jueves, 11 de julio de 2019

Elogio de la ruina

Elogio de la ruina (La Travesía Editora, 2018), de Jimmy Marroquín Lazo, inicia con dos preámbulos. En uno, el autor justifica errores y aciertos, y en el otro, de ya-no-recuerdo-quién, se invita a la lectura: «El que lea este libro corre un gran peligro. Cuidado, está a punto de no volver jamás». Esto ya es empezar mal.

El volumen reúne tres poemarios y una plaqueta y tiene 189 páginas y solo dos bellas imágenes. Siempre hay un mérito —mío, claro— en hallar dos granos de arroz entre tanto gorgojo. El resto son páginas en blanco. (Los editores mandan a imprenta páginas en blanco aunque ellos crean que hay algo escrito en ellas. Asimismo, muchos poetas escriben con una especie de tinta invisible).

La poesía de Marroquín es solemne, ceremoniosa, correctita. Vamos, una poesía de misa, y uno a la misa va a dormirse. Pasa lo mismo aquí. El tedio inunda al lector. Da lo mismo leer «He tocado mi rostro y no he sentido la avidez de la piel / Ni la implacable llamarada del tiempo» que «Se han descrito raros casos de ictericia y hepatitis al administrar ketoprofeno, en particular durante tratamientos prolongados» (bello lirismo en el prospecto de un analgésico).

En el primer libro encontramos: «una estrella blanca sin brillo se deposita / imperceptiblemente entre mis manos y la luz». El segundo libro abusa de aquel recurso tan pueril que es dedicar un poema, a riesgo de caer en el chiste privado o el ridículo extremo (o ambos a la vez). En el primer caso, uno lee «Para Juan», por ejemplo, y no sabe quién rayos es Juan y por qué ese poema va dedicado a Juan y cuáles son los vínculos que unen a Juan con el poema. El segundo caso solo se cumple si lo que se dedica tiene por destinatario a alguien célebre e inalcanzable. Es como poner «Para César Vallejo», que es vate muerto e inmortal y aun estando vivo no se daría por enterado nunca. En fin, que los poemas de esta segunda parte están todos dedicados a Juanes y con las bromas privadas uno no sabe cómo reaccionar. Luego viene la segunda y última bella imagen: «un luminoso muñón traza una línea púrpura sin previsible fin, / luego escribe “¿es justificado seguir aquí?” y cae sangrante a mis pies”». Eso es todo. Del tercer libro y la plaqueta no hay signos vitales.

La edición sí merece un elogio. Pero quizá no sirva de mucho enjoyar un libro que posee demasiado paratexto y versos de tufillo burocrático. Y si hay cosas que en un principio no debieron publicarse, ya ni deberían ser reeditadas. Aquí la poesía ha tocado fondo.

lunes, 24 de junio de 2019

Urgente: necesito un retazo de felicidad

Reedición. Se publicó en 2007 y no sé qué tanta acogida habrá tenido en su momento porque por aquellos años yo andaba en la facultad leyendo cosas poco literarias o nada literarias. En fin, que ahora tenemos reedición casi una década después. Lo he leído con atención y placer. Es el primer libro de Orlando Mazeyra Guillén, a quien tuve la oportunidad de conocer el año pasado en Arequipa. Mazeyra es un tipo muy alto y a todas luces melgariano (llevaba una camiseta del Melgar). Los cuentos de Mazeyra —estos cuentos, quiero decir, porque tiene publicados muchos otros— reúnen las características que se le pide a la narrativa de nuestro tiempo: son cortos y de nudo veloz (con recursos en apariencia tan simples se compite con Netflix). Memorables son «Ella se sabe gorda», «Escribes» y «Tendré que confiar en ella». Mazeyra está hecho para el cuento porque conoce sus límites y sabe jugar en el espacio restringido del relato. El mérito crece si hacemos sumas y restas y notamos que este libro se publicó cuando el autor tenía quizá 26 o 27 años. Yo digo que está bien, o muy bien si lo comparamos con lo que se produce ahora en Lima.

Mazeyra Guillén, Orlando. Urgente: necesito un retazo de felicidad. Arequipa: Aletheya, 2018.

domingo, 9 de junio de 2019

Chernobyl

Bastan apenas diez minutos frente a Chernobyl, la miniserie de HBO, para sentirse sucio, contaminado o radioactivo. No es muy frecuente que una obra audiovisual transmita con tanta rapidez la sensación de estar en un entorno enrarecido y sórdido. De hecho, mientras veía el primer capítulo, fue inevitable imaginarme envuelto en esa aura tóxica que impregna a toda la historia, hasta el punto de sentir cierta asfixia. No miento si digo que me planteé seriamente dejar de fumar.

Está muy presente en la ambientación sonora de la miniserie. Los detectores de radiación a punto de explotar, la lluvia intermitente. Todo apunta a subrayar una atmósfera obscena y que en algún momento bordea la locura.

El tema principal de Chernobyl, no obstante, no es el suceso que todos ya conocemos, sino la mentira y su constante defensa por parte de los miembros de la ex Unión Soviética. En plena era de fake news, esta miniserie ha conseguido describirnos tomando un asunto histórico. ¿No es acaso nuestra sociedad el reino de los espejismos y de los múltiples relatos verosímiles y que nos impiden ver la Verdad (con mayúsculas)?

No hay un retrato más poderoso y sincero de esta sociedad nuestra que el construido por Craig Mazin, guionista con un dudoso pasado de películas de entretenimiento masivo y al que, sin embargo, a partir de ahora habrá que perdonarle todo. Y resulta paradójico y terrible que lo ocurrido el año en que nací, 1986, mantenga una renovada y feroz vigencia. A saber: un mundo que no se aferra más a ninguna verdad y que se muestra cómodo y conforme con el relato de la historia oficial.

Tengo, sin embargo, algunos reparos. Nada es Breaking Bad (es decir, perfecto). A esta miniserie le resta mucho que todos los personajes se comuniquen en un perfecto inglés con acento británico y no en ruso, como debiera ser. Si bien cada uno de los detalles fueron bastante cuidados para otorgarle una estética propia de la época y propia también de una sociedad soviética, habría sido ideal (por una cuestión de fidelidad) mantener el idioma original.

Y el final fue, en parte, el que merecía un gran drama como este. Y digo «en parte» porque las explicaciones posteriores, luego de que se apagara la voz en off del profesor Legásov, son de una sensiblería repelente y que desdibuja la potencia del guion de ese formidable y último quinto capítulo.

Chernobyl ha puesto nuevamente sobre la mesa un asunto sumamente grave y que pudo convertirse en una catástrofe mundial, y esto, más allá del brillante tratamiento cinematográfico, es un mérito en sí. Esto basta para afirmar que verla es algo obligatorio.

jueves, 30 de mayo de 2019

Vivir Abajo

Gustavo Faverón ha escrito la mejor novela peruana del siglo XXI. Dicho esto, podríamos dejar de leer aquí esta columna e ir en busca de Vivir abajo (Peisa, 2018) para ver si tengo razón o no (siempre la tengo).

Esto de andar diciendo cosas como «X es el mejor escritor de nuestro tiempo» o «Z es el mejor cuento de los años 1600, cuando el tirano mandó», es decir, estas afirmaciones salvajes que Fresán suelta cada vez que quiere (y siempre quiere), estas sentencias, decía, son peligrosas porque si el libro es un fiasco y no eres Diamela Eltit, quien también vomita generosos blurbs, puede costarte la reputación.

Vivir abajo es una novela escrita en estado de gracia. Solo se construyen obras magistrales como esta bajo encantamiento. Esto es algo que la crítica literaria jamás podrá explicar. Para escribir así hay que tener lo que decía el narrador de Rimbaud el hijo, de Pierre Michon, que se tiene cuando uno ejecuta su obra maestra: el hada. Y el hada aparece o no, se tiene o no. Uno escribe y al hada se le antoja estar contigo durante el parto de un texto de más de 600 páginas. Parece que a Faverón la gracia le ha sido concedida por tan largo lapso (es normal hallar un relato con altibajos, pero este no decae nunca).

La novela va de gente que busca extraer la piedra de la locura abriendo un orificio en el cráneo, de cárceles subterráneas, de manicomios, de torturadores y torturados, de un escritor chileno muy prolífico y muy inédito, de una pareja que vive cerca de un cementerio, de un enigmático poeta boliviano. El autor se ha dado maña para crear un texto monstruoso que cuenta el horror de las dictaduras en Latinoamérica y el horror del nazismo en Europa o el horror de las guerras en la humanidad. En suma, Faverón ha escrito la Historia.

La estructura es inteligente y pone ante el lector un fino trabajo de engranajes microscópicos que, posteriormente, van encajando con notable perfección. La narración —la puesta en escena del lenguaje y las múltiples tramas que desencadena— es el punto más alto del libro. El texto va mutando: es surrealista, irónico, lúdico, delirante, hiperbólico, ingenioso, erudito. Faverón exhibe, además, una gran capacidad inventiva para fabular una historia tras otra. Mención aparte merece la acertada y necesaria pizca de autoficción presente en el relato.

Leí Vivir abajo, en un inicio, con toda la mala leche del mundo, buscando la prosa anémica, el lugar común, la metáfora sin brillo, y no encontré nada de esto. Todo lo contrario. Me fui rindiendo de a pocos y me dejé asaltar por la sensación de estar frente a un libro destinado a la trascendencia. Y, como es natural, he sentido envidia. Ya quisiera uno escribir así. 

martes, 21 de mayo de 2019

Lo que está y no se usa nos fulminará

Yo, que no había leído nada de Patricio Pron (y a falta de mayores opciones y mejor consejería literaria), he devorado Lo que está y no se usa nos fulminará (Penguin Random House, 2018). He comenzado con este conjunto de cuentos de Pron porque lo urgente era leer algo del ganador del Premio Alfaguara (la novela con la que ganó este certamen, dicho sea de paso y entre paréntesis, acaba de llegar a las librerías de Lima luego de mucha espera).

Decía que he leído este libro de Pron porque había que estrenarse con algo de Pron, y ahora que ando más calmado debo admitir que no me ha gustado tanto como esperaba. Quizá el problema era que esperaba un diamante o algo parecido. Se publicó el año pasado y apenas tuvo reseñas tibias o frías o indolentes y no salió en los recuentos de los mejores libros de ningún lado y eso ya era como para sospechar que no se trataba de ninguna joya. Rebe (amiga española y proniana) me ha dicho que debí haber leído otro de Pron para engancharme con Pron. Cualquier otro menos este. 

Le he pillado el estilo a Pron, no obstante, y tampoco puedo decir que me gusta ni mucho menos que me desagrade; solo digo que se lo he pillado y ya, como quien se da cuenta de que Manet usa los tonos verdes de una manera tan suya, es decir, excelsa. 

Y aquí vuelvo a los cuentos o me pierdo. 

El título que da nombre a este conjunto proviene de una canción de Luis Alberto Spinetta, y no hace falta ser muy listo para anticipar allí un primer lazo con lo argentino. Las formas tradicionales se rompen y, pese a eso, hay un gran respeto por la tradición argentina del cuento. Existe un manifiesto homenaje a Borges, Cortázar y Piglia (idea al vuelo: en el mercado editorial, un escritor argentino la tiene más difícil que cualquier otro escritor por la inmejorable tradición que lo precede o lo sobrepasa, según sea el caso, y que de ninguna manera puede evadir). Quizá el relato más destacable es «La repetición», y resulta un tanto paradójico que sea el mejor y que, al mismo tiempo, se aísle del resto justamente por ser el menos lúdico y el de estructura y lenguaje más convencionales. 

Pron juega con la tradición, que es la mejor manera de respetar la tradición. Imprime en el texto sus lecturas, que son varias y no se circunscriben a lo argentino (de hecho, lo dice el propio autor en la nota final: «algunos escritores escribimos “con” nuestra biblioteca») y he pensado que hay que ser Patricio Pron para escribir y publicar un libro así. Vale aclarar: un autor con trayectoria.

viernes, 19 de abril de 2019

Abuelo

Mauro Francisco Herrera Arroyo (el de bigote) al lado de Haya.

Me lo dice mi editor casi al mediodía, que es cuando me levanto porque estoy escribiendo cosas y me arrimo al silencio de la madrugada para oírme decir lo que luego voy transcribiendo en el Word. Me dice por Facebook que Caballo Loco se ha matado. De hecho, a la hora que me lo dice, ya lleva casi dos horas de muerto, y entonces me conecto a las redes sociales para enterarme lo que manifiesta la opinión pública, para saber cómo están llevando el luto algunos y cómo le ha aguado la fiesta a los que querían verlo preso (yo entre estos): queríamos, entonces. No se pudo porque Alan García prefirió la muerte antes que verse esposado o que lo veamos esposado. A las 6:37 a. m. ese ego de elefante, que muchos confunden con dignidad, lo lleva a pedir permiso a los fiscales, ubicados ya en su casa y prestos a darle una detención preliminar o preventiva o lo que fuese, pero detención al fin y al cabo (que para eso ha vivido mi tío Lucho, para ver preso al delincuente), y entonces, ya digo, el ego tanático lo lleva a pedir permiso para llamar a su abogado y se encierra en su pieza, busca en el velador de su cama y encuentra su Colt 38 y se descerraja la cabeza con un tiro en la sien derecha. El resto es historia y él quería pertenecer a ella y, a su modo, lo ha logrado. Un suicidio no es precisamente la manera más discreta de irse de este mundo. Uno entra a la historia porque antes hizo cosas que afectaron a la historia y se gana un capítulo en ella —triste en este caso; macabro— cargándose a alguien, a un famoso, o matándose en fama. Una salida cobarde pero, al mismo tiempo, coherente para el hombre que fue todo exhibición y grandilocuencia. Lo mismo ha dicho mi madre, ya menos indolente a las muertes violentas (es enfermera y, dado su oficio, lo ha visto todo). Recordó a Mauro, su padre; era aprista. Aprista antiguo, como suele decirse de alguien que valió la pena cuando el partido era algo parecido a la esperanza. Murió en un pequeño cuarto, de enfermedad repentina y en Navidad, y mi madre me llevó a Huancayo para las exequias y allí los miembros del partido, los nuevos —es decir, nefastos en su mayoría o totalidad— le rindieron homenajes y pude ver a una oradora que acaparaba la atención, que usó el funeral de mi abuelo para aumentar su capital simbólico y político: una aún desconocida Nidia Vílchez. Vuelvo a la muerte de García, al suicidio. No he dejado de percibir que nos afecta a todos y de muchas formas, en todo el significado de la palabra afectar. Nos llena de desconcierto, desarma un poco a los más entusiastas y enorgullece a los fanáticos. Pocas muertes han dejado a un país en medio de un debate de estados de ánimo. La muerte tampoco exime del pecado. Alan García murió ladrón y asesino.

lunes, 1 de abril de 2019

Algunos delirantes apuntes sobre ciencia ficción


1

Resulta desconcertante entrar a una librería y ver todo tan ordenado, como en un regimiento. Libros en guerra, diría. Compiten por atraer a un comprador. Aquí los de novela histórica, más allá los de ensayo y crónica, ciencia ficción en el segundo piso, al lado de los de poesía. Desconcierto, aclaro, porque las etiquetas dividen y son injustas y no me sirven en absoluto. Tal vez el orden alfabético de los anaqueles debería regir como sistema universal.

2

La literatura no se caracteriza por su pureza. Una novela puede camuflar muy bien el ensayo, y las novelas históricas (sobre todo las que se publican ahora) están empapadas de la vida de quien las escribe. Los géneros hacen prestaciones entre ellos y lo que leemos a veces resulta un verdadero híbrido. La novela posee mayor dispersión y libertad. El cuento está enfocado siempre en algo y trata de ceñirse a un camino (y, por tanto, a un género).

3

Según lo anterior, todo podría estar teñido de ciencia ficción. O casi. Mejor dicho: el escritor puede insertar con menuda facilidad la ciencia ficción en un texto literario. Siendo los límites tan difusos, incluso es natural que lo haga de manera inconsciente: la ciencia ficción se introduce en el relato sin que uno pueda percatarse de ello.

4

Es más difícil aún saber qué es —y qué no es— ciencia ficción (o cualquier otro género) cuando lo único que uno hace es escribir. Solo escribir. Me sucede con los cuentos. Luego me percato de que podrían ganar terreno en lo fantástico o bien anclarse al realismo. Pero no antes. Jamás. Escribo sin saber (e imponiendo la ignorancia a voluntad) qué género estoy pisando. Es lo que menos debería preocuparle a nadie.

5

John Banville dijo en una conversación que conoce la diferencia entre «novela literaria» y «novela negra», a tal punto que solo usa el seudónimo de Benjamin Black para firmar las obras adscritas a la segunda categoría. Esta afirmación, hecha en una universidad de Irlanda, no tiene nada de espectacular. Lo llamativo sucede minutos después, cuando añade que «es el mercado el que te pide que llegues a escribir en un género en el que no te habías visto antes». Y más adelante: «Pude comprarme una casa siendo Benjamin Black. Con John Banville solo podía aspirar a sobrevivir como periodista o profesor, con el respeto de ustedes». Sus contertulios eran catedráticos. 

6

Desconozco, por tanto, de nombres y movimientos que se dediquen a escribir o difundir la ciencia ficción aquí en el Perú (o, si los intuyo, prefiero también ignorarlos a voluntad). Sin embargo, sé que existen, y los felicito o los lamento, según sea el caso. 

7

¿Acaso nadie tiene una pequeña novela cyberpunk y burguesa guardada en el cajón?

8

Santiago Roncagliolo es el mejor ejemplo del escritor que conoce el género que pisa. Va muy a la moda. Siempre tiene un libro sobre fútbol cuando hay un Mundial celebrándose. También ha escrito ciencia ficción, y quién sabe si no tiene ya listo un libro autobiográfico. 

9

Acerca de la existencia de una burbuja sobre la novela negra que se publica en España, Paco Bescós escribió esto en Facebook: «La llamada burbuja de la novela negra no significa que los autores de novela negra ahora vendan más libros. Significa que los autores que venden más libros ahora escriben novela negra». Esto quiere decir que los escritores de best-sellers llegan a un género, vomitan un par de rentables libros, y cuando ven que el asunto ya no interesa van tras otro género redituable. 

10

De la ciencia ficción me interesa lo mismo que los manuales que acompañan a los electrodomésticos: que estén bien escritos. Y, si se puede, muy bien escritos. Si me pongo antojadizo: escritos con cierto lirismo camuflado. El género (o el tema) es solo una excusa para hacer literatura. Debería serlo, no tendría que importar. Lo primero es el lenguaje, y lo segundo también.

11

Si hablamos en concreto, me gusta la ficción postapocalíptica. La que más aprecio es minimalista y trata de mantener una tensión constante en el relato. Jugar con pocos elementos y enganchar al lector es un gran mérito. Pero el mayor logro es hacerle creer al lector que escribir es tarea fácil. 

12

Conocí a Kaspárov en 2010. Como buen ajedrecista amateur, sabía de su histórica derrota sufrida ante la Deep Blue, pero no se me ocurrió preguntarle nada al respecto en ese entonces. Lo entrevisté brevemente para el diario en que trabajaba (la entrevista nunca se publicó). Años después Kaspárov regresó a mí mediante la escritura. Obsesionado como estaba en el ajedrez por aquella época (obtuve una medalla de plata en la municipalidad de mi distrito), me volcaba una y otra vez sobre un cuento de un ajedrecista que se comía un peón negro para evitar la victoria de su contrincante. Incluso hice los esbozos de una novela que giraba alrededor del mencionado asunto. Pero el lenguaje me traicionaba. Pronto descubrí que había que dejar que las palabras hicieran su trabajo, que la forma se construyera a sí misma, y así surgió la estructura y la narración juguetona que traté de imprimir en Azul profundo. 
No lo mandé al Copé.

13

Soy supersticioso. Si me preguntan qué estoy escribiendo, normalmente digo que nada (casi siempre es verdad debido a que me hacen este interrogante en etapa de vacaciones o de infertilidad). Peor aún es que te pregunten qué te gustaría escribir (hombre, a mí me gustaría escribir El horizonte, pero ya la escribió Patrick Modiano). En relación con la ciencia ficción, quizá ahora mismo esté desarrollando un relato acerca de una computadora escritora de novelas cuya obra recibe muchos elogios porque, ya se sabe, las computadoras son incapaces de caer en el error y la máquina de mi relato acertaría con los giros inesperados que requieren ciertas tramas. Quizá estoy escribiendo eso y no me estoy dando cuenta. Sin embargo, en mi fuero interno, me he convencido de estar borroneando una novela policial.

14

Miento hasta en las entrevistas. Cuando digo que estoy escribiendo una novela, no estoy escribiendo una novela. Y cuando digo que su género es el policial, no lo es en absoluto. O quizá sí.

15

Volviendo a lo de las librerías, yo pondría a La Biblia en el estante de Ciencia Ficción. 

lunes, 25 de marzo de 2019

Rapto

He visto Rapto, la última película de Frank Pérez Garland, que, tomado así, al pie de la letra, debería ser la última porque es la mejor de este director si la comparamos con los grandes bodrios que ha filmado desde que inició su carrera (¿para qué arruinarse la filmografía si ya se ha tocado techo?). Es buena porque el guion es quizá lo mejor o lo único que puede rescatarse. Un guion enorme si lo comparamos con cualquier otro de nuestro desértico cine peruano. El guion, para quien sepa apreciarlo, es el esqueleto de la cinta, su andamiaje, y, sin este, se cae y va la peli sola y sin huesos arrastrándose como un gusano. He visto Rapto con K, a quien le encanta prever los giros argumentales, pero aquí le ha costado acertar. Al buen guionista uno jamás le adivina de qué se le van a morir los personajes. Vanessa Saba escribió el guion de Rapto. Hay cosas que chirrían, pequeñeces (el diablo está en los detalles). Pudo ser un portentoso guion y, en consecuencia, una gran película. Aun así, yo digo que vale la pena. 

viernes, 15 de marzo de 2019

César Hildebrandt vs Luis Pércovich


«Aquel domingo, por lo tanto, solté la bomba. Sonia Goldenberg, la más guapa y la más brillante reportera que haya tenido jamás en la tele, metió una cámara troyana en el Centro de Reclusión de la Policía de Investigaciones —la famosa PIP, la encargada de combatir el vicio siendo parte de él— y demostró que los reclusos se iban de pachanga de viernes para domingo y dejaban sus camas tendidas y abandonadas y a un vigilante que declaraba que todos estaban, mi capitán, que todos presentes, mi mayor, que las condenas se cumplían rigurosamente, señor ministro.

El señor ministro estaba viendo el programa junto a Mauricio Arbulú y los güisquis los habían envalentonado. Cuando terminó de propalarse la secuencia que jamás debió emitirse, un Mauricio requerido para demostrar su autoridad llamó a Control Maestro y ordenó:

—Esa mierda no va más. Córtenle el programa al enano ese.

—Pero está en el aire. Ha anunciado que volverá después de comerciales —dijo, aterrorizado, el jefe del Control Maestro.

—Me importa una mierda que esté en el aire o no, carajo. ¿Quiere usted salir también del Canal, carajo?

—No, don Mauricio. Sólo pregunto qué hacemos —susurró la voz aterrorizada.

—Pongan cualquier huevada, carajo… Pongan un capítulo de “Los Detectilocos”, eso es… “Los Detectilocos”, carajo…

Y allí estaba yo, sentado como un huevón olímpico, con el micrófono colgado, esperando que la tanda de comerciales se acabara.

—¿Esta tanda dura mucho, verdad? —le pregunté por el micrófono interno a Lucho Carrizales.

—Te han puesto dos seguidas —dijo Carrizales, sospechando algo».

En Hildebrandt en sus trece
(‘La cámara del terror’).

viernes, 1 de marzo de 2019

Óscar 2019: Green Book

Los Óscar se han convertido en una ceremonia de lo políticamente correcto. He visto Green Book (en realidad he visto todas, como suelo hacer cada año) y me he encontrado con una cinta que se esmera en educar al espectador sobre lo malo que fue el racismo en Estados Unidos durante los años 60. Tony Lip (Viggo Mortensen) es un descendiente de italianos que, en lugar de dedicarse a abrir un restaurante de pastas o delinquir (como lo haría cualquier italiano común en New York), trabaja de mozo en un bar muy cool. Luego se queda sin empleo y es chofer de un afroamericano (eufemismo que nos evita llamarlo «negro») de gustos bastantes refinados (es pianista y no escucha a Little Richard). Total, que uno tiene dinero  (el negro) y el otro no (el blanco), y así se establece una relación de poder (Foucault). Pero Tony hace las cosas a su manera. Es un gran personaje (a Viggo lo nominaron a mejor actor). El ruido moral de la película viene cuando vemos que Tony percibe el enorme racismo del país yanqui (ya saben: hay hoteles para blancos y hoteles para negros; asimismo, los baños, los bares, las tiendas). Se hace énfasis en el tema racial una y otra vez, como si no le quedara claro ni a Tony ni al espectador. Esto, irremediablemente, influye en las actitudes del prota, que casi en el último tramo del filme es ya alguien deconstruido (qué palabrita, caray). La peli de marras ha ganado a mejor guion original. No he encontrado nada rescatable este año y por eso me abstuve de hacer mis acostumbrados pronósticos. Ay, el Óscar.

viernes, 22 de febrero de 2019

César Hildebrandt sobre Alan García


«Fuimos tan amigos con García que una vez este impulsivo donjuán me obligó a seguir a un Mercedes conducido por un sueño de mujer. Habíamos almorzado en “La Tranquera” y lo estaba llevando de regreso a casa porque él estaba sin auto. La señora, sin saberse acosada, llegó al óvalo Gutiérrez y entro a una librería que ya no existe y se llamaba ABC. García me pidió que lo esperara y yo le dije que si se pasaba de los cinco minutos me iría. La verdad es que estaba enfadado conmigo mismo. Me parecía una vulgaridad lo que ocurría y me sentí un chofer rampante y un idiota masterizado.

Por el parabrisas del auto vi que García la abordaba, le sonreía, le metía letra (para empezar) y se mostraba como el más zalamero de los zorros.

Cuando ya iban a cumplirse los cinco minutos, toqué la bocina y encendí el auto. García se despidió y regresó a grandes trancos.

Cuando se subió al auto me enseñó un papelito.

—Ya tengo su teléfono —dijo triunfante.

Yo, que de moralista no podía tener nada, me sonreí. Aquella dama de origen árabe y ojos inmensos, años después, sería el blanco de las escapadas presidenciales más famosas de la historia: en moto, al estilo del rey Juan Carlos de Borbón, y con chaquetón y casco negros. Pero en esa época García sólo era diputado y no tenía que eludir a ninguna escolta.

Pensé en ese momento que su matrimonio debía de estar en problemas. Pero no. Poco tiempo después lo vi junto a Pilar y ambos resplandecían de contentos. García no fingía. Amaba a Pilar pero podía tener lealtades simultáneas sin culpa y sin terror. Era un cazador serial».

En Hildebrandt en sus trece
‘La cámara del terror’ (16).

martes, 5 de febrero de 2019

Taca-taca

En 2017, este conjunto de relatos ganó el Premio Nacional de Literatura en la categoría Infantil y Juvenil. Está muy mal esto de leer libros solo porque ganan premios. Peor aun lo de reseñarlos. De todas formas, aquí tenemos que decir algunas cosas (porque la crítica no ha dicho nada).

Taca-taca reúne cuentos que ya habían ido apareciendo desde el 2015. En un acto cargado de valentía, autor y editor deciden enviar los pocos ejemplares que tenían a la mano (cinco) para participar en el concurso ya mencionado. La justicia poética quiso que el libro resultara vencedor.

En esta edición corregida y remasterizada apreciamos historias de adolescentes. Dicho así, de manera escueta, suena poco atractivo. El libro, no obstante, posee la virtud de narrar episodios tiernos, tristes, hilarantes y crueles con un lenguaje fresco, vivo, ondulante.

Chuquicaña sabe enganchar al lector desde las primeras líneas y tiene además buen oído para reproducir el habla callejera y traer al presente los empolvados recuerdos de la infancia. Lo hace con naturalidad, sin impostura. Ha escrito muchos pasajes en nivel Dios. 

No sé con qué se transmiten las experiencias un tanto tristes o miserables de los personajes, pero el autor ha construido un pequeño universo con no poca maestría. Tiene alma. Leído con atención, uno logra notar el esfuerzo en cada línea. El oficio, el brillo, algunos extraños pero hermosos símiles: «... recuerdo que vistos a plena luz del sol sus ojos cogían un dorado exquisito, como de cerveza Cristal. Una invitación irresistible. Un ya no ya».

He estado pensando en la falsedad de estos cuentos, porque muchos de ellos no los son si nos regimos por la idea de que en el cuento algo se está desplazando. Algunos parecieran ser pequeñas anécdotas o escenas sin mayor movimiento (y en el cuento algo siempre tiene que moverse), y quizá sea este el punto más débil del libro. Pero los salva el lenguaje cuidado, depurado, lleno de esmero. El dosificado humor negro también.

El autor tiene menos de 30 años, vive en provincia y publica en una editorial independiente. Si nos guiamos por estas premisas, se podría afirmar que tenía todo a favor para darse de narices contra el fracaso, pero Chuquicaña ha descolgado un premio importante, y es pecado mío prestarle atención solo por la inesperada luz que se ha posado en él.

Chuquicaña Saldaña, Yero. Taca-taca. Falsos cuentos. Arequipa: Aletheya, 2018.

miércoles, 30 de enero de 2019

Talleres


Enero, verano, calor, vacaciones. Vacaciones útiles. Talleres. De un tiempo a esta parte he notado —quién sabe por qué— la gran oferta de talleres literarios que pululan en nuestro medio. Los hay de todos los precios e intensidades, y los dictan gentes de todo tipo. Escritores que salen de la sombra de diciembre para anunciar: he aquí que ha llegado enero y les ofrezco la sabiduría a cambio de unos denarios. Incluso los dictan quienes nunca han publicado un libro, pero eso no importa a la hora de compartir saberes. Porque el que dicta un taller es el sabio y si alguien se inscribe a uno asume su posición de Lazarillo y aprendiz. En las primeras cárceles de Padua, a los prisioneros se les obligaba a llevar un taller y de allí, quizá, viene esa tradición de confeccionar cosas que luego se suelen vender cuando el antiguo reo se ha reinsertado en sociedad. Vuelto del ostracismo, es dueño de una técnica. Posee un saber y lo ejerce sobre la materia prima. En los talleres literarios, si es que son honrados y respetuosos, se trabaja con el lenguaje. Las palabras se tienden sobre la mesa y uno las examina ante los demás, bisturí en mano, advirtiendo lo beneficioso que es fecundar de sustantivos un párrafo. He dictado, años atrás, talleres de este tipo al público más difícil por exigente, y me refiero a los niños. Exigente porque en ellos la palabra manzana aún no adquiere la infamia de ser roja y colgar de un árbol. Su imaginación es droga constante y hay que saber dirigirla. He dictado y mañana volveré a dictar un taller, porque ahora me llaman para estas cosas. Piensan, con gran equívoco, que puedo enseñar a juntar letras porque tal vez he escrito algunas cosas que valen la pena. Volveré a dictar, ya digo, pero esta vez a chicos de universidad, periodistas en fase de crisálida. Espero pasármela bien y no malgastar las monedas del tiempo que aún me tintinean en los bolsillos. A fin de cuentas, asumo, soy yo quien va a este taller para ser instruido por mentes más jóvenes y voraces. Juré no volver a la universidad —fui profesor y alumno— y he aquí que escupiré en mis promesas y regresaré a ella.