Literario del que ya he hablado aquí) pero R, siempre con sus buenas e influyentes recomendaciones, no la pudo conseguir.

La película prometía y el argumento era simple: un profesor de literatura impulsa a sus alumnos a escribir y descubre en uno de ellos la facilidad para narrar, el don de la escritura, aunque esa habilidad poco a poco se convertirá en una pequeña pesadilla para el profesor.

No esperé mucho, me descargué la película (en alta definición, claro está) y al verla me vi envuelto en una historia salpicada de referencias literarias, suspense y unos giros tan geniales que se acercan mucho al delirio, un delirio que es también el hechizo de esta película.

La sensación de realidad o irrealidad que transmite es bastante fuerte. Es una película cuya trama se apoya en los textos de este alumno aprendiz de escritor, y he aquí donde resulta difícil descubrir qué es la ficción y qué es la realidad, o cuáles son sus límites, o, simplemente, la certeza de que no existe límite alguno.

El filme quizá no alcance la perfección en muchos aspectos, no obstante dudo que cualquier amante de la literatura pueda resistirse a ese sutil y maléfico encanto que posee. Tampoco creo que entre en mi top ten de películas sobre escritores, pero se acerca mucho y con una simpleza inaudita que es a la vez su principal atributo.

lunes, 15 de abril de 2013

Abril: mes de la muerte del escritor

Abril lo he comenzado mal. Me fracturé el brazo con el que escribo y tuvieron que enyesarlo, de tal manera que ahora comprendo que este mundo no está hecho para los zurdos, o para los que —por un accidente— nos hemos vuelto zurdos a la fuerza. 

Hace un par de días celebré también un año menos de vida, lo que me hizo reflexionar sobre los proyectos realizados y planes futuros. Algunos proyectos, como es obvio, se han visto estancados por esta lesión en el brazo. Pero felizmente el descanso médico me ha permitido escabullirme un poco del trabajo alimenticio y me ha brindado el tiempo suficiente para leer y ver casi una película por día. No obstante, las ganas de escribir son más fuertes, así que vuelvo al blog para ejercitar un poco este acto de parir palabras.

En uno de mis largos momentos de ocio (a veces interrumpidos para ir a recibir clases) encontré un artículo que analiza la situación del escritor en España. Aunque el contexto español dista mucho del peruano, el texto me ha puesto de nuevo sobre la mesa aquella eterna reflexión del escritor que se las tiene que arreglar para hacer lo que le gusta, tomando numerosos pequeños trabajos que le brindan cierta estabilidad económica, y encima en un panorama desolador donde los lectores desaparecen o son asesinados por la tecnología.

«El poeta pobre», de Carl Spitzweg.

A continuación, el artículo al que hago referencia:

La muerte del escritor de clase media

Por: Peio H. Riaño

Siempre ha sido así, pero ahora el cuento ya no tiene un final feliz. El escritor pasa a ganarse la vida como escritor “cuando empiezan a pagar bien”. Lo dice Juan Marsé (Barcelona, 1933), que cuenta por el teléfono que él no era un escritor de clase media, sino de clase baja. Trabajaba en una joyería de su ciudad natal mientras escribía su primera novela, Encerrados con un solo juguete (1961). Luego llegarían las tareas como mozo de laboratorio, en el departamento de bioquímica celular del Instituto Pasteur en París mientras terminaba la segunda, Esta cara de la luna (1962). Y hasta su consagración con El amante bilingüe 30 años después, es decir, cuando empezaron a pagarle bien, pudo compaginar su vida de escritor con artículos en periódicos, escribiendo guiones de cine, etc. 

lunes, 18 de marzo de 2013

Deseo bajo los olmos

Imagen tomada de Teatro Británico

Antes de entrar en materia, hay que dejar en claro que no estamos frente a uno de los mejores trabajos de Eugene O'Neill, Premio Nobel de Literatura en 1936. De hecho, desde mi punto de vista, Deseo bajo los olmos tiene dos errores fundamentales: el abandono de la granja por parte de los hermanos Simeon y Peter, al poco de iniciar la obra, y el asesinato al que se ve empujada a cometer la sensual Abbie Putnam, un asesinato que dota de gran estupidez a un personaje, hasta ese momento, bien logrado.

La puesta en escena, la cual dirige Marisol Palacios, es una adaptación del libro. Lo mencionado líneas arriba hace que uno se enfrente al reto de lograr una mejor representación. Pero en el caso de Deseo bajo los olmos, que se viene presentando en el Teatro Británico, nos acerca a pensar que no se ha logrado siquiera formularse ese reto. El resultado, por lo tanto, es pobrísimo. Abominable.

Vemos los olmos sobre la casa de los Cabot en escenario y la aparición de Omar García, quien hace de Eben. Desde un inicio notamos su dificultad para pronunciar las palabras y soltar frases claras, aquella mala dicción que uno jamás esperaría encontrar sobre todo si uno observa el precio de la entrada general.

Luego la cuadriculada estructura de la escenografía y sus elementos (sillas o camas en un perfecta perpendicuaridad) que obligan al pobre Eben a sentarse para ingerir sus alimentos dándole la espalda al público.

Todo mejora para el deleite de la vista del espectador macho cuando aparece Abbie (Tatiana Astengo). El libro la describía exuberante, y allí tenemos al deseo hecho carne. Pero pronto notamos que la puesta en escena gira en torno a ella. En pocas palabras, a mostrar, crudamente, su carne. Tal es así que en la escena más delirante del libro (cuando madrastra e hijastro se unen), esta Abbie se desnuda por completo y no cabe duda de que todo lo que hemos visto solo ha sido un preludio para el momento «crucial» en que se despojará de sus ropas.

Lo que sigue es relleno, pero un relleno acompañado de errores. Por ejemplo, mencionando uno, la fiesta que brinda Ephraim Cabot por el nacimiento de su hijo, y la burla pública y descarada que hacen de él sus vecinos delante de sus narices (ellos saben que un hombre de tan avanzada edad no puede engendrar, y lo hacen ver como un simple cornudo), fue mutilada. Una escena tan esencial como esta, que pudo otorgar otra connotación a los ojos del espectador, no tenía por qué ser casi suprimida (apenas se escucha el ruido de un violín). De la misma forma, abundan otros elementos mal adaptados de la obra original.

Deseo bajo los olmos, dirigida por Marisol Palacios, es el error del error. Y también una forma de vender un teatro (gracias al exhibicionismo del cuerpo a la que es sometida Tatiana Astengo) en donde solo palpitará uno de nuestros sentidos.

Ficha técnica
Deseo bajo los olmos, de Eugene O'Neill.
Dirección: Marisol Palacios.
Actuación: Omar García, Emilram Cossio, Alberick García, Alberto Herrera y Tatiana Astengo.
Adaptación: Giovanna Pollarolo.
Lugar: Teatro Británico (Jr. Bellavista 531, Miraflores).
Desde el 14 de marzo hasta el 20 de mayo.

viernes, 15 de marzo de 2013

Elogio de la creatividad

Hace no mucho hice una capacitación —que al final terminó siendo una especie de charla o conferencia— en donde se me pedía hacer énfasis en la creatividad de los niños y su estímulo como eje motriz en su desarrollo.

Claro que para estas faenas no me considero ningún experto, así que hice todo muy a la antigua. Es decir, tomé notas de numerosos libros sobre el tema, apunté unas cuantas reflexiones personales y escribí un ensayo algo extenso para leerlo durante la capacitación.

Lo titulé, tan parcamente, «Elogio de la creatividad».

Aquí me explayé sobre la formación de las escuelas y cómo estas tienden a reprimir la creatividad en lugar de convertirla en el centro de atención de la pedagogía, entre otras nueces. Tenía que hablar también sobre la importancia de la escritura creativa en los niños. Y aquí, mientras escribía el ensayo, ya pasadas las cuatro de la madrugada, tomando bebidas heladas para contrarrestar el calor, me desvié del tema y me puse a reflexionar sobre este tipo de escritura, este nuevo movimiento de talleres literarios que prometen convertir en escritores a quienes tienen el germen de serlo. 

La pregunta nunca antes formulada por mí me la dio una página que encontré mientras navegaba y era que, tras la afirmación de si una persona puede aprender a escribir, ¿se le puede, en verdad, enseñar a escribir?

La pregunta es harto compleja. Si bien existe gente con una vocación literaria muy fuerte (con verdaderos intereses literarios; vale decir, un compromiso con la literatura), ¿se les puede brindar recetas sobre el estilo y la disciplina, que a las finales resultan siendo habilidades tan personales y subjetivas? ¿Se puede «enseñar» eso?

Imagen tomada de este blog.

El interesante artículo que encontré responde a dicha interrogante y, además, es tan esclarecedor. Se los dejo para quienes quieran disfrutarlo.

Talleres literarios: se puede aprender a escribir, ¿pero se puede enseñar a escribir?

Por: Carlos Quirós

Los escritores deben de ser el gremio con más autodidactas por kilómetro cuadrado. Leer a los clásicos, escribir mucho y borrar casi todo ha sido, durante siglos, lo más parecido a una receta a seguir para quienes se acercaban al papel con pretensión literaria. Ahora, además de escritores que crean escuela, el aprendiz cuenta con escuelas que crean escritores. Todos aquellos que no terminen de confiar en su intuición como narradores, necesiten disciplina o asimilar las técnicas tienen a su disposición diversos talleres donde aprender a dirigir las cinceladas del bolígrafo.

martes, 5 de marzo de 2013

Volviendo a las aulas

Comenzaron las clases y encuentro en la red un conjunto de sílabus, en especial pertenecientes a escritores famosos como David Foster Wallace, Zadie Smith o W. H. Auden, entre otros (el de Lynda Barry es muy original). Así que si nos urge una lectura recomendada, aquí ya tenemos mucho de dónde abastecernos.

«El profesor severo», de Jan Steen.

sábado, 2 de marzo de 2013

Escritores en su hábitat

Me ha fascinado esta galería de fotos en la que se muestra a los escritores en su «hábitat natural», ya sea creando ficciones o simplemente descansando un momento de ellas.  Tal vez los lugares que habitan sean reflejo no solo de su personalidad, sino también de su literatura. Veo en las imágenes la suntuosidad de Capote, la sobriedad de James Baldwin, el academicismo de Nabokov, el caos moderado de Henry Miller, la pulcritud de Agatha Christie, y me encanta. Es simplemente imperdible.


Hemingway leyendo el The New York Times (tomada de aquí)