jueves, 10 de octubre de 2019

Ley del Libro

Imagen: Andina.

Lo que no se debe pasar por alto nunca es la desinformación. El 11 de septiembre se publicó una nota en un diario importante y en la que se aseguraba que un libro de Mario Vargas Llosa, La llamada de la tribu, costaba 42 dólares aquí en Lima, Perú, planeta Tierra, y, para entreverar un poco más el asunto, se decía en la misma nota que en Argentina el precio del mismo título era más barato, exactamente 26 dólares, y, claro, esto, a ojos de quienes leen con atención las cosas que atañen a los libros, no pasó por alto, a tal punto que algunos se lo hicieron saber al hombre informado que redactó eso que de información tendenciosa tenía mucho, y el implicado dijo, primero, terqueando, que no podía ser, en ningún caso, un error suyo, porque lo que había citado era un informe del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), que es como decir que este ministerio nunca se equivoca y yo solo he citado a la fuente, y esto, en periodismo, es imperdonable, lo de no tomarse el trabajo de verificar la fuente (y citarla bien, ojo) es propio de los aficionados o quizá de los individuos de mala fe, pero el hecho no queda allí, que sería anecdótico y trivial y hasta motivo de burlas, el hecho va más allá porque yo arrojo un dato falso o erróneo y ya no puedo revertir el daño, ya desinformé, y que se jodan los que ahora piensan que un libro de Vargas Llosa puede costar 42 dólares (asunto no menos grave es haber hecho la comparación con la economía Argentina y su desbocado caballo inflacionario), y la cosa peor, no obstante, es que alguien puede creer de verdad que un título como el ya mencionado cuesta tanto, y además, con dolo o sin, ponerlo por escrito (y yo aquí invito al hombre informado a comprar más libros, ya ni siquiera leerlos, porque, como dice Alberto Olmos, «la cultura es comprar cultura»), y en este jaleo el implicado tuvo que ceder ante la pequeña presión que se le hizo por redes y admitir su error (el error fue no mencionar que esos precios del informe del MEF estaban expresados en Purchasing Power Parity), pero el desliz, que quizá ya muchos olvidaron (cuando a mí me encanta hundir el dedo o la mano entera en la llaga), cumplirá un mes en breve, irónicamente el 11 de octubre, día en que vence la Ley del Libro y desaparecen también sus respectivos beneficios tributarios, y Petrozzi, tenor y ministro de Cultura, no ha cantado claro hasta el momento, tan solo ha dicho que «el libro en el Perú no puede quedarse sin exoneraciones», y yo, como cualquier ciudadano interesado en estos asuntos, no me conformo con palabras sino que necesito ver acciones, y hoy, mientras escribo estas líneas, no las he visto, y quizá esta columna quedé desfasada y hoy o mañana estemos celebrando la victoria del libro, o tal vez no.

jueves, 3 de octubre de 2019

Hay chocolate


Cóctel en la Residencia Británica. Allí se han de anunciar a los invitados al Hay Festival Arequipa de este año. Días atrás me habían soplado que era yo uno de los invitados, pero junto a la confidencia vino también la exhortación: que no lo diga, no hasta que se anuncie en el evento. Y el cóctel es un lugar donde se reúnen escritores, editores, periodistas e influencers. Personas que tienen algo que ver con los libros. A su modo, se dedican a una pasión anacrónica y eso me despierta una fe enorme, tan enorme que quiero embriagarme con el entusiasmo que emanan, y en la opulenta casa, donde abunda el entusiasmo, hay también vino de sobra y whisky del bueno para ponerse ebrio de verdad, y allí está C, mi buen amigo, que es tan alto como sincero: es decir, demasiado (su altura me enfada porque tengo que erguir la cabeza; su sinceridad, no). A C no le pega el trago y puede beber un vaso tras otro y seguir como si nada. Es un superpoder. En cambio, yo debo estar toda la noche con la misma copa de vino o, de lo contrario, puedo caer en la tentación de imitar a Camilo Sesto. Y allí, de pie, ya no con C, sino acompañado de B —quien hace muy bien su labor de difundir la obra de autores de editoriales independientes, pero, irónicamente, le teme a las cámaras—, escuchamos los nombres de los invitados. Se mencionan a Pamuk y Kureishi, entre otras constelaciones. Y, claro, me siento ínfimo. Pero siento también que tengo una infinita y deliciosa responsabilidad. (Hubo un señor —quisiera saber su nombre— que me apretó la palma con ambas y bonachonas manos y me lanzó un elogio que solo pude responder con una sonrisa tonta). Y así llega la hora en que debo abandonar ese lujo de personas que combina tan bien con la suntuosidad del recinto (para llegar a las puertas de la enorme residencia hay que tomar un coche particular), y entonces nos retiramos junto con P y unos amigos arequipeños (N, A y la novia de A). N me habla de mi novela. Dice que la terminó durante una clase de la universidad. Me confiesa que lloró durante el tramo final (quise decirle que yo también lloré al escribir esa parte, pero me guardé el secreto). A, en cambio, me pregunta cuánto del personaje principal hay en mí (quise decirle que, tal como al personaje, a mí se me va la pinza con los ansiolíticos, pero me guardé el secreto). Estas conversaciones suceden mientras buscamos un chocolate que es un manjar y que se le ha perdido a N (los ingleses son muy buenos inventando golosinas adictivas: fabricaron la primera tableta en 1847). Luego, ya fuera, nos separamos y me voy en taxi y siento que he salido de allí con muchas ganas de escribir. Imagino que puedo escribir esto. Entonces saco mi libreta de apuntes y empiezo: Cóctel en la Residencia Británica.