jueves, 16 de enero de 2020

Cuentos extraños

El cuento, género rígido y muy hermético, posee ciertas reglas que son imposibles de eludir. Por este motivo, hay una valentía en el acto de escribirlos y burlar sus lugares comunes o huir de nuestra tradición (que es, esencialmente, realista). Una prueba de esto son los cuentos reunidos en Todo es demasiado (Emecé, 2019), de Cristhian Briceño, quizá una de las publicaciones más destacables del año pasado.

En las once narraciones que componen este libro predominan, sobre todo, las situaciones extrañas, inusuales y violentas: una pareja que tiene como cena a un chico de quince años, un hombre que observa el mundo de los muertos desde su televisor, dos sujetos que se inscriben a un curso que les enseñará a fusionar sus cuerpos, un sargento herido que se arrastra llevando su pierna bajo una axila o un tipo que va a buscar la cabeza de su novia hasta la puerta de un bar.

Existe una intención por presentar lo macabro y lo absurdo como algo común, aceptado. Para manifestar esta propuesta, Briceño hace una suerte de declaración de principios en el primer cuento, «De Ray para Dorothy», donde, además de la atmósfera truculenta en la que se desenvuelve la historia (y que impregnará a las demás), nos muestra el lenguaje que desplegará en los demás relatos. A este respecto, podemos decir que Briceño opta por la frase larga, los diálogos aparentemente parcos (a lo Carver) y los símiles edificados con esmero y exactitud («… con un aplomo que irradiaba tanta luz como un atardecer de Turner…»).

Lo más atractivo de estas historias son los también extraños detalles que Briceño ha incrustado en ellas: una mujer que acaba de ser arrollada por un autobús y lleva sucias las plantas de los pies, un par de orejas que son difíciles de masticar porque el cartílago no se ha cocido bien o unos tacones rojos que resaltan la desnudez de una anatomía femenina. Más allá de las descripciones crudas que nos regala el autor, lo realmente perturbador está en estos pequeños elementos que van configurando la sordidez de los relatos.

Tal como lo ha dicho el mismo autor en algunas entrevistas, aquí el protagonista no es tanto el asunto del cuento (el tema), sino el lenguaje con el que se ha hilvanado. Briceño, más que un contador de historias, es un acertado fabricante de imágenes. Por lo tanto, se puede afirmar que ha escrito estos cuentos con las herramientas de las que se ha provisto en su oficio como poeta.

Con Todo es demasiado, Briceño nos demuestra una evolución llamativa con respecto a su anterior conjunto de relatos, La literatura en Alaska. Quizá tenga pendiente como única tarea afianzar su estilo. En realidad, hay pocas cosas que pedirle a un narrador tan destacado y que va trazando el camino de su consolidación.

jueves, 9 de enero de 2020

Galeote de la pluma

Yo tenía la creencia de que, días antes de recibir el Premio Nobel de Literatura, el escritor apagaba la computadora o colocaba a un lado la Olivetti o guardaba para siempre las libretas de apuntes. En suma, que colgaba las armas y se despedía un poco del mundo porque allí, en Estocolmo, iban a matarlo con honores (vean la escena con la que inicia El ciudadano ilustre).

(Creencia entendible si asumimos que dicho premio es la coronación última a la que puede acceder el escritor en aquello que se conoce como «carrera literaria». Luego de esto, supongo, la gloria y el abismo).

No obstante, la lectura de la última novela de Mario Vargas Llosa me ha hecho reflexionar sobre la vigencia de un escritor que ha recibido, quizá, todos los premios literarios más importantes del planeta. Un autor incansable y fuera de serie. Un verdadero galeote de la pluma.

Tiempos recios (Alfaguara, 2019) es un libro que se inscribe dentro del subgénero de la ‘novela de dictador’ y cuyo escenario se sitúa en la Guatemala de los años 50, durante los gobiernos de Jacobo Árbenz y Carlos Castillo Armas.

El libro inicia con un desconcertante texto titulado «Antes» y que está escrito con un lenguaje expositivo. Desconcierta porque uno llega a pensar que toda la novela ha de estar construida con una prosa tan gélida como la de ese arranque. Sin embargo, con los capítulos I y II asistimos a un cambio notable.

Es así que, alternando episodios largos junto a otros muy breves (32 en total), Vargas Llosa nos introduce en los dilemas de Árbenz y sus ideas de progreso (que Estados Unidos, a través de la CIA, cortará de raíz) y el ascenso y caída de su sucesor, Carlos Castillo Armas (el misterioso asesinato de este le dará a la historia un aura de poderoso thriller).

Si bien la novela no es tan extensa, nuestro Nobel se las ingenia para concentrar en ella los sucesos más oscuros de Guatemala y especular sobre lo que hubiera pasado si la CIA, con la excusa de una cacería de comunistas, no hubiera aplastado las reformas que trató de implantar Árbenz durante su mandato.

Por otro lado, resulta destacable la construcción de los personajes, pero, sobre todo, la de Marta Borrero Parra, tal vez el más logrado de todos los que desfilan a lo largo de la novela. Su presencia la atraviesa por completo y le sirve a Vargas Llosa para, hacia el final (en un texto titulado «Después»), llevar lo narrado hacia el límite entre realidad y ficción (en este punto hay que detenerse porque Marta existió, aunque su nombre verdadero fue Gloria Bolaños Pons, antigua amante de Castillo Armas).

Vargas Llosa reafirma con Tiempos recios su magisterio sobre el género novelesco y demuestra, a la vez, una tenacidad elogiable en el oficio. Por el momento parece estar lejos de abandonar las ficciones y hay que agradecer que sea así.

jueves, 2 de enero de 2020

Nominado


Reunión vespertina con C y J en casa de mis tíos. J ha traído un Michel Chapoutier que, para los que no sabemos de vino, suena demasiado bien. Se ha olvidado, sin embargo, el sacacorchos. Así que J pasa gran parte de la tarde intentando agujerear el corcho con un destornillador. Y mientras esperamos que haga el milagro, hablamos de lo que estamos haciendo. ¿Estamos escribiendo? Sí y no. J está redactando una tesis de Verástegui y nos dice que Teorema del anarquista ilustrado es una gran novela y que Fata Morgana, que no es de Verástegui sino de Hinostroza, es una gran gran novela. Dos veces gran es demasiado, pienso. Creo que te gustan las novelas de poetas, le digo. Me gusta el lenguaje, dice J. C, en cambio, ha estado semanas atrás en Guadalajara, donde ha visto a medio mundo de la República Letrada. Por allí andaban Fresán y Zambra. Y en fin, que no se ha tomado ninguna foto y le digo que, en los tiempos modernos, eso es un error. Que si no te tomas al menos una foto en la FIL de Guadalajara es como si no hubieras estado allí. Y es entonces que C confiesa su poco talento para las relaciones públicas y la autopromoción. Que no está mal, hombre, que no está mal, nadie es perfecto, le digo. J, que ha preferido hundir el corcho del Chapoutier en lugar de agujerearlo, dice que ahora, en el mundo hipermoderno, escribir es el requisito más indispensable para destacar. Lo importante es establecer una red de contactos (reseñistas, editores, periodistas, escritores, libreros, organizadores de eventos) y quedar bien con todos. Era lo que menos hacía Bolaño, dice J. Y agrega: aunque quizá Bolaño atacaba a medio mundo porque era demasiado temerario o demasiado consciente de su talento o ambas cosas a la vez. Pero la pregunta inicial era: ¿estamos escribiendo? Sospecho que C está en medio de una novela pese a que diga que está retocando unos cuentos. Yo, en cambio, me amparo en la prosa semanal de estas columnas y puedo decir que sí, que estoy escribiendo (en términos generales). Al caer la noche, nos despedimos sin haber bebido una gota de ese Chapoutier. En la residencia de mis tíos apenas hay mesas y sillas y algunas camas. Una casa de playa en toda regla. Aquí han de llegar algunos familiares para celebrar el Año Nuevo. Al día siguiente, muy temprano, reviso el celular y me entero de que C ha sido nominado a unos premios que tienen cierta importancia, pero donde se valora más la popularidad que el talento. Y en ese instante imagino a C en medio de su alegría y también de su encrucijada. La autopromoción, pienso. Las relaciones públicas, pienso. La va a tener difícil si quiere ganar ese premio, pero dudo que quiera. C no se mueve en el plano de lo extraliterario y, por lo tanto, es una de las pocas personas a las que yo llamaría escritor.

viernes, 27 de diciembre de 2019

Cuestionario básico para periodistas en apuros


¿Cómo inició su pasión por las letras y la literatura? ¿Podría hablarnos sobre su nuevo libro? ¿Cuánto tiempo le tomó escribirlo? ¿Cómo se le ocurrió la trama? ¿En qué se inspiró? ¿Cuál es el mensaje de su novela? ¿Cuáles son sus principales influencias literarias? ¿Pueden competir las novelas con las series de Netflix? ¿Cómo podríamos hacer para que los niños y adolescentes se acerquen más a la lectura? ¿Su novela está basada en hechos reales? ¿Cuáles son sus expectativas respecto a esta nueva publicación? ¿Lo que usted escribe se podría catalogar como autobiográfico? ¿Qué experiencias personales están dentro de su libro? ¿Qué libros de autores peruanos nos podría recomendar? ¿Cuál es su libro de cabecera? ¿Lee en Kindle o prefiere el papel? ¿Cómo se gana la vida? ¿Qué consejo les daría a los autores que recién están comenzando? ¿Le tiene miedo a la hoja en blanco? ¿Cómo afronta el bloqueo literario? ¿Se siente más cómodo escribiendo poesía o narrativa? ¿Cuál es la relación que usted encuentra entre el periodismo y la literatura? ¿En qué proyectos viene trabajando? ¿Cuál es el título de su próximo libro? ¿Qué se necesita para escribir? ¿Dejaría de escribir si se ganara la lotería? ¿Cómo es su proceso de escritura? ¿Practica algún ritual antes de escribir? ¿Sabía que Harold Pinter se comía una sandía entera antes de comenzar a escribir? ¿Existió realmente un boom latinoamericano o solo se trató de una exitosa estrategia comercial? ¿Quién cree que debería ser el próximo Ministro de Cultura? ¿Cuánto tiempo cree que durará la actual ministra en el cargo? ¿Escribe a mano o directamente en la computadora? ¿Se puede vivir de la literatura? ¿Ya le pregunté cómo se gana la vida? ¿Para quién escribe usted: para la academia o para el gran público? ¿Seguro que no desea decirme el título de su próximo libro? ¿Por qué miente en las entrevistas? ¿Comanda usted algún pelotón en el Vraem? ¿Ha pensado retomar el tema de su primer libro? ¿Cree que existe una mafia o argolla literaria? ¿Nos podría dar algunos nombres? ¿Teme por su vida luego de las reseñas negativas que publica? ¿Sale a la calle con chaleco antibalas? ¿Cuál es el autor más sobrevalorado de la literatura peruana actual? ¿Cuál es el autor menos valorado de la historia de la literatura peruana? ¿No me quiere decir el título de su libro porque tal libro no existe o se trata de una de sus tantas cábalas? ¿Fuma mientras escribe? ¿Tabaco? ¿Son importantes los premios literarios para la carrera de un escritor? ¿Por qué dice que no existen escritores sino autores? ¿Qué libro se llevaría a una isla desierta si tuviera que elegir solamente uno? ¿Por qué escribe?

jueves, 19 de diciembre de 2019

Un solitario fiscal en Trujillo

Una agradable sorpresa me he llevado al ver Casos complejos, la última película de Omar Forero. Y ya estamos algo tarde, nada menos que diciembre, para sentir en el pecho (o donde a uno se le antoje) buenas impresiones. En fin, que me ha gustado (no toda, pero sí en gran parte, y antes que me líe, me explico).

La historia cuenta la desarticulación de una red de corrupción y crimen organizado en Trujillo. El encargado de esta labor será un valiente fiscal apellidado Bardales que, junto a un equipo bastante joven, irá tras la pista de una banda de delincuentes llamada Los Iracundos.

(Cabe agregar aquí que esta historia tiene un ingrediente real, pues las acciones del protagonista están inspiradas en las del fiscal William Rabanal Palacios, quien hace algunos años fue titular de la Fiscalía Especializada en Casos Complejos. Rabanal fue el responsable de desarticular numerosas bandas que asolaban La Libertad).

La cinta de Forero logra plasmar muchas de sus buenas intenciones. Hay un tono lírico y pausado que uno jamás pensaría encontrar en una cinta de corte policial. Un tono adecuado, diría yo, que construye imágenes cargadas de poesía, como la parte en la que dos chicos están fumando marihuana y el espectador se entrega a la lenta contemplación de la vida y la muerte. Una escena de lo más sublime, sin duda.

El guion es quizá lo más valioso de este filme. No existen puntos muertos y las situaciones se suceden unas tras otras con urgencia y naturalidad. Esto que ha logrado Forero es el ritmo. Alternar la violencia y la calma, la acción pura y los detalles, las explicaciones necesarias y los silencios.

Hay, no obstante, imperfecciones notorias en la película. La musicalización no siempre sintoniza con lo que vemos. Sin quererlo, en algunos pasajes la música subraya el drama o vuelve paródicos los momentos más solemnes. Por otro lado, los actores son amateurs (de hecho, el fiscal Bardales está interpretado por un pintor) y, en consecuencia, son notorios el artificio y la impostura.

Fuera de estos deslices, la historia que más cautiva y la que tiene los elementos más finos es la de Yónatan, el joven sicario que pertenece a Los Iracundos. Sobre este personaje sí hubo un mayor tratamiento. Es notable la complejidad narrativa con la que Forero decide contar la historia de este muchacho y la profundidad psicológica que le otorga. 

Casos complejos es una película que toca un tema puntiagudo y que, ante un examen riguroso, se podría decir que sale bien librada. La ha tenido difícil en su paso por Lima, con horarios mezquinos y muy pocas salas. Vale la pena.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Un granito de mostaza y otros cuentos reaccionarios

A los autores que no se toman muy en serio, yo me los tomo muy en serio. Juan Carlos Nalvarte Lozada (Arequipa, 1991) es uno de ellos. He leído hace poco Un granito de mostaza y otros cuentos reaccionarios (2019), su más reciente libro, y he tenido la impresión de estar frente a un narrador al que solo le interesa escribir muy bien y parodiarse a sí mismo y seguir escribiendo bastante bien. En resumen, Nalvarte se ríe de él y se ríe de todos. Ha entendido de qué va esto que llamamos literatura.

En los paratextos de este conjunto de relatos breves encontramos el tono en que están escritos. Dice Andrea, la esposa del autor, en la contraportada: «Asquerosamente heteropatriarcal. ¿Para eso me esfuerzo en cocinarte?». Con un blurb así uno dice de inmediato: tengo que robar este libro y leerlo. A mí me lo obsequiaron.

El humor en literatura es —atención con la ironía— un asunto muy serio. Quizá solo existe un reducido grupo de seres destinados a escribir en clave de humor y sin mucho esfuerzo, y con este libro me ha quedado claro que Nalvarte es uno de ellos. Lo que él hace aquí solo se lo he visto a Sławomir Mrożek, que ya es decir bastante. Despliega un humor ingenioso y disparatado, y, además, trabaja el absurdo con una maestría perversa (hay un cuento verdaderamente desternillante en el que dos republicanos de la guerra civil española empiezan a amedrentar a una pintura del Sagrado Corazón de Jesús).

Son muchos los aciertos de estas narraciones breves, pero esos méritos quedan opacados ante las erratas con las que el lector se topa cada tanto. Este es un libro autoeditado, ojo. Sé que Nalvarte tuvo una mala experiencia con su primer libro y que de allí en adelante ha optado por la autoedición, con todo el riego que esto implica. Y aquí, estimo, el riesgo ha sido mayor porque si se hubieran suprimido algunos cuentos y corregido todos los vicios del lenguaje que aparecen en estas páginas, el resultado habría sido más que notable. Pese a esto, en este conjunto de relatos puede apreciarse el oficio que sus tres anteriores publicaciones le han otorgado a Nalvarte.

Otro punto a destacar es el eje temático en el que gravitan sus historias. Aquí, el autor se arroja sin el menor temor a parodiar el mundo actual (un mundo plagado de activistas del medio ambiente, hombres transespecies y asambleas supremas que controlan nuestras vidas bajo determinadas ideologías). Todos sus personajes son seres desencantados con el mundo en el que viven y que, lejos de rendirse, hacen el mayor esfuerzo por adaptarse a él.

Juan Carlos Nalvarte Lozada ha escrito un libro simpático que casi no ha publicitado en ningún medio. Quizá le gusta pasar desapercibido, pero yo digo que es justo darle una oportunidad y seguirle la pista.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Desestímulos del Ministerio de Cultura


El lunes 25 de este mes fue la ceremonia de premiación de los Estímulos Económicos para la Cultura. Estos premios son las migajas que da el Ministerio de Cultura a los que hacen arte en este país. (Producir arte cuesta. Las películas no caen del cielo ni los libros aparecen de pronto en los escaparates).

En fin, que a los premiados ya los conocíamos por una resolución directoral que el mismo ministerio emitió el 25 de septiembre, y allí figuran —porque aún aparecen en internet— dos proyectos de las editoriales Animal de Invierno (El triángulo de abajo, de Luis Francisco Palomino, y El inmenso desvío, de Juan Carlos Cortázar) y Colmillo Blanco (¿Por qué estamos locos?, de Carlos Fuller, y Cuadernos de Horacio Morell, de Eduardo Chirinos). 

Sin embargo, un día después del fallo alguien se comunicó con las editoriales mencionadas para decirles algo así: «Hola, somos el Ministerio y les tenemos una mala noticia: hemos leído mal nuestras bases y nos hemos dado cuenta de que vamos a tener que retirarles un premio porque no pueden recibir dos». Y claro, a esas alturas los ganadores ya habían festejado o anunciado su victoria, y el ministerio, en lugar de asumir su error y hacerse cargo y premiar a todos, les dijo a estas editoriales que escojan qué proyecto querían ver financiado, y, ante el absurdo, las editoriales dijeron algo así: «Mejor decídanlo ustedes, pues, a fin de cuentas, este problema no lo hemos iniciado nosotros». 

Al respecto, las bases no son claras. Cito con erratas: «Los Postulantes pueden uno o más proyectos por categoría. Sin embargo, no se beneficiará a más de un (1) Proyecto del mismo postulante en el presente concurso. Si bien un mismo postulante puede participar en todos los concursos convocados, no se beneficiará a más de dos (02) proyectos del mismo postulante […]». 

Repito: no se beneficiará a más de un proyecto y, al mismo tiempo, no se beneficiará a más de dos proyectos del mismo postulante. Menudo lío. Por tanto, se entiende el enojo de Palomino, quien se ha manifestado por redes (el pasado viernes 22 se resolvió premiar a Cortázar y a Chirinos). 

Es inaceptable que una entidad del Estado, además de organizar un concurso como quien realiza una tómbola, tome a la ligera este asunto y maltrate a los autores premiados (pusieron a competir a Palomino con un autor de trayectoria como Cortázar, y a Fuller con Chirinos, que está muerto). 

Pero, más allá del abuso, esto deja claro que para el Ministerio de Cultura los escritores y las empresas editoriales jóvenes son poquita cosa. Me pregunto si el desdén hubiera sido el mismo con una editorial grande (Penguin Random House ganó el año pasado un estímulo para publicar La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez).

Pese a todo, confío en que las primeras novelas de Palomino y Fuller verán la luz y que el agravio pasará y cicatrizará como la herida que te ocasiona un dios malévolo y torpe: yo soy el Ministerio, te doy y te quito un premio.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Imagina el mundo

Imagen tomada de aquí.

Rodrigo Fresán dijo hace muy poco, a propósito de la publicación de La parte recordada, que el miedo mayor de un escritor es que dejen de ocurrírsele cosas «porque la escritura no es más que transcripción». El año pasado, Hugo Alconada le hizo a Arturo Pérez-Reverte una de las mejores entrevistas que yo haya visto nunca y el autor de Sidi confesó lo siguiente: «A mí no me gusta escribir, a mí me gusta imaginar». Y, segundos después, agregó que le molestaba «el acto mecánico de escribir». De esto, y casi sin querer, hemos hablado hace unas semanas Johann Page y yo durante una mesa organizada en el marco del Hay Festival de Arequipa.

En el conversatorio, Page dijo que, luego de la publicación de Los puertos extremos, su primer libro, había dejado de escribir por muchos años. Esto, nada más escucharlo, me pareció inaudito, al punto que le pregunté cómo era posible que hubiese dejado de escribir y que, en mi caso, me parecía peligroso dejar de hacerlo, porque la escritura es un fuego que temo que se apague el día que yo le otorgue vacaciones al acto de juntar letras.

Page puso en duda lo que había afirmado hacía un instante. Dejar de escribir. No, en el fondo nunca dejó de escribir. Lo que hizo fue privarse de colocar palabras sobre el papel. Abandonó la materialidad de la escritura, pero jamás dejó de elaborar historias en su cabeza. 

Tanto Fresán como Pérez-Reverte confirman que la materia prima de la escritura es la imaginación (Fresán va más allá y le añade a esta el sueño y el recuerdo). Lo demás es convertir en lenguaje escrito aquello que uno inventa en la mente. La literatura como tal es entonces la concreción del desvarío. El escritor muere cuando abandona los juegos mentales. Para decirlo con claridad: escribir sin imaginación es redactar.

Ha sido interesante y fructífero hablar con Page porque también me hizo reflexionar sobre las condiciones de producción de los escritores. Page creía que lo único que se necesitaba para escribir era una silla (pero una buena silla, ojo), hasta que se enteró de que Ernest Hemingway escribía de pie. Uno pensaría que solo hace falta una laptop conectada a internet, hasta que descubrimos que Jonathan Franzen vive (y escribe) totalmente desconectado de la red. En ambos ejemplos tenemos la misma imagen: un tipo abandonándose a la soledad de una habitación en donde solo existen una mesa, una silla, una computadora y un razonable silencio. 

En el Hay Festival de Arequipa se ha celebrado la imaginación y el diálogo, y he sido testigo de lo saludable que resulta juntar a distintos creadores para que convivan durante cuatro días e intercambien ideas y se dirijan hacia un público amplio.

Lo fascinante es el hálito de esperanza que lo envuelve a uno al salir de eventos como este. Sin embargo (y felizmente), aún queda mucho por imaginar. Demasiado, diría yo. Todo un mundo. Un mundo nuevo.