viernes, 15 de marzo de 2019

César Hildebrandt vs Luis Pércovich


«Aquel domingo, por lo tanto, solté la bomba. Sonia Goldenberg, la más guapa y la más brillante reportera que haya tenido jamás en la tele, metió una cámara troyana en el Centro de Reclusión de la Policía de Investigaciones —la famosa PIP, la encargada de combatir el vicio siendo parte de él— y demostró que los reclusos se iban de pachanga de viernes para domingo y dejaban sus camas tendidas y abandonadas y a un vigilante que declaraba que todos estaban, mi capitán, que todos presentes, mi mayor, que las condenas se cumplían rigurosamente, señor ministro.

El señor ministro estaba viendo el programa junto a Mauricio Arbulú y los güisquis los habían envalentonado. Cuando terminó de propalarse la secuencia que jamás debió emitirse, un Mauricio requerido para demostrar su autoridad llamó a Control Maestro y ordenó:

—Esa mierda no va más. Córtenle el programa al enano ese.

—Pero está en el aire. Ha anunciado que volverá después de comerciales —dijo, aterrorizado, el jefe del Control Maestro.

—Me importa una mierda que esté en el aire o no, carajo. ¿Quiere usted salir también del Canal, carajo?

—No, don Mauricio. Sólo pregunto qué hacemos —susurró la voz aterrorizada.

—Pongan cualquier huevada, carajo… Pongan un capítulo de “Los Detectilocos”, eso es… “Los Detectilocos”, carajo…

Y allí estaba yo, sentado como un huevón olímpico, con el micrófono colgado, esperando que la tanda de comerciales se acabara.

—¿Esta tanda dura mucho, verdad? —le pregunté por el micrófono interno a Lucho Carrizales.

—Te han puesto dos seguidas —dijo Carrizales, sospechando algo».

En Hildebrandt en sus trece
(‘La cámara del terror’).

viernes, 1 de marzo de 2019

Óscar 2019: Green Book

Los Óscar se han convertido en una ceremonia de lo políticamente correcto. He visto Green Book (en realidad he visto todas, como suelo hacer cada año) y me he encontrado con una cinta que se esmera en educar al espectador sobre lo malo que fue el racismo en Estados Unidos durante los años 60. Tony Lip (Viggo Mortensen) es un descendiente de italianos que, en lugar de dedicarse a abrir un restaurante de pastas o delinquir (como lo haría cualquier italiano común en New York), trabaja de mozo en un bar muy cool. Luego se queda sin empleo y es chofer de un afroamericano (eufemismo que nos evita llamarlo «negro») de gustos bastantes refinados (es pianista y no escucha a Little Richard). Total, que uno tiene dinero  (el negro) y el otro no (el blanco), y así se establece una relación de poder (Foucault). Pero Tony hace las cosas a su manera. Es un gran personaje (a Viggo lo nominaron a mejor actor). El ruido moral de la película viene cuando vemos que Tony percibe el enorme racismo del país yanqui (ya saben: hay hoteles para blancos y hoteles para negros; asimismo, los baños, los bares, las tiendas). Se hace énfasis en el tema racial una y otra vez, como si no le quedara claro ni a Tony ni al espectador. Esto, irremediablemente, influye en las actitudes del prota, que casi en el último tramo del filme es ya alguien deconstruido (qué palabrita, caray). La peli de marras ha ganado a mejor guion original. No he encontrado nada rescatable este año y por eso me abstuve de hacer mis acostumbrados pronósticos. Ay, el Óscar.

viernes, 22 de febrero de 2019

César Hildebrandt sobre Alan García


«Fuimos tan amigos con García que una vez este impulsivo donjuán me obligó a seguir a un Mercedes conducido por un sueño de mujer. Habíamos almorzado en “La Tranquera” y lo estaba llevando de regreso a casa porque él estaba sin auto. La señora, sin saberse acosada, llegó al óvalo Gutiérrez y entro a una librería que ya no existe y se llamaba ABC. García me pidió que lo esperara y yo le dije que si se pasaba de los cinco minutos me iría. La verdad es que estaba enfadado conmigo mismo. Me parecía una vulgaridad lo que ocurría y me sentí un chofer rampante y un idiota masterizado.

Por el parabrisas del auto vi que García la abordaba, le sonreía, le metía letra (para empezar) y se mostraba como el más zalamero de los zorros.

Cuando ya iban a cumplirse los cinco minutos, toqué la bocina y encendí el auto. García se despidió y regresó a grandes trancos.

Cuando se subió al auto me enseñó un papelito.

—Ya tengo su teléfono —dijo triunfante.

Yo, que de moralista no podía tener nada, me sonreí. Aquella dama de origen árabe y ojos inmensos, años después, sería el blanco de las escapadas presidenciales más famosas de la historia: en moto, al estilo del rey Juan Carlos de Borbón, y con chaquetón y casco negros. Pero en esa época García sólo era diputado y no tenía que eludir a ninguna escolta.

Pensé en ese momento que su matrimonio debía de estar en problemas. Pero no. Poco tiempo después lo vi junto a Pilar y ambos resplandecían de contentos. García no fingía. Amaba a Pilar pero podía tener lealtades simultáneas sin culpa y sin terror. Era un cazador serial».

En Hildebrandt en sus trece
‘La cámara del terror’ (16).

martes, 5 de febrero de 2019

Taca-taca

En 2017, este conjunto de relatos ganó el Premio Nacional de Literatura en la categoría Infantil y Juvenil. Está muy mal esto de leer libros solo porque ganan premios. Peor aun lo de reseñarlos. De todas formas, aquí tenemos que decir algunas cosas (porque la crítica no ha dicho nada).

Taca-taca reúne cuentos que ya habían ido apareciendo desde el 2015. En un acto cargado de valentía, autor y editor deciden enviar los pocos ejemplares que tenían a la mano (cinco) para participar en el concurso ya mencionado. La justicia poética quiso que el libro resultara vencedor.

En esta edición corregida y remasterizada apreciamos historias de adolescentes. Dicho así, de manera escueta, suena poco atractivo. El libro, no obstante, posee la virtud de narrar episodios tiernos, tristes, hilarantes y crueles con un lenguaje fresco, vivo, ondulante.

Chuquicaña sabe enganchar al lector desde las primeras líneas y tiene además buen oído para reproducir el habla callejera y traer al presente los empolvados recuerdos de la infancia. Lo hace con naturalidad, sin impostura. Ha escrito muchos pasajes en nivel Dios. 

No sé con qué se transmiten las experiencias un tanto tristes o miserables de los personajes, pero el autor ha construido un pequeño universo con no poca maestría. Tiene alma. Leído con atención, uno logra notar el esfuerzo en cada línea. El oficio, el brillo, algunos extraños pero hermosos símiles: «... recuerdo que vistos a plena luz del sol sus ojos cogían un dorado exquisito, como de cerveza Cristal. Una invitación irresistible. Un ya no ya».

He estado pensando en la falsedad de estos cuentos, porque muchos de ellos no los son si nos regimos por la idea de que en el cuento algo se está desplazando. Algunos parecieran ser pequeñas anécdotas o escenas sin mayor movimiento (y en el cuento algo siempre tiene que moverse), y quizá sea este el punto más débil del libro. Pero los salva el lenguaje cuidado, depurado, lleno de esmero. El dosificado humor negro también.

El autor tiene menos de 30 años, vive en provincia y publica en una editorial independiente. Si nos guiamos por estas premisas, se podría afirmar que tenía todo a favor para darse de narices contra el fracaso, pero Chuquicaña ha descolgado un premio importante, y es pecado mío prestarle atención solo por la inesperada luz que se ha posado en él.

Chuquicaña Saldaña, Yero. Taca-taca. Falsos cuentos. Arequipa: Aletheya, 2018.

miércoles, 30 de enero de 2019

Talleres


Enero, verano, calor, vacaciones. Vacaciones útiles. Talleres. De un tiempo a esta parte he notado —quién sabe por qué— la gran oferta de talleres literarios que pululan en nuestro medio. Los hay de todos los precios e intensidades, y los dictan gentes de todo tipo. Escritores que salen de la sombra de diciembre para anunciar: he aquí que ha llegado enero y les ofrezco la sabiduría a cambio de unos denarios. Incluso los dictan quienes nunca han publicado un libro, pero eso no importa a la hora de compartir saberes. Porque el que dicta un taller es el sabio y si alguien se inscribe a uno asume su posición de Lazarillo y aprendiz. En las primeras cárceles de Padua, a los prisioneros se les obligaba a llevar un taller y de allí, quizá, viene esa tradición de confeccionar cosas que luego se suelen vender cuando el antiguo reo se ha reinsertado en sociedad. Vuelto del ostracismo, es dueño de una técnica. Posee un saber y lo ejerce sobre la materia prima. En los talleres literarios, si es que son honrados y respetuosos, se trabaja con el lenguaje. Las palabras se tienden sobre la mesa y uno las examina ante los demás, bisturí en mano, advirtiendo lo beneficioso que es fecundar de sustantivos un párrafo. He dictado, años atrás, talleres de este tipo al público más difícil por exigente, y me refiero a los niños. Exigente porque en ellos la palabra manzana aún no adquiere la infamia de ser roja y colgar de un árbol. Su imaginación es droga constante y hay que saber dirigirla. He dictado y mañana volveré a dictar un taller, porque ahora me llaman para estas cosas. Piensan, con gran equívoco, que puedo enseñar a juntar letras porque tal vez he escrito algunas cosas que valen la pena. Volveré a dictar, ya digo, pero esta vez a chicos de universidad, periodistas en fase de crisálida. Espero pasármela bien y no malgastar las monedas del tiempo que aún me tintinean en los bolsillos. A fin de cuentas, asumo, soy yo quien va a este taller para ser instruido por mentes más jóvenes y voraces. Juré no volver a la universidad —fui profesor y alumno— y he aquí que escupiré en mis promesas y regresaré a ella.