Vuelvo con novela nueva.
Y hay preventa aquí.
En una de las notas de La preparación de la novela, el magnífico seminario de Roland Barthes para el Collége de France, el crítico y semiólogo dice que solo le interesan las novelas que funcionan como un palimpsesto: es decir, que poseen una densidad alegórica, un sentido oculto bajo el sentido aparente, bajo la trama. Y remata diciendo que no le importa desconocer cuál es ese sentido oculto. Pues bien, yo creo que una novela como La velocidad del pánico le hubiera interesado a Barthes, pues no solo reverbera en ella un sentido oculto, sino varios. Y yo debo confesar que no me siento en capacidad, ahora mismo, de definir esos sentidos ocultos.
Preliminarmente, en todo caso, puedo decir que La velocidad del pánico no es tanto la historia de un aprendiz de escritor que enloquece y que se ve envuelto en el brutal homicidio de un crítico literario, sino sobre todo un artefacto escritural cuya estructura y cuyo lenguaje activan un efecto de enloquecimiento. Ahí radican su gracia y su valor artístico. Su potencia poética. A través del entrecruzamiento de puntos de vista y de tiempos, el lector va armando el rompecabezas de un relato sombrío sobre ambiciones y mezquindades literarias, sobre amores posibles e imposibles, sobre las consecuencias del insomnio y los procesos creativos. Pero con el paso de las páginas ese rompecabezas va supurando, como una herida infectada, la extraña e imprecisa sensación de pérdida del control y del sentido de la realidad. ¿Qué pasa realmente en La velocidad del pánico? ¿Quién miente y quién dice la verdad? ¿Está realmente loco S –el protagonista– o solo se trata de una coartada para evitar consecuencias aún peores?
Incomoda no saber las respuestas, incomoda aún más no “entender” del todo la historia, pero el arte nunca se trató de entender ni de ofrecer respuestas. Se trató y se trata, más bien, de compartir las preguntas, de transmitir las inquietudes y las emociones, de construir un pequeño mundo al cual podemos entrar para vislumbrar la proyección de un sueño. Por eso quizá en más de una entrevista he escuchado a Stuart Flores decir que no le interesa la trama o el argumento sino el lenguaje. Yo agregaría también la estructura. Porque la literatura es lenguaje y estructura, y lo que se suele llamar contenido no es más que el resultado de la fricción entre ese lenguaje y esa estructura. En La velocidad del pánico, además, hay algo del orden de la fábula gótica, con ese hospital psiquiátrico instalado en un castillo, con esas calles húmedas que se parecen a las de Lima pero que podrían ser las de cualquier ciudad del mundo, con ese doctor y ese enfermero que recuerdan un poco a los personajes del Instituto Benjamenta de Robert Walser. Walser, Kafka, Bolaño sin duda, sobre todo en ciertos giros sintácticos, pero también Cormac McCarthy y sus diálogos afilados y escuetos. Escritores todos para quienes el lenguaje no es solo un vehículo para ensamblar anécdotas. Escritores todos, además, obsesionados con la locura del mundo en sus diferentes manifestaciones. Ese es el linaje de La velocidad del pánico, esa es la ruta que esta novela quiere seguir.
En una escena narrativa como la peruana, donde el conservadurismo formal y la indagación sociologizante son norma y motivo de celebración, una novela como La velocidad del pánico abre todo un ramo de vías posibles. Y lo hace porque le deja mucho espacio al lector para volar o arrastrarse, para soñar o guarecerse. La escena final de la novela, que no voy a contar, nos dice con otras palabras que lo único que existe es la imaginación, que la única herramienta frente a un mundo ruinoso es la fantasía.
Atención, que esta vez no vengo a hablarles de mí. He aquí un taller que nadie debería perderse, por la sencilla razón de que no se sabe si Cristhian Briceño se anime a realizar otro en el futuro. Dicho esto, y para ser breve, los invito a inscribirse a «Una pequeña pausa». Les garantizo una experiencia iluminadora.
Nieva, hay que decirlo ya, carga con un peso enorme: es argentino. Ser escritor es un reto. Ser escritor en un país con una monumental tradición cuentística es, por decir lo menos, un obstáculo mayor. Sin embargo, Nieva sabe llevar muy bien el peso de su argentinidad. Una prueba de ello es justamente este libro, publicado cuando el autor tenía 25 años.
Aquí encontramos una revisión muy peculiar de los temas y las personalidades que forman parte de la historia argentina. A saber: un androide gaucho (o gauchoide) que se rebela contra la autoridad, el zombi de Domingo Faustino Sarmiento y un Borges androide (o Borgesoide).
A mí, que suelo leer los cuentos sin orden, se me ha hecho imposible con este conjunto de relatos porque el que da el título al libro se desprende en muchos otros, evidenciándose así la organicidad del texto.
Es en el cuento central donde asistimos a la vida de don Chuma, un androide que manifiesta un padecimiento idéntico al que poseía el Bartleby de Melville: prefiere no hacer las cosas, aunque las hace a regañadientes (aquí Nieva introduce una pequeña y delirante escena con la que ilustra un poco de la historia argentina bajo la dictadura de Videla).
Delirantes son también los recursos que usa Nieva a lo largo de los demás cuentos. En algunos pasajes el narrador detiene la acción y reflexiona en torno a los acontecimientos que nos cuenta. En otros, se permite ser lúdico y se dirige al lector y lo interpela. Demás está decir que este conjunto es abundante en elementos metatextuales, ingeniosas formas de narrar un suceso y también deliciosas piruetas verbales.
Causa admiración que un libro publicado originalmente en 2013 mantenga inalterable su frescura y su carácter disruptivo. Luego de leerlo, uno entiende por qué su autor ha sido seleccionado este año por la revista Granta como uno de los mejores narradores en español.
Por fin. Ya se puede comprar la antología de ciencia ficción Esta realidad no existe desde la web de Estruendomudo.
ele (sí, siempre en minúsculas) pasa a tener una nueva edición, esta vez en formato convencional. Pueden encontrar los detalles de la preventa en este enlace.
Por fin apareció la tan esperada antología titulada Selección peruana (2015-2021) que cada cierto tiempo edita Estruendomudo. Tenemos un gran equipo y además contamos con un experimentado director técnico: Ricardo Sumalavia. Pueden aprovechar la preventa usando este enlace.
Por azares del destino me toca jugar de 9:
La presente edición, que es conmemorativa, trae un breve y persuasivo prólogo de Fernando Iwasaki. El resto, el texto en sí, es una novelita preciosa que no tiene una sola arruga en la frente y que, quizá ahora en épocas electorales, adquiere una renovada juventud.
Vamos al asunto.
Blanco y negro nos cuenta la génesis, el desarrollo y el final de un «héroe» llamado Ulises García, quien posee un extraño mal que lo hace ver los aspectos negativos y positivos de cualquier fenómeno sin lograr extraer de ellos una síntesis. Esta rara condición (que recibe el nombre de «razón contradictoria») lo incapacita para tomar decisiones, desde las más simples hasta las más complejas. Ulises, además, padece de un imperceptible defecto físico: no puede ver a colores. Todo lo observa en blanco y negro. Así, por ejemplo, se encuentra negado para apreciar la belleza de un atardecer.
Ulises, sin embargo, crece y trata de insertarse en el mundo, y es allí cuando, a través de su mirada objetiva, se nos despliega la historia del Perú reciente: el golpe de Estado de Velasco, la sucesión de Morales Bermúdez, el retorno de Belaúnde, la llegada de Alan García y la crisis económica, el advenimiento del Fujimori y del terrorismo. Lo interesante es que el narrador jamás menciona nombres o brinda fechas, sin que esto despiste al lector.
Llama la atención la organización textual de la novela y el juego o la parodia que propone. Basta con observar el índice para preguntarnos si estamos ante una tesis. Por otro lado, el lenguaje, totalmente depurado, tiene el propósito de presentarnos la vida de Ulises como si se tratase de un frío expediente cuando, en realidad, la vida del protagonista está signada por la fatalidad. De hecho, el humor negro, abundante a lo largo de la novela, adquiere una connotación bastante cruel al ser expresado mediante este lenguaje aséptico.
Si el célebre Bartleby de Herman Melville prefería no actuar, el Ulises García de Carlos Herrera simplemente se mantiene en la imposibilidad de tomar partido. En él, la indecisión constituye un atributo.
Ocho cuentos trae este libro. Narraciones cortas y muy bien logradas. Quintana reina en la brevedad porque es consciente de las limitaciones espaciales del género. Traza en pocas líneas un ambiente y su tensión. En apenas cuatro páginas concentra un universo que es, en muchos casos, perturbador y animal.
Quizá la principal característica de estos relatos es su descarnado salvajismo. Quintana nos revela, en algunos de ellos, el lado más pasional de las relaciones de pareja. Y lo que llama la atención es que lo hace sin muchos adornos ni rodeos. En otros relatos prima la brutalidad del ser humano (un lado cruel que, bajo la pluma de esta autora, surge espontáneo). Algunas escenas son chocantes y es allí cuando percibimos que Quintana ha dado en el clavo: nos ha remecido por dentro.
Para quienes buscan un libro de cuentos orgánico, hay que advertirles que este no lo es (y esto no es un demérito). Sucede que, como dijo una o varias veces Alberto Olmos, los críticos se empeñan en que los libros de cuentos sean unitarios, reclamo del que está exento la novela, pero ese tema ya nos aleja de esta reseña.
La disparidad de estos cuentos es quizá lo que más me ha agradado del conjunto, pues la autora se permite alternar la violencia rotunda de sus relatos con otros, en apariencia, más sutiles. De hecho, el libro cierra magistralmente con un cuento surrealista titulado «Hasta el infinito», y que funciona como remanso ante el alud de explícita ferocidad a la que nos hemos visto expuestos.
También hay que destacar, como ya se puede adivinar desde el título, que hay una magnífica reescritura de una narración anclada a la tradición popular. Esto nos lleva a poner énfasis en otro relato, quizá uno de los mejores del libro: «El estigma de Yosef». Aquí un episodio bíblico es readaptado por la autora colombiana, con un resultado que es más que satisfactorio.
Demás está manifestar que hay que leer estos cuentos no solo por su ostensible calidad literaria, sino también porque representan una buena oportunidad para acceder al mundo edificado por Pilar Quintana, un territorio que no es para nada agradable pero con el que hay que lidiar.
Para empezar hay que decir que el libro de Lun es desternillante. Es imposible parar de reír debido a todo lo que le ocurre a Czesław Przęśnicki, el protagonista, quien afirma ser un «escritor fracasado» y que, además, está internado en un manicomio en Bélgica recibiendo una terapia de reinserción lingüística. Przęśnicki sufre del síndrome del escritor extranjero. No desea escribir en polaco, su lengua materna, sino en antártico, el idioma ficticio que aprendió durante su estadía en la Antártida.
A partir de esta premisa se desarrollan situaciones delirantes, pero se insertan, siempre desde la parodia, profundos cuestionamientos. ¿A quiénes les pertenece un idioma? ¿A los hablantes nativos o también a los que llegan a él de manera azarosa? ¿Quiénes están autorizados a escribir en determinada lengua? ¿Es antipatriota que un escritor abandone su lengua materna para refugiarse en una extranjera? ¿A qué cultura pertenece un autor nacido en Rumania pero que desarrolla su obra en francés?
Desde luego, en el manicomio se combate el mencionado síndrome, y es aquí cuando la trama se torna aún más disparatada porque en sus páginas desfilan los grandes exponentes de la inmigración lingüística. A saber: Samuel Beckett, Joseph Conrad, Agota Kristof y Vladimir Nabokov, entre otros.
Es justamente Nabokov quien desliza una de las comparaciones más sublimes para explicar la sensación de huir de una lengua para adoptar otra: «Yo fui trilingüe desde niño. Pero pasar de escribir en ruso a escribir en inglés fue muy doloroso. Como si volviera a aprender a agarrar objetos después de haber perdido siete u ocho dedos en una explosión». La imagen es magistral, no me lo van a negar.
Por otro lado, y este no es un dato menor, Aleksandra Lun nació en Polonia pero escribió esta novela en español. De esta manera se puede inferir que el asunto del libro —su primer libro, cabe aclarar— es el fruto de su experiencia como escritora que huye de su lengua materna para tomar asilo en la nuestra. El resultado es una novela que poco a poco va ganando lectores y buena crítica (ha sido traducida al inglés, francés y neerlandés). Dicho esto, no es exagerado afirmar que el libro de Lun se va convirtiendo en una lectura indispensable.
¿Y de que va un libro tan raro como este (si es que los textos experimentales pueden resumirse)? Dicho de manera simple, el asunto del libro es el lenguaje. Desde el inicio se anuncia la inutilidad del castellano. El narrador se pregunta: «¿Para qué voy a seguir dejando por escrito este idioma melancólico, una lengua que ha perdido toda tenacidad?». Y luego propone que «a lo mejor deberíamos ir pensando en cambiar algunas cosas, en cambiar lo que ya no sirve. Tal vez sea hora de cambiar de idioma».
Si no resulta muy enrevesado, y a efectos de esta reseña, hay que decir que existe un segundo Magistral que se menciona en el libro y cuyo autor es el narrador. Este, sin pudor alguno, lo califica de obra maestra porque, entre otros atributos, marca el final de la literatura escrita en castellano. Este libro, lo dice el narrador, es un libelo que ha sido alabado por los lectores comunes y por la crítica oficial, y nos cuenta que «en las presentaciones todos compraban Magistral, lo empezaban a leer allí mismo (...) hasta llegar a la última página».
Volviendo al texto de Rubén Martín Giráldez, se puede decir que su libro aborda al castellano como tema central: sus usos y carencias, su inferioridad con respecto a otras lenguas, su insalvable decadencia, la necesidad de encontrar otra cosa que lo sustituya.
Por eso el narrador confiesa que está encerrado en una «Boca Norteamericana de la que pretendía llevarme la lengua». Ha hurgado aquí y lo que ha descubierto es una novela superlativa: Notable American Women, de Ben Marcus. Su fascinación por lo escrito por Marcus lo lleva a reproducir extractos de esa novela (portada, contraportada y algunas páginas aleatorias).
Existe también una inquietud sobre los límites del lenguaje que entraña una reflexión sobre la traducción (dicho sea de paso, Rubén Martín Giráldez es un experto traductor). En estos pasajes, Magistral se emparenta con el ensayo literario, aunque también existen partes que lo acercan a la poesía en prosa.
Como catador de venenos, mi sentencia es que vale la pena sumergirse en este psicodélico libro.
Lo que se narra aquí es, en pocas palabras, la amistad entre dos niñas. En pocas palabras porque, claro está, este libro es mucho más. Es un poema salvaje cuya historia es contada por una de estas pequeñas. Lo que ella nos dice se centra en su mejor amiga, Isora, a quien idolatra y tiene como modelo («yo quiero ser como ella, tan echadita palante, tan sin miedo»).
En sus primeras páginas, Panza de burro parecería el simple anecdotario de una niña en un pueblecito de Islas Canarias, y, llegado a este punto, el lector podría experimentar cierta decepción si se toma en cuenta que el libro de marras ha granjeado excelentes comentarios.
No obstante, pronto uno se va sumergiendo dentro de un lenguaje. Abreu se ha dado el trabajo de edificar un mundo a partir del habla canaria, y es entonces que la novela resulta envolvente. Asimismo, la historia de amistad entre las dos niñas (la narradora e Isora) se va tornando cada vez más estrecha. Hay además un despertar sexual que no es nada sutil, sino feroz, y que cobra tensión a medida que la novela avanza.
Otro acierto del libro es el contexto temporal en el que está inscrito porque conecta con determinado público. La autora, nacida en 1995, nos cuenta una niñez decorada por un programa de mensajería instantánea (el «mésinye», que es como llama la narradora al antiguo MSN), una telenovela (Pasión de gavilanes) e incluso canciones de bachata (de Aventura, para ser más precisos). Es decir, los elementos con los que se formó una parte de la generación milenial.
Sin duda, lo que más agrada del libro es el tono lírico que adquiere por momentos y que discurre con una portentosa naturalidad: «isora tenía los ojos verdes como un verdino verde como una mosca en agosto sobre el bocadillo de salpicón de atún en la playa de teno (…)».
Editorial Hipocampo ha tenido a bien publicar un conjunto de cuentos titulado El fuego de cada día: nuevas violencias. Antología de narrativa peruana última. Nada me alegra tanto como aparecer aquí, acompañado además por tan buenas plumas. Se ha incluido, por cierto, un interesante prólogo escrito por Juan Manuel Robles. Habrá versión impresa, pero por el momento se puede descargar entrando a este enlace: