jueves, 25 de marzo de 2021

Caperucita se come al lobo

Mientras esperamos a que Los abismos aterrice en nuestras librerías locales, aquí han tenido a bien reeditar Caperucita se come al lobo (La Travesía Editora, 2021), extraordinario libro de cuentos de la autora colombiana Pilar Quintana.

Ocho cuentos trae este libro. Narraciones cortas y muy bien logradas. Quintana reina en la brevedad porque es consciente de las limitaciones espaciales del género. Traza en pocas líneas un ambiente y su tensión. En apenas cuatro páginas concentra un universo que es, en muchos casos, perturbador y animal.

Quizá la principal característica de estos relatos es su descarnado salvajismo. Quintana nos revela, en algunos de ellos, el lado más pasional de las relaciones de pareja. Y lo que llama la atención es que lo hace sin muchos adornos ni rodeos. En otros relatos prima la brutalidad del ser humano (un lado cruel que, bajo la pluma de esta autora, surge espontáneo). Algunas escenas son chocantes y es allí cuando percibimos que Quintana ha dado en el clavo: nos ha remecido por dentro.

Para quienes buscan un libro de cuentos orgánico, hay que advertirles que este no lo es (y esto no es un demérito). Sucede que, como dijo una o varias veces Alberto Olmos, los críticos se empeñan en que los libros de cuentos sean unitarios, reclamo del que está exento la novela, pero ese tema ya nos aleja de esta reseña.

La disparidad de estos cuentos es quizá lo que más me ha agradado del conjunto, pues la autora se permite alternar la violencia rotunda de sus relatos con otros, en apariencia, más sutiles. De hecho, el libro cierra magistralmente con un cuento surrealista titulado «Hasta el infinito», y que funciona como remanso ante el alud de explícita ferocidad a la que nos hemos visto expuestos.

También hay que destacar, como ya se puede adivinar desde el título, que hay una magnífica reescritura de una narración anclada a la tradición popular. Esto nos lleva a poner énfasis en otro relato, quizá uno de los mejores del libro: «El estigma de Yosef». Aquí un episodio bíblico es readaptado por la autora colombiana, con un resultado que es más que satisfactorio.

 Demás está manifestar que hay que leer estos cuentos no solo por su ostensible calidad literaria, sino también porque representan una buena oportunidad para acceder al mundo edificado por Pilar Quintana, un territorio que no es para nada agradable pero con el que hay que lidiar.

jueves, 28 de enero de 2021

Los palimpsestos

Hay novelas que suelen usar el disfraz del absurdo y el humor para plantearnos agudas reflexiones. Los palimpsestos (Editorial Minúscula, 2015), de Aleksandra Lun, es una prueba de esto.

Para empezar hay que decir que el libro de Lun es desternillante. Es imposible parar de reír debido a todo lo que le ocurre a Czesław Przęśnicki, el protagonista, quien afirma ser un «escritor fracasado» y que, además, está internado en un manicomio en Bélgica recibiendo una terapia de reinserción lingüística. Przęśnicki sufre del síndrome del escritor extranjero. No desea escribir en polaco, su lengua materna, sino en antártico, el idioma ficticio que aprendió durante su estadía en la Antártida.

A partir de esta premisa se desarrollan situaciones delirantes, pero se insertan, siempre desde la parodia, profundos cuestionamientos. ¿A quiénes les pertenece un idioma? ¿A los hablantes nativos o también a los que llegan a él de manera azarosa? ¿Quiénes están autorizados a escribir en determinada lengua? ¿Es antipatriota que un escritor abandone su lengua materna para refugiarse en una extranjera? ¿A qué cultura pertenece un autor nacido en Rumania pero que desarrolla su obra en francés?

Desde luego, en el manicomio se combate el mencionado síndrome, y es aquí cuando la trama se torna aún más disparatada porque en sus páginas desfilan los grandes exponentes de la inmigración lingüística. A saber: Samuel Beckett, Joseph Conrad, Agota Kristof y Vladimir Nabokov, entre otros.

Es justamente Nabokov quien desliza una de las comparaciones más sublimes para explicar la sensación de huir de una lengua para adoptar otra: «Yo fui trilingüe desde niño. Pero pasar de escribir en ruso a escribir en inglés fue muy doloroso. Como si volviera a aprender a agarrar objetos después de haber perdido siete u ocho dedos en una explosión». La imagen es magistral, no me lo van a negar.

Por otro lado, y este no es un dato menor, Aleksandra Lun nació en Polonia pero escribió esta novela en español. De esta manera se puede inferir que el asunto del libro —su primer libro, cabe aclarar— es el fruto de su experiencia como escritora que huye de su lengua materna para tomar asilo en la nuestra. El resultado es una novela que poco a poco va ganando lectores y buena crítica (ha sido traducida al inglés, francés y neerlandés). Dicho esto, no es exagerado afirmar que el libro de Lun se va convirtiendo en una lectura indispensable.

jueves, 31 de diciembre de 2020

Magistral

Magistral (Jekyll & Jill, 2006), de Rubén Martín Giráldez, es un libro raro, rarísimo. Literatura experimental, le llaman. Y ante el experimento solo cabe la unanimidad: o se le repudia o se le idolatra. O se le rechaza de inmediato o, con la misma inmediatez, se le coloca en un pedestal.

¿Y de que va un libro tan raro como este (si es que los textos experimentales pueden resumirse)? Dicho de manera simple, el asunto del libro es el lenguaje. Desde el inicio se anuncia la inutilidad del castellano. El narrador se pregunta: «¿Para qué voy a seguir dejando por escrito este idioma melancólico, una lengua que ha perdido toda tenacidad?». Y luego propone que «a lo mejor deberíamos ir pensando en cambiar algunas cosas, en cambiar lo que ya no sirve. Tal vez sea hora de cambiar de idioma».

Si no resulta muy enrevesado, y a efectos de esta reseña, hay que decir que existe un segundo Magistral que se menciona en el libro y cuyo autor es el narrador. Este, sin pudor alguno, lo califica de obra maestra porque, entre otros atributos, marca el final de la literatura escrita en castellano. Este libro, lo dice el narrador, es un libelo que ha sido alabado por los lectores comunes y por la crítica oficial, y nos cuenta que «en las presentaciones todos compraban Magistral, lo empezaban a leer allí mismo (...) hasta llegar a la última página». 

Volviendo al texto de Rubén Martín Giráldez, se puede decir que su libro aborda al castellano como tema central: sus usos y carencias, su inferioridad con respecto a otras lenguas, su insalvable decadencia, la necesidad de encontrar otra cosa que lo sustituya.

Por eso el narrador confiesa que está encerrado en una «Boca Norteamericana de la que pretendía llevarme la lengua». Ha hurgado aquí y lo que ha descubierto es una novela superlativa: Notable American Women, de Ben Marcus. Su fascinación por lo escrito por Marcus lo lleva a reproducir extractos de esa novela (portada, contraportada y algunas páginas aleatorias).

Existe también una inquietud sobre los límites del lenguaje que entraña una reflexión sobre la traducción (dicho sea de paso, Rubén Martín Giráldez es un experto traductor). En estos pasajes, Magistral se emparenta con el ensayo literario, aunque también existen partes que lo acercan a la poesía en prosa. 

Como catador de venenos, mi sentencia es que vale la pena sumergirse en este psicodélico libro.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Panza de burro

Hay una expectativa alta en los libros que tienen resonancia en redes sociales. Son libros que, de a pocos, van ganando una visibilidad que es anterior a su consagración en los medios tradicionales. Un ejemplo de esto es Panza de burro (Barrett, 2020), la primera novela de Andrea Abreu.

Lo que se narra aquí es, en pocas palabras, la amistad entre dos niñas. En pocas palabras porque, claro está, este libro es mucho más. Es un poema salvaje cuya historia es contada por una de estas pequeñas. Lo que ella nos dice se centra en su mejor amiga, Isora, a quien idolatra y tiene como modelo («yo quiero ser como ella, tan echadita palante, tan sin miedo»).

En sus primeras páginas, Panza de burro parecería el simple anecdotario de una niña en un pueblecito de Islas Canarias, y, llegado a este punto, el lector podría experimentar cierta decepción si se toma en cuenta que el libro de marras ha granjeado excelentes comentarios.

No obstante, pronto uno se va sumergiendo dentro de un lenguaje. Abreu se ha dado el trabajo de edificar un mundo a partir del habla canaria, y es entonces que la novela resulta envolvente. Asimismo, la historia de amistad entre las dos niñas (la narradora e Isora) se va tornando cada vez más estrecha. Hay además un despertar sexual que no es nada sutil, sino feroz, y que cobra tensión a medida que la novela avanza.

Otro acierto del libro es el contexto temporal en el que está inscrito porque conecta con determinado público. La autora, nacida en 1995, nos cuenta una niñez decorada por un programa de mensajería instantánea (el «mésinye», que es como llama la narradora al antiguo MSN), una telenovela (Pasión de gavilanes) e incluso canciones de bachata (de Aventura, para ser más precisos). Es decir, los elementos con los que se formó una parte de la generación milenial.

Sin duda, lo que más agrada del libro es el tono lírico que adquiere por momentos y que discurre con una portentosa naturalidad: «isora tenía los ojos verdes como un verdino verde como una mosca en agosto sobre el bocadillo de salpicón de atún en la playa de teno (…)».

Hoy Panza de burro ya es un fenómeno editorial con más de 20 mil ejemplares vendidos. Ha cumplido de sobra las expectativas que las redes sociales sembraron en ella y esta reseña no tiene más que agregar.

lunes, 5 de octubre de 2020

El fuego de cada día

Editorial Hipocampo ha tenido a bien publicar un conjunto de cuentos titulado El fuego de cada día: nuevas violencias. Antología de narrativa peruana última. Nada me alegra tanto como aparecer aquí, acompañado además por tan buenas plumas. Se ha incluido, por cierto, un interesante prólogo escrito por Juan Manuel Robles. Habrá versión impresa, pero por el momento se puede descargar entrando a este enlace:

http://www.hipocampoeditores.com.pe/muestras/

jueves, 21 de mayo de 2020

Alegría


Lo conocí muy poco —con lo poco que se puede conocer a alguien en las salas de espera de los aeropuertos, durante los vuelos o en las sobremesas—. En realidad, creo que lo conocí un poco más de lo que imaginaba.

El día en que nos reunieron a los ganadores del premio, se le veía muy contento. Feliz. Pero con esa felicidad natural del alma que es independiente de la suerte que le toca a uno, de tal manera que podría habérmelo cruzado bajo otra circunstancia y lo hubiera visto o percibido igual de feliz. En el breve tiempo libre que tuvimos durante la sesión de fotos de los ganadores, conversamos sobre el poder. Su libro —aún inédito en ese entonces— tocaba ese tema, y yo, que lo he estudiado aunque desde otra perspectiva, estaba particularmente interesado.

Más tarde, cuando nos encontrábamos haciendo las primeras presentaciones de los libros ganadores, me dijo que presentar un libro ante un auditorio y hablar de él le parecía la cosa más extraña del mundo. Quizá un acto absurdo. Es como hablar de una película sin que el resto la haya visto, me dijo. Y agregó que los libros deberían presentarse quizá luego de un año de impresos y distribuidos, cuando ya han conversado con la sociedad, cuando ya se puede hablar de ellos con un mínimo de conocimiento.

En las sobremesas que compartimos lucía como un tipo alegre. Feliz. Y acompañaba su felicidad con una botellita de cerveza. Solo una. Y nos decía —porque hablaba para todos los que estábamos en la mesa— que en Alemania, donde vivió, muchos tenían un problema con la bebida, a tal punto que esos muchos se veían obligados a beber cerveza sin alcohol. Pero esas eran anécdotas intrascendentes. Estuvo en Alemania cuando cayó el muro de Berlín.

Alguna vez, en un taxi, y debido a un tema que venía investigando, le pregunté sobre los métodos de tortura que se aplicaron en Latinoamérica. Mencionó, entre otras cosas, el manual KUBARK. Aquí el gesto se le volvió sombrío. Participó en las investigaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Interrogó a altos mandos de la Marina y su labor era pescar las incoherencias en sus relatos, que las había y muchas.

La última vez que conversé con él fue durante un festival. Se le veía muy alegre. Feliz. Con esa felicidad que nos genera el hecho de comprobar que las cosas que deseamos se van cumpliendo.

Ciro Alegría Varona falleció el domingo pasado. Creo que lo admiré más de lo que imaginaba.

jueves, 12 de marzo de 2020

Novelas por WhatsApp


Estoy algo escandalizado. B me ha dicho que está escribiendo una novela por WhatsApp. Esto quiere decir que, en lugar de utilizar un procesador de texto común y ordinario como Word, B ha creado un grupo de WhatsApp (donde ella es la única integrante) para escribir allí su novela.

Todo comenzó, me cuenta B, el día que fue a su cita con el dentista. Esa mañana le comunicaron que tenía que esperar. Y B desesperó. No había llevado nada para leer y en su celular no tenía acceso a internet para distraerse revisando las redes sociales. Estaba comenzando una nueva novela (tiene una ya publicada) y pensó que sería una buena idea apuntar algunas cosas en WhatsApp.

Pero lo que comenzó como una simple anotación, al poco rato se convirtió en una narración fluida. B estaba escribiendo el tercer capítulo de su novela allí, en su celular, con una concentración que solo nace cuando el océano de palabras que tienes en la cabeza pugna por escapar de ti para convertirse en lenguaje escrito.

B me contó que no le fue difícil hacer a un lado la escritura que antes ejecutaba desde de la laptop. Y en este punto creo entender el motivo. El celular es una computadora que uno lleva en el bolsillo y con la que muchos pasan gran parte del día. El celular es ya una extensión más de nuestro cuerpo.

A este respecto debo aclarar que B no ha abandonado por completo a su laptop, pero ha reducido considerablemente su uso. Apenas la utiliza para editar y corregir y pulir lo que ha escrito por WhatsApp (esta, en realidad, es la labor de la escritura en sí: corregir y corregir). Para lo otro, para el caos de palabras que surgen cuando uno se mete de lleno en el oficio de escribir, usa solo el celular. Y así ha avanzado un gran tramo de su novela. Quizá, me confiesa, ahora escribe más que antes. En todo momento y en lugares impensables.

Decía que esto me escandaliza porque, en lo particular, encuentro un poco extraño que alguien utilice el celular para hacer literatura. Sin embargo, se sabe que renombrados escritores como Ricardo Sumalavia o Mario Bellatin han escrito algunos libros usando estos aparatos.

A lo mejor el anticuado soy yo, quien aún está anclado a resolver la escritura en un cómodo escritorio y con ambas manos tendidas sobre el teclado, como si fuera un pianista. Aunque, ahora que lo pienso, ¿no es más cómodo estar recostado en el sillón y escribiendo con los pulgares? Escribiendo esta columna, por ejemplo.

jueves, 5 de marzo de 2020

Clase maestra

En una entrevista a propósito de Opus Gelber. Retrato de un pianista, Leila Guerriero afirmó que «el periodismo narrativo no se puede hacer sentado en una redacción doce horas al día y haciendo entrevistas por teléfono». El periodismo, en efecto, es hacer calle, salir, ensuciarse los zapatos. Ya luego, como consecuencia de la constante aventura, uno llega a tener calle.

Luis Miranda tiene mucha calle y pluma rigurosa, de cirujano. La editorial Colmillo Blanco le reeditó el año pasado El pintor de Lavoes y otras crónicas.

Si queremos resumirlo, este libro es una clase maestra de crónica periodística. En pocas páginas, Miranda nos demuestra que es un excelente cazador de historias. Su osadía y buen olfato lo han llevado a lugares llamativos, como una discoteca donde miles de muchachos se reunían para bailar tecno o a las zonas más peligrosas de un distrito para seguirle la pista a un hosco grafitero.

Miranda domina el lenguaje y con este captura la esencia de las calles y los seres que las habitan y nos entrega personajes deslumbrantes, a los que uno puede oler y escuchar mientras se sumerge en este universo. En el prólogo de esta edición, y refiriéndose a las páginas donde aún perviven sus propias criaturas, Miranda expresa así el logro de dar vida a través de la palabra: «sus personajes siguen vivos, a pesar de que muchos estén muertos».

Al leer estas historias, uno puede intuir que el autor se divirtió mucho involucrándose con ellas y, posteriormente, arrojándolas sobre el papel. Su especialidad es la frase hilarante e ingeniosa. En una crónica sobre la urinoterapia transcribe un testimonio: «Un amigo dice que cada vez que toma cerveza Cristal, su orina sabe a Pilsen». También es consciente de que al lector hay que robarle la atención desde la primera línea. Una crónica sobre la compra y venta de ropa usada inicia así: «De Tacora se puede salir calato, pero también bien vestido».

Cada tanto, Miranda riega sus textos con imágenes que se le incrustan a uno en la cabeza con una pasmosa facilidad: «Una cicatriz le marca el cráneo pelado como una larga cremallera» o «ella pone carita de niño, achori, con un Hamilton colgado de la sonrisa».

¿Hay alguna norma para escribir crónicas que resistan al tiempo? Tras esta lectura solo se me ocurren dos: hacer calle y pisarle el cuello al lenguaje para que este diga lo que queremos que diga, palabra por palabra.