domingo, 3 de noviembre de 2019

El amor y el exceso

Austin, Texas 1979 representó para Francisco Ángeles un inusitado éxito que ahora, con su última novela, pretende superar. La noticia es que no lo ha logrado. La valla de su segundo libro aún es muy alta.

Adiós a la revolución (Literatura Random House, 2019) va de un profesor peruano (Emilio) que quiere ligar con su alumna estadounidense (Sophia) y —spoiler alert— lo consigue. Pero antes de involucrarse, ambos leen y teorizan sobre política y, en especial, sobre zapatismo. Dicho esto, la premisa de la novela resulta alentadora, pero su puesta en marcha, en muchos tramos, es pobre o deficiente.

La novela se divide en tres secciones, está narrada en primera persona e intercala dos relatos: el de la relación del protagonista con Sophia y el de la búsqueda que emprende aquel en Chiapas, donde la muchacha se encuentra detenida.

Pesa mucho el relato amoroso. Esta es, ante todo, una novela rosa (con el debido respeto que merece este género) y por momentos uno queda hastiado ante los desvaríos y tormentos adolescentes de un personaje que en realidad va camino de los cuarenta años (un personaje que, por cierto, tiene un inverosímil poder adquisitivo). No obstante, y aunque parezca contradictorio, las mejores partes de la novela ocurren justamente cuando se aborda la experiencia afectiva, sobre todo hacia el final de la segunda sección, donde hay una mezcla de planos narrativos muy vistosa.

En Chiapas, donde ocurre el segundo relato, no sucede nada trascendente. Emilio va de un lado a otro sin que su recorrido aporte algo a su búsqueda. Ningún giro dramático, ningún dato revelador. Todas las acciones están envueltas en un aura de impostado misterio. Aquí queda claro que, pese al desarrollo de algunos personajes, la trama tiene escasa elaboración. Muestra de esto son las escenas poco imaginativas y que tienen como única finalidad servir de mero relleno.

Hay que agradecer, sin duda, que la prosa no sea funcional. Se puede decir que Ángeles intenta agitar el lenguaje y busca imprimir un ritmo veloz a la narración con un particular uso de la frase larga y salpicada de comas. Pero este exceso verbal también le juega en contra. Algo que entorpece enormemente a la novela es su voluntad por engordar en vano. Saturar al lector con párrafos o páginas triviales nunca es buen indicio. En las situaciones narradas, en cada diálogo o escena, hay una dilatación injustificada. Tal vez el autor pudo apuntar esta verborrea hacia otros asuntos más interesantes, como el de la diferencia entre las clases sociales a las que Emilio y Sophia pertenecen (esto apenas queda esbozado) o el dilema entre los intelectuales que plantean una transformación social desde la teoría y los que prefieren pasar a la acción armada.

Tomando en cuenta virtudes y desaciertos, Adiós a la revolución queda como una novela irregular, llena de buenas intenciones y apenas entretenida, sin más (sin los fuegos artificiales ni el entusiasmo de otras reseñas).

jueves, 31 de octubre de 2019

Dickens en concierto


F me llama y me dice que me ha enviado los pasajes aéreos a mi correo. De paso, me informa sobre la dinámica que tendremos que seguir. También me dice que esta será la última presentación.

Me da un poco de pena esto que me cuenta F. La última presentación, pienso. Hemos estado en un par de universidades de Lima y en la feria internacional de esta ciudad, en ferias y centros de estudios de Huancayo, Ayacucho y Piura. Y si hay algo que me ha dado el Premio Copé (perdonen el autobombo), y que valoro tanto, ha sido la oportunidad de ponerme delante de un auditorio (lo que básicamente he hecho en todas esas ocasiones —con alguna ligera variación— es contar cómo llegué allí, es decir, a estar frente a un público que espera que diga algo interesante).

Los viajes a provincia junto a F, C y R están repletos de historias. En Ayacucho, por ejemplo, nos condujo un taxista que sentía un tierno y enorme orgullo al estar transportando al hijo del autor de El mundo es ancho y ajeno, y cuando los policías lo atajaban por querer atravesar una calle prohibida, decía el buen hombre: «Es que estoy llevando a los catedráticos» (y nos presentaba ante las autoridades y nosotros éramos su salvoconducto). En Huancayo, donde nací pero solo viví hasta el año y medio, alguien corrió la voz de que me encontraba en la feria, y durante la respectiva firma de libros se fueron acercando personas que decían ser mis tíos o primos (hay una parte de mi árbol genealógico que no conozco y tiene raíces allí). En Piura trabé amistad con un profesor español, escritor y gran lector de Ribeyro, con quien intenté hablar de literatura española última pese a que él sentía mayor pasión por la literatura peruana última y la conocía al dedillo.

Una amiga me dijo que esto es lo más parecido a la vida de un rockstar, y quizá las analogías que encuentro validan mucho su afirmación porque F, C, R y yo salimos en avión muy temprano, llegamos a hoteles de primera, paseamos un poco por la ciudad y, cuando cae la tarde, nos sentamos a una mesa y hablamos frente a un auditorio repleto. Esta sería nuestra manera de dar un concierto.

(Para llegar a fin de mes, Charles Dickens hacía lecturas públicas en Nueva York. Sus lectores iban al teatro, pagaban una entrada y accedían al lujo de oír al propio Dickens leer en voz alta algunos extractos de sus novelas —una especie de Hernán Casciari—. Nosotros, en cambio, somos más solemnes. Hablamos sobre las obras ganadoras y contamos algunas anécdotas).

Me despido de F sabiendo que esta será su última llamada para coordinar un viaje. Él seguirá en lo suyo, año tras año, poniendo su granito de arena para consolidar el que es el premio literario más importante del Perú. Yo seguiré en lo mío, que es juntar letras. Y Trujillo será la última ciudad que visitemos juntos F, C, R y yo.

Estoy triste pero he hecho amigos.

jueves, 24 de octubre de 2019

Para C

Robert Braithwaite Martineau. (Kit’s Writing Lesson, 1852)

Me ha escrito C a raíz de una columna que publiqué el jueves 3 de octubre. Me dice que le parece una maravilla todo eso que cuento allí: el lugar que describo, sus personajes, sus etcéteras. Me dice que el hecho de estar rodeado de escritores le parece un ensueño. Sin embargo, C es joven y a su edad hay cosas que ignora (aunque yo, a mi edad, ignoro muchas otras y apenas les he cogido la maña a algunas durante estos últimos años).

A su edad, y por una cuestión de salud mental, es bueno ignorarlo todo sobre el «mundillo literario», y si escribo esto no lo hago con la intención de aleccionarlo. Creo que C descubrirá los espantos y alegrías del «mundillo» por cuenta propia.

C ha publicado este año tres cuentos en distintas antologías, y apenas terminé de leer su mensaje me puse a examinar sus textos y encontré ese rasgo tan autobiográfico y tan propio de los autores que se inician en el oficio de juntar letras.

Debo reconocer, no sin pudor, que yo jamás he ido tras un consejo literario (es decir, tras esas palabras de aliento que le da el escritor distinguido al aprendiz). Para mí ha sido más importante entablar amistad con lectores que son realmente voraces (tal vez yo valoro más al lector puro que al lector que escribe, pero ese es un tema aparte). No obstante, me tomaré el atrevimiento y le diré a C, sin mayores aspavientos, que persista en este oficio. Que tendrá todo en su contra (porque así tiene que ser) y que, por tenerlo todo en contra, el fruto de su esfuerzo será doblemente gozoso. Quizá C llegue a preguntarse si tiene talento, y aquí me gustaría detenerme un instante.

Cada vez me convenzo más de que el talento no existe. O podría no existir si uno no se impone una necesaria disciplina. Y yo te exhorto, C, a que perseveres. No hay que rendirse nunca en este oficio que, más que una demostración de don innato, es una carrera de resistencia. Llegan lejos quienes pueden soportar rechazos, indiferencia y soledad (porque la soledad que conocerás cuando escribas, cuando de verdad te sumerjas en la escritura, será inmensa y angustiante pero también placentera).

Imagina que esto es como el sujeto que está obsesionado con su cuerpo y, por tanto, va al gimnasio todos los días para conseguir los músculos perfectos. En lo que a ti respecta, tu tarea es escribir siempre, leer siempre, ejercitar ese músculo de la prosa que, apenas te descuides, se dormirá pronto y adoptará una consistencia gelatinosa.

Yo te deseo suerte y una cabeza fresca, y ya que ambos creemos en la palabra, espero que estas líneas sirvan de algo y te marquen aunque sea un poco. Recuerda estos versos de Roberto Bolaño: «Escribiendo hasta que cae la noche / con un estruendo de los mil demonios».

jueves, 17 de octubre de 2019

Velásquez

Tenemos en cartelera La revolución y la tierra, un contundente documental que aborda, de manera didáctica y aguda, a ese polémico periodo de nuestra historia reciente que encabezó Juan Velasco Alvarado en el umbral del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas.

El mayor acierto de su director, Gonzalo Benavente Secco, es brindar un relato coral donde se funden análisis y testimonios para que el espectador contemple todas las aristas de la Reforma Agraria que se ejecutó en 1969 (resaltan aquí los aportes de Antonio Zapata, Hugo Blanco, Héctor Béjar, Zoila Sandoval y Carlos León Moya, entre otros).

Podemos apreciar en el primer tramo del largometraje una necesaria introducción sobre el problema de la tierra, preámbulo que nos sirve para disfrutar a continuación del minucioso estudio de la figura transgresora que encarnó Velasco. En su posterior desarrollo, la película busca comprender qué motivó a las Fuerzas Armadas a establecer reformas sociales y económicas y, sobre todo, muestra cuáles fueron sus consecuencias (visibles a día de hoy).

Lo que distingue a este de otros documentales de similar eje temático es la construcción de un subtema o un relato alterno. De esta forma, en La revolución y la tierra, y gracias a la participación de Ricardo Bedoya, se va trazando una particular historia del cine peruano. En los extractos de las cintas que se nos muestran se ven reflejados los conflictos sociales que anteceden al golpe del 68 (y también son espejos del entramado social posterior, cuando el gobierno de facto ya se ha establecido). 

En esta amalgama de interpretaciones, anécdotas e imágenes de archivo hay una invitación al diálogo y, cómo no, a repensar la historia. Y aquí, en lo personal, esto me resulta fascinante porque hace que el espectador cuestione quién (y cómo) cuenta la historia oficial tras un suceso. (Refiriéndose a los asuntos bélicos, por ejemplo, Martín Kohan diría que la historia oficial no la cuentan los vencedores porque estos están más ocupados en gobernar que en narrar cómo ganaron la batalla).

En lo que concierne a Velasco, recuerdo una entrevista que aparece en Cambio de palabras. En esta, Alfredo Bryce Echenique le confiesa a César Hildebrandt que posee una «incapacidad fisiológica para la política». Lo dice en 1972, durante el gobierno militar. Para dejar claro esto le cuenta que, por ejemplo, en una entrevista para un medio español, un periodista lo reprendió por un constante descuido suyo: «Pare usted de decirle Velásquez, se llama Velasco». Líneas atrás, Bryce también admite que siente una gran simpatía por el mentado general y que le gustaría emborracharse con él.

Velasco, en efecto, podía despertar simpatías. Por eso resulta atinada la leyenda que acompaña al afiche del documental: «Velasco es un héroe. Velasco es un villano. ¿De qué lado estás?».

La toma de posición respecto al gobierno militar no admite términos medios. A Velasco se le ama o se le odia. Este documental, no obstante, es una droga fílmica que uno tiene la obligación de administrarse. En su absoluta brillantez solo cabe la admiración.

jueves, 10 de octubre de 2019

Ley del Libro

Imagen: Andina.

Lo que no se debe pasar por alto nunca es la desinformación. El 11 de septiembre se publicó una nota en un diario importante y en la que se aseguraba que un libro de Mario Vargas Llosa, La llamada de la tribu, costaba 42 dólares aquí en Lima, Perú, planeta Tierra, y, para entreverar un poco más el asunto, se decía en la misma nota que en Argentina el precio del mismo título era más barato, exactamente 26 dólares, y, claro, esto, a ojos de quienes leen con atención las cosas que atañen a los libros, no pasó por alto, a tal punto que algunos se lo hicieron saber al hombre informado que redactó eso que de información tendenciosa tenía mucho, y el implicado dijo, primero, terqueando, que no podía ser, en ningún caso, un error suyo, porque lo que había citado era un informe del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), que es como decir que este ministerio nunca se equivoca y yo solo he citado a la fuente, y esto, en periodismo, es imperdonable, lo de no tomarse el trabajo de verificar la fuente (y citarla bien, ojo) es propio de los aficionados o quizá de los individuos de mala fe, pero el hecho no queda allí, que sería anecdótico y trivial y hasta motivo de burlas, el hecho va más allá porque yo arrojo un dato falso o erróneo y ya no puedo revertir el daño, ya desinformé, y que se jodan los que ahora piensan que un libro de Vargas Llosa puede costar 42 dólares (asunto no menos grave es haber hecho la comparación con la economía Argentina y su desbocado caballo inflacionario), y la cosa peor, no obstante, es que alguien puede creer de verdad que un título como el ya mencionado cuesta tanto, y además, con dolo o sin, ponerlo por escrito (y yo aquí invito al hombre informado a comprar más libros, ya ni siquiera leerlos, porque, como dice Alberto Olmos, «la cultura es comprar cultura»), y en este jaleo el implicado tuvo que ceder ante la pequeña presión que se le hizo por redes y admitir su error (el error fue no mencionar que esos precios del informe del MEF estaban expresados en Purchasing Power Parity), pero el desliz, que quizá ya muchos olvidaron (cuando a mí me encanta hundir el dedo o la mano entera en la llaga), cumplirá un mes en breve, irónicamente el 11 de octubre, día en que vence la Ley del Libro y desaparecen también sus respectivos beneficios tributarios, y Petrozzi, tenor y ministro de Cultura, no ha cantado claro hasta el momento, tan solo ha dicho que «el libro en el Perú no puede quedarse sin exoneraciones», y yo, como cualquier ciudadano interesado en estos asuntos, no me conformo con palabras sino que necesito ver acciones, y hoy, mientras escribo estas líneas, no las he visto, y quizá esta columna quedé desfasada y hoy o mañana estemos celebrando la victoria del libro, o tal vez no.

jueves, 3 de octubre de 2019

Hay chocolate


Cóctel en la Residencia Británica. Allí se han de anunciar a los invitados al Hay Festival Arequipa de este año. Días atrás me habían soplado que era yo uno de los invitados, pero junto a la confidencia vino también la exhortación: que no lo diga, no hasta que se anuncie en el evento. Y el cóctel es un lugar donde se reúnen escritores, editores, periodistas e influencers. Personas que tienen algo que ver con los libros. A su modo, se dedican a una pasión anacrónica y eso me despierta una fe enorme, tan enorme que quiero embriagarme con el entusiasmo que emanan, y en la opulenta casa, donde abunda el entusiasmo, hay también vino de sobra y whisky del bueno para ponerse ebrio de verdad, y allí está C, mi buen amigo, que es tan alto como sincero: es decir, demasiado (su altura me enfada porque tengo que erguir la cabeza; su sinceridad, no). A C no le pega el trago y puede beber un vaso tras otro y seguir como si nada. Es un superpoder. En cambio, yo debo estar toda la noche con la misma copa de vino o, de lo contrario, puedo caer en la tentación de imitar a Camilo Sesto. Y allí, de pie, ya no con C, sino acompañado de B —quien hace muy bien su labor de difundir la obra de autores de editoriales independientes, pero, irónicamente, le teme a las cámaras—, escuchamos los nombres de los invitados. Se mencionan a Pamuk y Kureishi, entre otras constelaciones. Y, claro, me siento ínfimo. Pero siento también que tengo una infinita y deliciosa responsabilidad. (Hubo un señor —quisiera saber su nombre— que me apretó la palma con ambas y bonachonas manos y me lanzó un elogio que solo pude responder con una sonrisa tonta). Y así llega la hora en que debo abandonar ese lujo de personas que combina tan bien con la suntuosidad del recinto (para llegar a las puertas de la enorme residencia hay que tomar un coche particular), y entonces nos retiramos junto con P y unos amigos arequipeños (N, A y la novia de A). N me habla de mi novela. Dice que la terminó durante una clase de la universidad. Me confiesa que lloró durante el tramo final (quise decirle que yo también lloré al escribir esa parte, pero me guardé el secreto). A, en cambio, me pregunta cuánto del personaje principal hay en mí (quise decirle que, tal como al personaje, a mí se me va la pinza con los ansiolíticos, pero me guardé el secreto). Estas conversaciones suceden mientras buscamos un chocolate que es un manjar y que se le ha perdido a N (los ingleses son muy buenos inventando golosinas adictivas: fabricaron la primera tableta en 1847). Luego, ya fuera, nos separamos y me voy en taxi y siento que he salido de allí con muchas ganas de escribir. Imagino que puedo escribir esto. Entonces saco mi libreta de apuntes y empiezo: Cóctel en la Residencia Británica.

jueves, 19 de septiembre de 2019

¿Aún crees en Dios?

No es habitual que en nuestra cartelera se exhiban películas buenas o muy buenas y, además, europeas. Hace poco se estrenó una cinta franco-belga que resulta genial y cruda al mismo tiempo y que yo juzgo imperdible (ganó el Gran Premio del Jurado en la Berlinale de este año). Es de François Ozon (guion y dirección) y se titula Grâce à Dieu (que aquí en Latinoamérica han tenido a bien traducir literalmente Gracias a Dios). En fin, que es una peli con muchos diálogos y extensa documentación y gran fotografía y que va del Caso Barbarin, el cardenal que jamás denunció a Bernard Preynat, un cura que, entre las décadas de 1970 y 1990, abusó sexualmente de más de 70 niños que tenía a su cargo. Una peli, ya digo, durísima porque desde los primeros minutos la voz en off de Alexandre Guérin nos dice: «Seré directo: durante casi dos años, en los scouts, entre mis 9 y 12 años, sufrí repetidos tocamientos por parte del padre Bernard Preynat». Ozon es inteligente y atinado para abordar un tema tan espinoso. La historia, como estructura, es un tríptico en el que el espectador se va introduciendo en la vida adulta de tres hombres que sufrieron los abusos de Preynat. Así, junto a Alexandre, se nos muestran a François Debord y Emmanuel Thomassin (interpretado de manera formidable por Swann Arlaud). A partir de su relato somos testigos no solo de las marcas presentes que el cura pedófilo dejó en ellos, sino también de la manera particular que cada uno tuvo para abrir esa pieza oscura que es el pasado. Y he dicho inteligencia, refiriéndome a Ozon, porque la película jamás grafica lo ocurrido, pero hace que los personajes lo digan con gran detalle. El director apenas sugiere esa infancia atormentada revelando algunos flashbacks. Esto basta para perturbar al espectador (sin tomar en cuenta que todo lo que se cuenta aquí es real, y el hecho de saberlo, por lo menos a mí, me generó tristeza y escalofríos). Ozon nos hace visitar el dolor de las víctimas junto con ellas. Y mientras la película va ahondando en la construcción de los testimonios y la manera en que las jerarquías eclesiásticas hacían como que nada pasaba, el espectador ya tiene el estómago revuelto. Otro gran acierto del filme es mostrar las consecuencias íntimas de las denuncias contra Preynat. Los personajes cuestionan no solo el sistema católico, sino a su propio entorno familiar y, finalmente, a su fe misma. No en vano, al final de la cinta, uno de los hijos de Alexandre le hace a su padre una pregunta decisiva y que nos hace reflexionar sobre qué es lo que queda luego de una vida que ha sido reconstruida pese al sufrimiento.

jueves, 12 de septiembre de 2019

Escritor se salva de ser quemado muerto


Hoy me estreno (otra vez) como columnista (y en versión entintada, qué gusto). Y ya me encantaría hablarles de cosas tan fundamentales y que me apasionan tanto, como el fútbol y la moda, pero tengo que defraudarlos porque lo que nos concierne aquí (nuestro tema) son artefactos démodés y que quizá ya solo interesan a un puñado de gentes de bien. O sea, vengo a hablarles de libros. (También de películas y series y lo que se tercie. En resumen, la cultura. Ese vicio solitario, como dijo Gide). Y yo, que me disponía a llenar el folio, tenía que ponerme en forma y, para tal efecto, busqué cualquier columna de Francisco Umbral, cuya lectura es una manera eficaz de entrar en calor para escribir columnas. Y, como decía, me disponía y entonces busqué en internet la web de su fundación (Fundación Francisco Umbral, a secas; allí está el archivo de sus colaboraciones en prensa) y la página andaba caída y me dije qué raro. Y así, por cosas del azar, me topé con una noticia del año pasado. El asunto es más o menos este: en 2017, Umbral cumplía diez años desde que abandonó la existencia, y Planeta, la editorial que posee sus derechos de autor, tuvo la precavida o insana decisión de no publicar ningún libro suyo ese año porque no vende. Ya antes, a través del sello Austral, habían reeditado un puñado de sus libros y yo tenía la esperanza de que pudieran reeditar su obra completa (alrededor de 130 libros, sin contar con lo que pudo haber guardado en el cajón y que, en el caso de otros autores, son verdaderos tesoros: la lista del mercado, recetas de cocina, garabatos; lo que hacen con Bolaño, es decir). Pero no. La editorial de marras tuvo una mejor o peor idea: quemar sus libros. (En España no se andan con medias tintas. Aquí lo que no vende se remata en Crisol). Y allí acudió la Fundación para rescatar los libros que, según leí, ya solo se obsequian en algunos eventos. Este acto neroniano de incendiar un trozo del mundo se me antoja terrible. Que Umbral no venda me parece espantoso (Juan Bonilla me dijo, a manera de vaticinio, que Umbral iba a revalorizarse, pero esa predicción la hizo hace muchos años, cuando sus libros parecían generar interés). Umbral, el escritor prolífico que publicaba hasta cuatro libros por año y escribía una columna diaria, ahora es casi un don nadie (Víctor Hurtado Oviedo lo definió como un «Sansón literario atado a columnas de periódicos»). Hoy en España solamente lo publica Renacimiento. Volvió a morirse don Paco hace unas semanas y nadie se enteró. En fin. Una desgracia.

viernes, 30 de agosto de 2019

Once Upon a Time in... Hollywood


Lo último de Tarantino me ha gustado pero mucho después de salir del cine. Me ha parecido una buena peli allí, mientras la veía, pero grandiosa (o casi) se convirtió mucho más tarde cuando pensé en ella y me topé con gente que no comulgaba con mis opiniones. Y por allí un tweet de Mariana Enríquez, por allá un comentario de un amigo en WhatsApp; esto ha sido crucial para apreciar mucho mejor la cinta de Tarantino. La tomadura de pelo que nos hizo a quienes fuimos con las expectativas de siempre, es decir, diálogos extensos y sangre. Pies femeninos había, claro, eso era ineludible. Pero había allí también, en Once Upon a Time in... Hollywood, algo que solo pude ver más tarde, a manera de evocación: la humanidad de los segundones (películas de serie B, actores frustrados, dobles para las acciones de riesgo; los márgenes del cine, en suma). Su silencioso brillo, como dijo el poeta. Y en ese más tarde, donde toda obra de arte hiere de muerte a su espectador, encontré la maravilla. El fuego de un lanzallamas sobre mi pecho.    

jueves, 11 de julio de 2019

Elogio de la ruina

Elogio de la ruina (La Travesía Editora, 2018), de Jimmy Marroquín Lazo, inicia con dos preámbulos. En uno, el autor justifica errores y aciertos, y en el otro, de ya-no-recuerdo-quién, se invita a la lectura: «El que lea este libro corre un gran peligro. Cuidado, está a punto de no volver jamás». Esto ya es empezar mal.

El volumen reúne tres poemarios y una plaqueta y tiene 189 páginas y solo dos bellas imágenes. Siempre hay un mérito —mío, claro— en hallar dos granos de arroz entre tanto gorgojo. El resto son páginas en blanco. (Los editores mandan a imprenta páginas en blanco aunque ellos crean que hay algo escrito en ellas. Asimismo, muchos poetas escriben con una especie de tinta invisible).

La poesía de Marroquín es solemne, ceremoniosa, correctita. Vamos, una poesía de misa, y uno a la misa va a dormirse. Pasa lo mismo aquí. El tedio inunda al lector. Da lo mismo leer «He tocado mi rostro y no he sentido la avidez de la piel / Ni la implacable llamarada del tiempo» que «Se han descrito raros casos de ictericia y hepatitis al administrar ketoprofeno, en particular durante tratamientos prolongados» (bello lirismo en el prospecto de un analgésico).

En el primer libro encontramos: «una estrella blanca sin brillo se deposita / imperceptiblemente entre mis manos y la luz». El segundo libro abusa de aquel recurso tan pueril que es dedicar un poema, a riesgo de caer en el chiste privado o el ridículo extremo (o ambos a la vez). En el primer caso, uno lee «Para Juan», por ejemplo, y no sabe quién rayos es Juan y por qué ese poema va dedicado a Juan y cuáles son los vínculos que unen a Juan con el poema. El segundo caso solo se cumple si lo que se dedica tiene por destinatario a alguien célebre e inalcanzable. Es como poner «Para César Vallejo», que es vate muerto e inmortal y aun estando vivo no se daría por enterado nunca. En fin, que los poemas de esta segunda parte están todos dedicados a Juanes y con las bromas privadas uno no sabe cómo reaccionar. Luego viene la segunda y última bella imagen: «un luminoso muñón traza una línea púrpura sin previsible fin, / luego escribe “¿es justificado seguir aquí?” y cae sangrante a mis pies”». Eso es todo. Del tercer libro y la plaqueta no hay signos vitales.

La edición sí merece un elogio. Pero quizá no sirva de mucho enjoyar un libro que posee demasiado paratexto y versos de tufillo burocrático. Y si hay cosas que en un principio no debieron publicarse, ya ni deberían ser reeditadas. Aquí la poesía ha tocado fondo.

lunes, 24 de junio de 2019

Urgente: necesito un retazo de felicidad

Reedición. Se publicó en 2007 y no sé qué tanta acogida habrá tenido en su momento porque por aquellos años yo andaba en la facultad leyendo cosas poco literarias o nada literarias. En fin, que ahora tenemos reedición casi una década después. Lo he leído con atención y placer. Es el primer libro de Orlando Mazeyra Guillén, a quien tuve la oportunidad de conocer el año pasado en Arequipa. Mazeyra es un tipo muy alto y a todas luces melgariano (llevaba una camiseta del Melgar). Los cuentos de Mazeyra —estos cuentos, quiero decir, porque tiene publicados muchos otros— reúnen las características que se le pide a la narrativa de nuestro tiempo: son cortos y de nudo veloz (con recursos en apariencia tan simples se compite con Netflix). Memorables son «Ella se sabe gorda», «Escribes» y «Tendré que confiar en ella». Mazeyra está hecho para el cuento porque conoce sus límites y sabe jugar en el espacio restringido del relato. El mérito crece si hacemos sumas y restas y notamos que este libro se publicó cuando el autor tenía quizá 26 o 27 años. Yo digo que está bien, o muy bien si lo comparamos con lo que se produce ahora en Lima.

Mazeyra Guillén, Orlando. Urgente: necesito un retazo de felicidad. Arequipa: Aletheya, 2018.

domingo, 9 de junio de 2019

Chernobyl

Bastan apenas diez minutos frente a Chernobyl, la miniserie de HBO, para sentirse sucio, contaminado o radioactivo. No es muy frecuente que una obra audiovisual transmita con tanta rapidez la sensación de estar en un entorno enrarecido y sórdido. De hecho, mientras veía el primer capítulo, fue inevitable imaginarme envuelto en esa aura tóxica que impregna a toda la historia, hasta el punto de sentir cierta asfixia. No miento si digo que me planteé seriamente dejar de fumar.

Está muy presente en la ambientación sonora de la miniserie. Los detectores de radiación a punto de explotar, la lluvia intermitente. Todo apunta a subrayar una atmósfera obscena y que en algún momento bordea la locura.

El tema principal de Chernobyl, no obstante, no es el suceso que todos ya conocemos, sino la mentira y su constante defensa por parte de los miembros de la ex Unión Soviética. En plena era de fake news, esta miniserie ha conseguido describirnos tomando un asunto histórico. ¿No es acaso nuestra sociedad el reino de los espejismos y de los múltiples relatos verosímiles y que nos impiden ver la Verdad (con mayúsculas)?

No hay un retrato más poderoso y sincero de esta sociedad nuestra que el construido por Craig Mazin, guionista con un dudoso pasado de películas de entretenimiento masivo y al que, sin embargo, a partir de ahora habrá que perdonarle todo. Y resulta paradójico y terrible que lo ocurrido el año en que nací, 1986, mantenga una renovada y feroz vigencia. A saber: un mundo que no se aferra más a ninguna verdad y que se muestra cómodo y conforme con el relato de la historia oficial.

Tengo, sin embargo, algunos reparos. Nada es Breaking Bad (es decir, perfecto). A esta miniserie le resta mucho que todos los personajes se comuniquen en un perfecto inglés con acento británico y no en ruso, como debiera ser. Si bien cada uno de los detalles fueron bastante cuidados para otorgarle una estética propia de la época y propia también de una sociedad soviética, habría sido ideal (por una cuestión de fidelidad) mantener el idioma original.

Y el final fue, en parte, el que merecía un gran drama como este. Y digo «en parte» porque las explicaciones posteriores, luego de que se apagara la voz en off del profesor Legásov, son de una sensiblería repelente y que desdibuja la potencia del guion de ese formidable y último quinto capítulo.

Chernobyl ha puesto nuevamente sobre la mesa un asunto sumamente grave y que pudo convertirse en una catástrofe mundial, y esto, más allá del brillante tratamiento cinematográfico, es un mérito en sí. Esto basta para afirmar que verla es algo obligatorio.

jueves, 30 de mayo de 2019

Vivir Abajo

Gustavo Faverón ha escrito la mejor novela peruana del siglo XXI. Dicho esto, podríamos dejar de leer aquí esta columna e ir en busca de Vivir abajo (Peisa, 2018) para ver si tengo razón o no (siempre la tengo).

Esto de andar diciendo cosas como «X es el mejor escritor de nuestro tiempo» o «Z es el mejor cuento de los años 1600, cuando el tirano mandó», es decir, estas afirmaciones salvajes que Fresán suelta cada vez que quiere (y siempre quiere), estas sentencias, decía, son peligrosas porque si el libro es un fiasco y no eres Diamela Eltit, quien también vomita generosos blurbs, puede costarte la reputación.

Vivir abajo es una novela escrita en estado de gracia. Solo se construyen obras magistrales como esta bajo encantamiento. Esto es algo que la crítica literaria jamás podrá explicar. Para escribir así hay que tener lo que decía el narrador de Rimbaud el hijo, de Pierre Michon, que se tiene cuando uno ejecuta su obra maestra: el hada. Y el hada aparece o no, se tiene o no. Uno escribe y al hada se le antoja estar contigo durante el parto de un texto de más de 600 páginas. Parece que a Faverón la gracia le ha sido concedida por tan largo lapso (es normal hallar un relato con altibajos, pero este no decae nunca).

La novela va de gente que busca extraer la piedra de la locura abriendo un orificio en el cráneo, de cárceles subterráneas, de manicomios, de torturadores y torturados, de un escritor chileno muy prolífico y muy inédito, de una pareja que vive cerca de un cementerio, de un enigmático poeta boliviano. El autor se ha dado maña para crear un texto monstruoso que cuenta el horror de las dictaduras en Latinoamérica y el horror del nazismo en Europa o el horror de las guerras en la humanidad. En suma, Faverón ha escrito la Historia.

La estructura es inteligente y pone ante el lector un fino trabajo de engranajes microscópicos que, posteriormente, van encajando con notable perfección. La narración —la puesta en escena del lenguaje y las múltiples tramas que desencadena— es el punto más alto del libro. El texto va mutando: es surrealista, irónico, lúdico, delirante, hiperbólico, ingenioso, erudito. Faverón exhibe, además, una gran capacidad inventiva para fabular una historia tras otra. Mención aparte merece la acertada y necesaria pizca de autoficción presente en el relato.

Leí Vivir abajo, en un inicio, con toda la mala leche del mundo, buscando la prosa anémica, el lugar común, la metáfora sin brillo, y no encontré nada de esto. Todo lo contrario. Me fui rindiendo de a pocos y me dejé asaltar por la sensación de estar frente a un libro destinado a la trascendencia. Y, como es natural, he sentido envidia. Ya quisiera uno escribir así. 

martes, 21 de mayo de 2019

Lo que está y no se usa nos fulminará

Yo, que no había leído nada de Patricio Pron (y a falta de mayores opciones y mejor consejería literaria), he devorado Lo que está y no se usa nos fulminará (Penguin Random House, 2018). He comenzado con este conjunto de cuentos de Pron porque lo urgente era leer algo del ganador del Premio Alfaguara (la novela con la que ganó este certamen, dicho sea de paso y entre paréntesis, acaba de llegar a las librerías de Lima luego de mucha espera).

Decía que he leído este libro de Pron porque había que estrenarse con algo de Pron, y ahora que ando más calmado debo admitir que no me ha gustado tanto como esperaba. Quizá el problema era que esperaba un diamante o algo parecido. Se publicó el año pasado y apenas tuvo reseñas tibias o frías o indolentes y no salió en los recuentos de los mejores libros de ningún lado y eso ya era como para sospechar que no se trataba de ninguna joya. Rebe (amiga española y proniana) me ha dicho que debí haber leído otro de Pron para engancharme con Pron. Cualquier otro menos este. 

Le he pillado el estilo a Pron, no obstante, y tampoco puedo decir que me gusta ni mucho menos que me desagrade; solo digo que se lo he pillado y ya, como quien se da cuenta de que Manet usa los tonos verdes de una manera tan suya, es decir, excelsa. 

Y aquí vuelvo a los cuentos o me pierdo. 

El título que da nombre a este conjunto proviene de una canción de Luis Alberto Spinetta, y no hace falta ser muy listo para anticipar allí un primer lazo con lo argentino. Las formas tradicionales se rompen y, pese a eso, hay un gran respeto por la tradición argentina del cuento. Existe un manifiesto homenaje a Borges, Cortázar y Piglia (idea al vuelo: en el mercado editorial, un escritor argentino la tiene más difícil que cualquier otro escritor por la inmejorable tradición que lo precede o lo sobrepasa, según sea el caso, y que de ninguna manera puede evadir). Quizá el relato más destacable es «La repetición», y resulta un tanto paradójico que sea el mejor y que, al mismo tiempo, se aísle del resto justamente por ser el menos lúdico y el de estructura y lenguaje más convencionales. 

Pron juega con la tradición, que es la mejor manera de respetar la tradición. Imprime en el texto sus lecturas, que son varias y no se circunscriben a lo argentino (de hecho, lo dice el propio autor en la nota final: «algunos escritores escribimos “con” nuestra biblioteca») y he pensado que hay que ser Patricio Pron para escribir y publicar un libro así. Vale aclarar: un autor con trayectoria.

viernes, 19 de abril de 2019

Abuelo

Mauro Francisco Herrera Arroyo (el de bigote) al lado de Haya.

Me lo dice mi editor casi al mediodía, que es cuando me levanto porque estoy escribiendo cosas y me arrimo al silencio de la madrugada para oírme decir lo que luego voy transcribiendo en el Word. Me dice por Facebook que Caballo Loco se ha matado. De hecho, a la hora que me lo dice, ya lleva casi dos horas de muerto, y entonces me conecto a las redes sociales para enterarme lo que manifiesta la opinión pública, para saber cómo están llevando el luto algunos y cómo le ha aguado la fiesta a los que querían verlo preso (yo entre estos): queríamos, entonces. No se pudo porque Alan García prefirió la muerte antes que verse esposado o que lo veamos esposado. A las 6:37 a. m. ese ego de elefante, que muchos confunden con dignidad, lo lleva a pedir permiso a los fiscales, ubicados ya en su casa y prestos a darle una detención preliminar o preventiva o lo que fuese, pero detención al fin y al cabo (que para eso ha vivido mi tío Lucho, para ver preso al delincuente), y entonces, ya digo, el ego tanático lo lleva a pedir permiso para llamar a su abogado y se encierra en su pieza, busca en el velador de su cama y encuentra su Colt 38 y se descerraja la cabeza con un tiro en la sien derecha. El resto es historia y él quería pertenecer a ella y, a su modo, lo ha logrado. Un suicidio no es precisamente la manera más discreta de irse de este mundo. Uno entra a la historia porque antes hizo cosas que afectaron a la historia y se gana un capítulo en ella —triste en este caso; macabro— cargándose a alguien, a un famoso, o matándose en fama. Una salida cobarde pero, al mismo tiempo, coherente para el hombre que fue todo exhibición y grandilocuencia. Lo mismo ha dicho mi madre, ya menos indolente a las muertes violentas (es enfermera y, dado su oficio, lo ha visto todo). Recordó a Mauro, su padre; era aprista. Aprista antiguo, como suele decirse de alguien que valió la pena cuando el partido era algo parecido a la esperanza. Murió en un pequeño cuarto, de enfermedad repentina y en Navidad, y mi madre me llevó a Huancayo para las exequias y allí los miembros del partido, los nuevos —es decir, nefastos en su mayoría o totalidad— le rindieron homenajes y pude ver a una oradora que acaparaba la atención, que usó el funeral de mi abuelo para aumentar su capital simbólico y político: una aún desconocida Nidia Vílchez. Vuelvo a la muerte de García, al suicidio. No he dejado de percibir que nos afecta a todos y de muchas formas, en todo el significado de la palabra afectar. Nos llena de desconcierto, desarma un poco a los más entusiastas y enorgullece a los fanáticos. Pocas muertes han dejado a un país en medio de un debate de estados de ánimo. La muerte tampoco exime del pecado. Alan García murió ladrón y asesino.

lunes, 1 de abril de 2019

Algunos delirantes apuntes sobre ciencia ficción


1

Resulta desconcertante entrar a una librería y ver todo tan ordenado, como en un regimiento. Libros en guerra, diría. Compiten por atraer a un comprador. Aquí los de novela histórica, más allá los de ensayo y crónica, ciencia ficción en el segundo piso, al lado de los de poesía. Desconcierto, aclaro, porque las etiquetas dividen y son injustas y no me sirven en absoluto. Tal vez el orden alfabético de los anaqueles debería regir como sistema universal.

2

La literatura no se caracteriza por su pureza. Una novela puede camuflar muy bien el ensayo, y las novelas históricas (sobre todo las que se publican ahora) están empapadas de la vida de quien las escribe. Los géneros hacen prestaciones entre ellos y lo que leemos a veces resulta un verdadero híbrido. La novela posee mayor dispersión y libertad. El cuento está enfocado siempre en algo y trata de ceñirse a un camino (y, por tanto, a un género).

3

Según lo anterior, todo podría estar teñido de ciencia ficción. O casi. Mejor dicho: el escritor puede insertar con menuda facilidad la ciencia ficción en un texto literario. Siendo los límites tan difusos, incluso es natural que lo haga de manera inconsciente: la ciencia ficción se introduce en el relato sin que uno pueda percatarse de ello.

4

Es más difícil aún saber qué es —y qué no es— ciencia ficción (o cualquier otro género) cuando lo único que uno hace es escribir. Solo escribir. Me sucede con los cuentos. Luego me percato de que podrían ganar terreno en lo fantástico o bien anclarse al realismo. Pero no antes. Jamás. Escribo sin saber (e imponiendo la ignorancia a voluntad) qué género estoy pisando. Es lo que menos debería preocuparle a nadie.

5

John Banville dijo en una conversación que conoce la diferencia entre «novela literaria» y «novela negra», a tal punto que solo usa el seudónimo de Benjamin Black para firmar las obras adscritas a la segunda categoría. Esta afirmación, hecha en una universidad de Irlanda, no tiene nada de espectacular. Lo llamativo sucede minutos después, cuando añade que «es el mercado el que te pide que llegues a escribir en un género en el que no te habías visto antes». Y más adelante: «Pude comprarme una casa siendo Benjamin Black. Con John Banville solo podía aspirar a sobrevivir como periodista o profesor, con el respeto de ustedes». Sus contertulios eran catedráticos. 

6

Desconozco, por tanto, de nombres y movimientos que se dediquen a escribir o difundir la ciencia ficción aquí en el Perú (o, si los intuyo, prefiero también ignorarlos a voluntad). Sin embargo, sé que existen, y los felicito o los lamento, según sea el caso. 

7

¿Acaso nadie tiene una pequeña novela cyberpunk y burguesa guardada en el cajón?

8

Santiago Roncagliolo es el mejor ejemplo del escritor que conoce el género que pisa. Va muy a la moda. Siempre tiene un libro sobre fútbol cuando hay un Mundial celebrándose. También ha escrito ciencia ficción, y quién sabe si no tiene ya listo un libro autobiográfico. 

9

Acerca de la existencia de una burbuja sobre la novela negra que se publica en España, Paco Bescós escribió esto en Facebook: «La llamada burbuja de la novela negra no significa que los autores de novela negra ahora vendan más libros. Significa que los autores que venden más libros ahora escriben novela negra». Esto quiere decir que los escritores de best-sellers llegan a un género, vomitan un par de rentables libros, y cuando ven que el asunto ya no interesa van tras otro género redituable. 

10

De la ciencia ficción me interesa lo mismo que los manuales que acompañan a los electrodomésticos: que estén bien escritos. Y, si se puede, muy bien escritos. Si me pongo antojadizo: escritos con cierto lirismo camuflado. El género (o el tema) es solo una excusa para hacer literatura. Debería serlo, no tendría que importar. Lo primero es el lenguaje, y lo segundo también.

11

Si hablamos en concreto, me gusta la ficción postapocalíptica. La que más aprecio es minimalista y trata de mantener una tensión constante en el relato. Jugar con pocos elementos y enganchar al lector es un gran mérito. Pero el mayor logro es hacerle creer al lector que escribir es tarea fácil. 

12

Conocí a Kaspárov en 2010. Como buen ajedrecista amateur, sabía de su histórica derrota sufrida ante la Deep Blue, pero no se me ocurrió preguntarle nada al respecto en ese entonces. Lo entrevisté brevemente para el diario en que trabajaba (la entrevista nunca se publicó). Años después Kaspárov regresó a mí mediante la escritura. Obsesionado como estaba en el ajedrez por aquella época (obtuve una medalla de plata en la municipalidad de mi distrito), me volcaba una y otra vez sobre un cuento de un ajedrecista que se comía un peón negro para evitar la victoria de su contrincante. Incluso hice los esbozos de una novela que giraba alrededor del mencionado asunto. Pero el lenguaje me traicionaba. Pronto descubrí que había que dejar que las palabras hicieran su trabajo, que la forma se construyera a sí misma, y así surgió la estructura y la narración juguetona que traté de imprimir en Azul profundo. 
No lo mandé al Copé.

13

Soy supersticioso. Si me preguntan qué estoy escribiendo, normalmente digo que nada (casi siempre es verdad debido a que me hacen este interrogante en etapa de vacaciones o de infertilidad). Peor aún es que te pregunten qué te gustaría escribir (hombre, a mí me gustaría escribir El horizonte, pero ya la escribió Patrick Modiano). En relación con la ciencia ficción, quizá ahora mismo esté desarrollando un relato acerca de una computadora escritora de novelas cuya obra recibe muchos elogios porque, ya se sabe, las computadoras son incapaces de caer en el error y la máquina de mi relato acertaría con los giros inesperados que requieren ciertas tramas. Quizá estoy escribiendo eso y no me estoy dando cuenta. Sin embargo, en mi fuero interno, me he convencido de estar borroneando una novela policial.

14

Miento hasta en las entrevistas. Cuando digo que estoy escribiendo una novela, no estoy escribiendo una novela. Y cuando digo que su género es el policial, no lo es en absoluto. O quizá sí.

15

Volviendo a lo de las librerías, yo pondría a La Biblia en el estante de Ciencia Ficción. 

lunes, 25 de marzo de 2019

Rapto

He visto Rapto, la última película de Frank Pérez Garland, que, tomado así, al pie de la letra, debería ser la última porque es la mejor de este director si la comparamos con los grandes bodrios que ha filmado desde que inició su carrera (¿para qué arruinarse la filmografía si ya se ha tocado techo?). Es buena porque el guion es quizá lo mejor o lo único que puede rescatarse. Un guion enorme si lo comparamos con cualquier otro de nuestro desértico cine peruano. El guion, para quien sepa apreciarlo, es el esqueleto de la cinta, su andamiaje, y, sin este, se cae y va la peli sola y sin huesos arrastrándose como un gusano. He visto Rapto con K, a quien le encanta prever los giros argumentales, pero aquí le ha costado acertar. Al buen guionista uno jamás le adivina de qué se le van a morir los personajes. Vanessa Saba escribió el guion de Rapto. Hay cosas que chirrían, pequeñeces (el diablo está en los detalles). Pudo ser un portentoso guion y, en consecuencia, una gran película. Aun así, yo digo que vale la pena. 

viernes, 15 de marzo de 2019

César Hildebrandt vs Luis Pércovich


«Aquel domingo, por lo tanto, solté la bomba. Sonia Goldenberg, la más guapa y la más brillante reportera que haya tenido jamás en la tele, metió una cámara troyana en el Centro de Reclusión de la Policía de Investigaciones —la famosa PIP, la encargada de combatir el vicio siendo parte de él— y demostró que los reclusos se iban de pachanga de viernes para domingo y dejaban sus camas tendidas y abandonadas y a un vigilante que declaraba que todos estaban, mi capitán, que todos presentes, mi mayor, que las condenas se cumplían rigurosamente, señor ministro.

El señor ministro estaba viendo el programa junto a Mauricio Arbulú y los güisquis los habían envalentonado. Cuando terminó de propalarse la secuencia que jamás debió emitirse, un Mauricio requerido para demostrar su autoridad llamó a Control Maestro y ordenó:

—Esa mierda no va más. Córtenle el programa al enano ese.

—Pero está en el aire. Ha anunciado que volverá después de comerciales —dijo, aterrorizado, el jefe del Control Maestro.

—Me importa una mierda que esté en el aire o no, carajo. ¿Quiere usted salir también del Canal, carajo?

—No, don Mauricio. Sólo pregunto qué hacemos —susurró la voz aterrorizada.

—Pongan cualquier huevada, carajo… Pongan un capítulo de “Los Detectilocos”, eso es… “Los Detectilocos”, carajo…

Y allí estaba yo, sentado como un huevón olímpico, con el micrófono colgado, esperando que la tanda de comerciales se acabara.

—¿Esta tanda dura mucho, verdad? —le pregunté por el micrófono interno a Lucho Carrizales.

—Te han puesto dos seguidas —dijo Carrizales, sospechando algo».

En Hildebrandt en sus trece
(‘La cámara del terror’).

viernes, 1 de marzo de 2019

Óscar 2019: Green Book

Los Óscar se han convertido en una ceremonia de lo políticamente correcto. He visto Green Book (en realidad he visto todas, como suelo hacer cada año) y me he encontrado con una cinta que se esmera en educar al espectador sobre lo malo que fue el racismo en Estados Unidos durante los años 60. Tony Lip (Viggo Mortensen) es un descendiente de italianos que, en lugar de dedicarse a abrir un restaurante de pastas o delinquir (como lo haría cualquier italiano común en New York), trabaja de mozo en un bar muy cool. Luego se queda sin empleo y es chofer de un afroamericano (eufemismo que nos evita llamarlo «negro») de gustos bastantes refinados (es pianista y no escucha a Little Richard). Total, que uno tiene dinero  (el negro) y el otro no (el blanco), y así se establece una relación de poder (Foucault). Pero Tony hace las cosas a su manera. Es un gran personaje (a Viggo lo nominaron a mejor actor). El ruido moral de la película viene cuando vemos que Tony percibe el enorme racismo del país yanqui (ya saben: hay hoteles para blancos y hoteles para negros; asimismo, los baños, los bares, las tiendas). Se hace énfasis en el tema racial una y otra vez, como si no le quedara claro ni a Tony ni al espectador. Esto, irremediablemente, influye en las actitudes del prota, que casi en el último tramo del filme es ya alguien deconstruido (qué palabrita, caray). La peli de marras ha ganado a mejor guion original. No he encontrado nada rescatable este año y por eso me abstuve de hacer mis acostumbrados pronósticos. Ay, el Óscar.

viernes, 22 de febrero de 2019

César Hildebrandt sobre Alan García


«Fuimos tan amigos con García que una vez este impulsivo donjuán me obligó a seguir a un Mercedes conducido por un sueño de mujer. Habíamos almorzado en “La Tranquera” y lo estaba llevando de regreso a casa porque él estaba sin auto. La señora, sin saberse acosada, llegó al óvalo Gutiérrez y entro a una librería que ya no existe y se llamaba ABC. García me pidió que lo esperara y yo le dije que si se pasaba de los cinco minutos me iría. La verdad es que estaba enfadado conmigo mismo. Me parecía una vulgaridad lo que ocurría y me sentí un chofer rampante y un idiota masterizado.

Por el parabrisas del auto vi que García la abordaba, le sonreía, le metía letra (para empezar) y se mostraba como el más zalamero de los zorros.

Cuando ya iban a cumplirse los cinco minutos, toqué la bocina y encendí el auto. García se despidió y regresó a grandes trancos.

Cuando se subió al auto me enseñó un papelito.

—Ya tengo su teléfono —dijo triunfante.

Yo, que de moralista no podía tener nada, me sonreí. Aquella dama de origen árabe y ojos inmensos, años después, sería el blanco de las escapadas presidenciales más famosas de la historia: en moto, al estilo del rey Juan Carlos de Borbón, y con chaquetón y casco negros. Pero en esa época García sólo era diputado y no tenía que eludir a ninguna escolta.

Pensé en ese momento que su matrimonio debía de estar en problemas. Pero no. Poco tiempo después lo vi junto a Pilar y ambos resplandecían de contentos. García no fingía. Amaba a Pilar pero podía tener lealtades simultáneas sin culpa y sin terror. Era un cazador serial».

En Hildebrandt en sus trece
‘La cámara del terror’ (16).

martes, 5 de febrero de 2019

Taca-taca

En 2017, este conjunto de relatos ganó el Premio Nacional de Literatura en la categoría Infantil y Juvenil. Está muy mal esto de leer libros solo porque ganan premios. Peor aun lo de reseñarlos. De todas formas, aquí tenemos que decir algunas cosas (porque la crítica no ha dicho nada).

Taca-taca reúne cuentos que ya habían ido apareciendo desde el 2015. En un acto cargado de valentía, autor y editor deciden enviar los pocos ejemplares que tenían a la mano (cinco) para participar en el concurso ya mencionado. La justicia poética quiso que el libro resultara vencedor.

En esta edición corregida y remasterizada apreciamos historias de adolescentes. Dicho así, de manera escueta, suena poco atractivo. El libro, no obstante, posee la virtud de narrar episodios tiernos, tristes, hilarantes y crueles con un lenguaje fresco, vivo, ondulante.

Chuquicaña sabe enganchar al lector desde las primeras líneas y tiene además buen oído para reproducir el habla callejera y traer al presente los empolvados recuerdos de la infancia. Lo hace con naturalidad, sin impostura. Ha escrito muchos pasajes en nivel Dios. 

No sé con qué se transmiten las experiencias un tanto tristes o miserables de los personajes, pero el autor ha construido un pequeño universo con no poca maestría. Tiene alma. Leído con atención, uno logra notar el esfuerzo en cada línea. El oficio, el brillo, algunos extraños pero hermosos símiles: «... recuerdo que vistos a plena luz del sol sus ojos cogían un dorado exquisito, como de cerveza Cristal. Una invitación irresistible. Un ya no ya».

He estado pensando en la falsedad de estos cuentos, porque muchos de ellos no los son si nos regimos por la idea de que en el cuento algo se está desplazando. Algunos parecieran ser pequeñas anécdotas o escenas sin mayor movimiento (y en el cuento algo siempre tiene que moverse), y quizá sea este el punto más débil del libro. Pero los salva el lenguaje cuidado, depurado, lleno de esmero. El dosificado humor negro también.

El autor tiene menos de 30 años, vive en provincia y publica en una editorial independiente. Si nos guiamos por estas premisas, se podría afirmar que tenía todo a favor para darse de narices contra el fracaso, pero Chuquicaña ha descolgado un premio importante, y es pecado mío prestarle atención solo por la inesperada luz que se ha posado en él.

Chuquicaña Saldaña, Yero. Taca-taca. Falsos cuentos. Arequipa: Aletheya, 2018.

miércoles, 30 de enero de 2019

Talleres


Enero, verano, calor, vacaciones. Vacaciones útiles. Talleres. De un tiempo a esta parte he notado —quién sabe por qué— la gran oferta de talleres literarios que pululan en nuestro medio. Los hay de todos los precios e intensidades, y los dictan gentes de todo tipo. Escritores que salen de la sombra de diciembre para anunciar: he aquí que ha llegado enero y les ofrezco la sabiduría a cambio de unos denarios. Incluso los dictan quienes nunca han publicado un libro, pero eso no importa a la hora de compartir saberes. Porque el que dicta un taller es el sabio y si alguien se inscribe a uno asume su posición de Lazarillo y aprendiz. En las primeras cárceles de Padua, a los prisioneros se les obligaba a llevar un taller y de allí, quizá, viene esa tradición de confeccionar cosas que luego se suelen vender cuando el antiguo reo se ha reinsertado en sociedad. Vuelto del ostracismo, es dueño de una técnica. Posee un saber y lo ejerce sobre la materia prima. En los talleres literarios, si es que son honrados y respetuosos, se trabaja con el lenguaje. Las palabras se tienden sobre la mesa y uno las examina ante los demás, bisturí en mano, advirtiendo lo beneficioso que es fecundar de sustantivos un párrafo. He dictado, años atrás, talleres de este tipo al público más difícil por exigente, y me refiero a los niños. Exigente porque en ellos la palabra manzana aún no adquiere la infamia de ser roja y colgar de un árbol. Su imaginación es droga constante y hay que saber dirigirla. He dictado y mañana volveré a dictar un taller, porque ahora me llaman para estas cosas. Piensan, con gran equívoco, que puedo enseñar a juntar letras porque tal vez he escrito algunas cosas que valen la pena. Volveré a dictar, ya digo, pero esta vez a chicos de universidad, periodistas en fase de crisálida. Espero pasármela bien y no malgastar las monedas del tiempo que aún me tintinean en los bolsillos. A fin de cuentas, asumo, soy yo quien va a este taller para ser instruido por mentes más jóvenes y voraces. Juré no volver a la universidad —fui profesor y alumno— y he aquí que escupiré en mis promesas y regresaré a ella.