miércoles, 6 de diciembre de 2017

Martín Zúñiga: «Cuando uno encuentra un estilo, lo primero que tiene que hacer es alejarse de él»


Este año, y luego de un largo silencio, Martín Zúñiga (Cusco, 1982) volvió a la escena literaria con una nueva entrega: No siga ese pájaro (Paracaídas editores). Conversamos largamente con el poeta respecto a esta publicación, su visión de la poesía contemporánea y los próximos libros que viene preparando, entre otros temas.

-¿Cómo empezó a gestarse No siga ese pájaro, cuánto tiempo te demandó y cuál fue su proceso de escritura?
En el año 2011 cerré un ciclo con Cover, el libro que publiqué en ese entonces. Ese libro forma parte de una trilogía compuesta por otros dos libros más que terminé casi por la misma fecha: Gavia y Pequeño estudio sobre la muerte. En ese momento el proceso comenzó con alejarse un poco de la escritura de esa época, olvidarme un poco de eso, rearmarme, ampliar mis conocimientos, mis propios intereses, porque en esa época ya había dicho todo lo que quería o podía decir. A partir de ahí es que se comienza a gestar una nueva voz, un nuevo metal, como decía Pere Gimferrer, y también una búsqueda de nuevos temas. Cuando uno encuentra un estilo, lo primero que tiene que hacer es alejarse de él, renovarlo, ser consciente de que ha llegado a aprender una forma de escribir y que uno debe alejarse de esta para buscar un lugar donde no se sienta cómodo. Desde el momento en que un escritor se siente cómodo en lo que hace, ya no crea: solamente se repite. Ese fue el proceso de gestación. Hace dos años me interné en la selva como parte de un proyecto de reforestación en Puerto Maldonado y esa experiencia alimentó una visión nueva de las cosas que era la que estaba buscando. A partir de allí empecé a trabajar nuevos textos, los cuales son la semilla de este libro y de un par de libros que vendrán más adelante.

-Tu libro aborda muchos temas y me ha gustado que en muchos de ellos esté presente la relación entre las nuevas tecnologías y el hombre. ¿Qué es lo que te motivó a abordar este vínculo?
Creo que estamos en el amanecer de una época de cyborgs. Suena todo lo fantasioso que quieras, pero, por ejemplo, hoy en día ya no podemos vivir sin el celular. Es como una extensión más de nuestro cuerpo. Es algo que día a día está más presente en todos nosotros, en nuestras relaciones humanas, en nuestra forma de concebir el mundo. Por eso, una parte del libro se llama «Mecanismos de cooperación». Para mí el arte es un mecanismo de cooperación porque se construye entre todos como lenguaje. El lenguaje no existe si no hay un otro al cual enviarle el mensaje. Sin eso no hay posibilidad de lenguaje, de comunicación propiamente dicha.

-Me llama particularmente la atención la estructura del poemario. Parece que contiene tres libros distintos. (Incluso podría haber un cuarto libro si tomamos en cuenta los «fragmentos» que están dispersos a lo largo de todo el texto). ¿A qué se debe esta arquitectura?
La última parte que da título al libro fueron los primeros poemas que trabajé y que en el Copé anterior de poesía recibieron una mención honrosa, pero en base a eso estuve trabajando a la par las otras dos partes. Por un lado, los «Mecanismos de cooperación» son textos exploratorios y la parte de las «Conjeturas» se deben también al tono lírico que tiene la última parte. Pero, sobre todo, son una exploración acerca de qué es un poema. Borges decía que todo arte es conjetural en el sentido de que crea una conjetura sobre una posibilidad del mundo. Muchos de los textos del mismo Borges o de Eielson son la práctica de esa posibilidad en diferentes registros o las diferentes variables que pueden resultar de eso. Es casi «científico». Estos poemas que nacieron indistintamente en diferentes momentos eran como un arte poética: ¿qué se puede hacer con la poesía?, ¿qué es la poesía? De eso trata «Mecanismos de cooperación» y «No siga ese pájaro». Los «fragmentos» fueron diferentes textos que nacen de lecturas de autores diversos a partir de temas particulares. Estos surgen del registro de un mensaje en algún tipo de soporte. En una pared, en la combi, en un libro o lo que sea, porque también el soporte de lo escrito le da una nueva significación al texto, lo resignifica de alguna manera. No es lo mismo un grafiti en una pared que colocado dentro de un cuadro en una galería. El soporte va a cambiar el sentido.

-Esto quiere decir que no hubo una estructura previa planteada sino que esta se fue armando durante la escritura del poemario.
Exacto. El libro ha pasado por varias versiones hasta llegar a esta. Muchos textos han cambiado en ese proceso. La mayoría, en realidad, ha quedado esbozada tal como estuvo planteada al principio de su escritura. Por ejemplo, los últimos cuatro o cinco textos del libro son homenajes a la poesía peruana. Están allí José Watanabe, Enrique Verástegui, Antonio Cisneros, Martín Adán, Enrique Peña Barrenechea, etcétera. Así fueron planteados desde el inicio. Son homenajes a la lírica peruana.

¿Por qué optaste por insertar una intertextualidad bastante lúdica en el libro?
Esto fue para darle un una columna vertebral al texto porque el libro no propone temas; no me interesa hablar sobre el amor sino explorar las posibilidades que un tema como el amor puede abrir. Y esa es la esencia del libro: es un libro exploratorio, casi ensayístico. Un amigo me dijo que estos escritos son ensayos en versos. Para mí la poesía a está más afín al ensayo (como un texto exploratorio) que a la narrativa o la ficción. Hace poco alguien me pidió que describa el libro en tres o cuatro líneas y le dije que se trata de un libro de no ficción. No es un poemario porque hay una diversidad de textos que no son poemas. Las personas suelen utilizar el término poema para encasillar textos que les son difíciles de leer o para aquellos textos que les parecen bonitos porque les causan alguna moción. En este sentido, no sé qué tanto se ajuste el término de poema. No obstante, si tú abres el término de poema se abren también muchas otras variables. Un ensayo puede ser un poema, como lo demuestra Anne Carson. Un cuento puede ser un poema. Una prosa puede ser un poema, como lo demostró Baudelaire. Entonces sí es un poemario en ese sentido, pero no creo que la poesía sea un texto de ficción. Para mí está clasificada dentro de la no ficción.

-¿Crees que la crítica le da una justa valoración o visibilidad a las últimas publicaciones en el campo de la poesía?
No. La verdad es que la producción de poesía en el Perú, de todos los estilos y en todas la regiones (y no solo de poesía, sino de literatura general), ha sobrepasado a los medios de comunicación. Hay muchos más escritores, hay bastantes editoriales, hay mucha gente trabajando en la industria del libro, pero los libros a veces no llegan al gran público porque el medio o el canal es como un cuello de botella en donde solamente pasan algunos pocos. Hay mucha literatura que se está produciendo hoy en el Perú, pero, a pesar de que los medios son un cuello de botella, el gran público consumidor existe y esto lo demuestra la Feria del Libro de Lima.

-Yo concuerdo contigo, pero en un escenario incluso favorable percibo que siempre la narrativa tiene la mayor vitrina. 
Sí, porque la narrativa es mucho más «fácil». Es un texto que no le presenta tantos problemas al lector. Por lo tanto, a las industrias editoriales les suele ser más rentable. La poesía necesita un lector que se dé el trabajo de leer, no que sea un lector autocomplaciente o contemplativo, sino activo. La vitrina siempre va a iluminar más a lo que comercialmente puede ser más fácil de ser vendido. La novela es un producto burgués, es un producto capitalista, y siempre, dentro de estas lógicas del mercado, va a estar mucho más presente. 

-Publicaste tres poemarios en años consecutivos (2009, 2010 y 2011). ¿A qué se debió este silencio de seis años?
Estos tres libros tuvieron también unos seis o siete años de escritura en general. Apenas los tuve terminados empecé a mandarlos a concursos porque, como cualquier escritor sabe, para poder publicar aquí uno tiene que poner de su bolsillo muchas veces. En esos años yo no tenía dinero, así que los mandé a premios y felizmente resultaron ganadores y fueron publicados en años consecutivos. Luego, ya no tenía nueva obra. Lo que vino después fue una búsqueda.

-¿Sientes que en este lapso se ha forjado una nueva voz?
La etapa de esos tres primeros libros es una etapa de aprendizaje, para decirlo de alguna manera. Yo la llamaría «literatura de juventud». Luego de esa etapa ya es otro el que está escribiendo este libro, es otra persona aunque tenga el mismo nombre, es otra persona completamente distinta porque posee otros conocimientos, otras experiencias, otras lecturas, otras indagaciones, otros deseos y otras inquietudes. Hay algunas dudas que aún permanecen en mi obra porque, citando a Cisneros, las grandes preguntas celestes están siempre allí, pero ahora la cuestión es responderlas de manera distinta, y la respuesta es este libro.

-¿A qué poetas jóvenes crees que se debería prestarle mayor atención y por qué?
Hay una poeta en Arequipa que yo publiqué hace seis o siete años en una antología de poesía joven arequipeña que hice. A mí me pareció genial el registro de aquel entonces y creo que ha seguido en esa senda en sus siguientes trabajos. Se llama Ana Carolina Zegarra. Tiene un perfil muy bajo, no está en los medios. Es bastante interesante el trabajo que está haciendo y creo que ahora la van a editar en una antología de poesía Sub 25. Por ejemplo, los chicos que están metidos ahí se encuentran haciendo cosas interesantes con el lenguaje, con mejores y peores resultados. Sin embargo, lo están trabajando, están poniendo en debate lo que es el texto literario, y eso ya es muy atractivo. Hay en Cusco también, por ejemplo, poetas como Jorge Vargas prado y Pavel Ugarte que están haciendo cosas que me llaman la atención. Yo empecé a escribir, digamos profesionalmente, a principios del milenio, entre el 2001 o 2002, más o menos, y en estos quince años que han pasado desde ese entonces ha habido una miríada bastante grande de poesía. Por ejemplo, de los que comenzamos en aquel entonces, está Víctor Ruiz Velazco, Rafael García Godos, Manuel Fernández o Fernando Pomareda, que están haciendo cosas bastante llamativas y no sé si catalogarlas como novedosas, pero sí que están muy comprometidas con el hacer poético, lo cual me parece bien porque hay un riesgo en el decir, arriesgan nuevos registros, nuevos temas en general.


-¿Cuáles son tus próximos proyectos en lo que concierne a poesía?
Tengo un libro que ya está casi terminado que se llama La postcumbia. A mí la cumbia siempre me ha parecido interesante desde que la empecé a conocer y a estudiar, porque ha uniformizado de arriba a abajo y que de derecha a izquierda la cultura latinoamericana en general, y además ha sido de exportación. No hay persona que no conozca una cumbia o la haya bailado o escuchado. Es un género musical interesante. Eso por un lado, culturalmente hablando, y por el otro lado me interesa cómo genera sus temas y letras, sobre qué habla, sobre qué canta. Entrar a explorar por ahí fue fundamental para entender qué es lo que hace popular eso llamado cumbia y poder repensarla, reescribirla, reversionarla en algunos casos. Es un trabajo larguísimo. Sin embargo, hay ciertos temas símbolos que siempre van estar presentes dentro de nuestra imaginería latinoamericana. El otro proyecto está compuesto por unos textos que te terminé de escribir en la selva y que son de largo aliento. Tienen un título muy tentativo: El informe corazón de las hormigas. Estos escritos exploran la violencia en general. 

-Finalmente, y en base a tu experiencia, ¿qué tan importantes son los premios literarios para los escritores?
Son importantes porque te publican. Eso ya es genial porque no tienes que poner de tu bolsillo. Ya te ha costado la vida poder escribir. Has hecho todo ese trabajo. Has dejado tu vida familiar y personal por arriesgarte a escribir. Porque arriesgarse a escribir no son los cinco minutos en que te sientas a escribir, como decía Bukowski. Es todo un proceso de poder llegar a ese lenguaje, es un pequeño viaje de vida, tiempo y experiencia. Es como lo que decía Bolaño. En cualquier otro oficio tú trabajas ocho horas y luego puedes ser otra cosa. El policía trabaja sus doce horas en el día, luego regresa a casa, se quita el uniforme y se pone un pasamontañas y sale a robar. Ha cambiado de oficio. El escritor no puede hacerlo. El escritor es escritor mientras sueña, mientras piensa, mientras realiza su vida cotidiana. 

martes, 21 de noviembre de 2017

La noche sin ventanas

Lo de Raúl Tola puede explicarse en una sola palabra: obstinación. (En realidad, cualquier barbaridad podría escudarse en ese solo término). No le basta ser (o haber sido; no lo sé y no importa) un buen presentador de noticias, sino que además pretende, desde 1999, destacar como escritor. Pasa entonces a engrosar las filas de aquellos destinados a poseer un solo talento y hacer mal todo lo que escape de él. Digamos: gran cantante y pésimo actor, ilustre hijo y mal padre, eximio editor y deplorable poeta. Si eres bueno en algo y las cosas no te han ido bien saliendo de ese terreno, mejor quédate allí donde estás a buen resguardo. No puedes ser ambas cosas a la vez porque tu obstinación no da para tanto. No posees el talento de tener varios talentos. Y es por esto que, luego de leer La noche sin ventanas y hablando del talento, nos damos cuenta de que Tola solo tiene uno. Es solo un simpático presentador de noticias.

Vamos mejor al asunto.

Novela histórica. Dos vidas son contadas en paralelo. La de Madeleine Truel y la de Francisco García Calderón (ambas con respectivas entradas en Wikipedia). El contexto que une a estas existencias es el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Hasta aquí, todo vende: peruanos en el exilio, nazismo, guerra. Faltó sexo, es cierto, y no se lo vamos a reprochar. Tola ha sabido introducir una novela elaborada bajo una fórmula temática muy comercial (y ahora que lo pienso, solo basta ser Raúl Tola para vender novelas. En fin).

Los problemas de este autor comienzan, justamente, cuando empieza a novelar. Es decir, con la simple escritura (o séase, cuando intenta existir como escritor). En resumidas cuentas, que Tola nos exhibe toda su ausencia de talento. 

Pero antes de pasar a la disección, miremos la estructura. Uno puede notar la manera en que Tola ha dispuesto la novela: 6 partes (cada apartado dividido entre 8 y 17 capítulos). Resulta muy evidente el molde de este libro. En algún momento, luego de haber concebido el derrotero de la historia (imagino), el autor se habrá dicho: «ahora solo tengo que rellenarlo». Y vaya que lo ha rellenado. No importa con qué; eso es lo de menos (para él, se entiende). Tola solo quería superar las 400 páginas. Llegó a las 426. Más que hacer literatura, lo suyo radica en darle innecesaria obesidad a la novela (qué sé yo; para que el libro de marras no se caiga en el escaparate de Crisol, tal vez).

Y ahora dejémonos de preámbulos y entremos al relleno, porque aquí no hay desperdicio.

La noche sin ventanas es un largo reportaje. Se nota el trabajo de investigación porque Tola tiene un afán de señorito aplicado y jactancioso y que introduce hasta el más mínimo detalle de toda su vasta documentación. No es suficiente con haber pasado largas horas en la biblioteca. Hay que demostrarle al lector (considerado desde ya como un imbécil al que hay que instruir) que está ante un escritor erudito y que se ha gastado algunos años de su vida rodeado de libros y ensayos o lo que fuere para construir su novela. En consecuencia, el narrador lo explica todo. Cómo transcurrió la Segunda Guerra, cuáles fueron sus causas, la manera en que terminó. Si mira al Perú, este narrador también describe el pensamiento de la época, marcada por la generación arielista, los sucesos de la guerra contra Chile, las consecuencias de este conflicto. TODO. En lo que resta (sospecho que serán a lo mucho unas cincuenta páginas) es donde ocurre la acción. Es en este reducido espacio en el que los personajes se mueven y van resolviendo sus dilemas.

La buena fe que tuve al comenzar a leer esta novela se fue disolviendo a medida que encontraba (entre otras cosas) una narración salpicada de diminutivos. Y se terminó de disolver cuando los encontré muy juntitos en un mismo párrafo: «Estudiaba con las monjitas del colegio San José de Cluny, que la consentían mucho. Todas las tardes salía de clases con su hermana Lucha, su querida Luchita, y pasaban por la tiendecita familiar...» (p. 53). Cosas de estilo, pensé. Puede perdonarse. Pero luego me fijé en la soltura con la que este omnisciente narrador va repartiendo lugares comunes: «El otro era bajito y feísimo como un sapo...» (p. 107), «Un silencio incómodo se instala en...» (p. 151), «... pensaba que Francia debía vender cara la derrota...» (p. 244). Y, en esta misma página, unas líneas abajo: «... y le entregaba el país en bandeja de plata». Y aquí me harté de enumerar. Lo saludable habría sido dejarla a medias, pero solo mi masoquismo explica que no haya abandonado su lectura cuando encontré, también en la voz del narrador, palabras que desentonaban por completo con aquella prosa tan fría y sin personalidad (sin estilo): «... el Joven Secretario Gálvez es más bien atlético, hasta pintón...» (p. 72) o «... se cachueleaban en la Plaza del Baratillo...» (p. 158).

(Y ahora que hemos mencionado al estilo, hay que decir que Tola tampoco lo tiene. De hecho, no se esfuerza en lograr imágenes, y persiste, más bien, en un lenguaje llano y subyugado a la historia. Lenguaje funcional, le llaman. Aun así, no puedo señalar que un atributo de esta novela sea su lenguaje claro, porque si me voy a tragar poco más de 400 páginas lo mínimo que pediría es que estas sean digeribles).

Y, por Dios (ateo yo, nombro al supremo), ¡los diálogos! Todos tan triviales, gélidos, afectados, fingidos. Cuando llegué a esto tuve que decidir si debía reír o lamentarme:

«—Muchas gracias por la compañía
—De nada, ha sido un gusto. La he pasado muy bien.
—Yo también. Me he divertido mucho» (p. 116).

(Me reí).

Esta novela, como ya dije, se ha visto obligada a sufrir de obesidad. Tola no desaprovecha el subgénero y hace aparecer —sin que les saque el menor partido— a personajes como Jean-Paul Sartre, Abraham Valdelomar, César Vallejo (esposa incluida), José Carlos Mariátegui, etcétera. Entiendo que su sola mención le otorga ambiente a la novela («ambicioso fresco», dice la contraportada), pero lo intolerable es que las acciones de estos personajes sean tan banales como los diálogos y que no aporten nada a la narración.

A estas alturas nos damos cuenta de que esta novela no es tan vargasllosiana, como dijo alguien por allí en una reseña. Me cuesta creer que esa persona haya visto la sombra de Mario proyectándose sobre Tola (¡qué bueno fuera!). (Abro otro paréntesis. Respecto a la reseña a la que acabamos de hacer alusión, y que tampoco es tan difícil de adivinar, hay un velado insulto hacia el autor cuando se menciona que este es su mejor libro. Es como decir que los mejores goles de un extranjero en Primera División los marcó el 'Checho' Ibarra).

Sigamos.

Tola es torpe cuando introduce cambios de tiempo en la narración, y el lector puede notar que resultan abruptos y nada finos. Cae además en el uso de la exposición forzada en ciertos tramos del libro y esto, de verdad, ya resulta imperdonable (y para entender este desliz inventemos un ejemplo de exposición forzada: «Oh, querido Ernesto, recuerda que eres mi amante hace 22 años y cinco meses y que mi esposo, llamado Juan Pérez, abogado de profesión, y con quien llevo casada 42 años, está a punto de partir a Roma hoy a las seis de la tarde»). Ahora Tola: «No se castigue tanto, Gálvez. ¿No me dice que todo este tiempo no ha parado? ¿Que luego de nuestra estadía en el Hotel Dreesen lo destinaron a Madrid y después debió viajar por toda Europa?» (p. 411). No, el tal Gálvez nunca dijo nada al respecto.

Por todas las deficiencias mencionadas (y quedan muchas más por anotar), la narrativa de Tola está más emparentada con la de Alonso Cueto. La noche sin ventanas es, por tanto, una novela cueteana (aquí va un neologismo). Sin embargo, no hay que ser mezquinos. Tal vez solo una cosa se podría rescatar de esta novela fallida, y creo que aquí el sentimiento es unánime: la portada es bonita.

TOLA, Raúl. La noche sin ventanas. Lima: Alfaguara, 2017.

(Reseña publicada en Solo Tempestad).

lunes, 6 de noviembre de 2017

No siga ese pájaro

¿Qué hace un poeta durante seis años de silencio literario? En general, uno con su silencio hace lo que quiere, y lo que quiere uno, a veces, es tener hijos, un trabajo estable, comprarse un auto, dejar de escribir. También puede optar por seguir juntando letras e ir macerando imágenes hasta conseguir un buen libro. Ejemplo de esto es No siga ese pájaro, el último poemario de Martín Zúñiga. 

Pecado inevitable de cualquier reseña es la de etiquetar la obra. El libro en cuestión, al que se le ha mencionado como «poemario», intenta en muchos pasajes escapar de tal rótulo. De esta forma, encontramos —ocultos entre versos— textos de aliento narrativo, aforismos o reflexiones filosóficas. Incluso decir que se trata de un poemario resulta desacertado, pues cualquiera que se acerque a él tendrá la sensación de haber leído tres libros distintos (e incluso un cuarto, imperceptible en primera instancia).        

Los apartados (tres, como ya se supone) se titulan «Mecanismos de cooperación», «Conjeturas» y «Siga ese pájaro», y cada uno está salpicado por unos «Fragmentos», los cuales constituirían un sigiloso cuarto libro. Cada sección está escrita en un registro diferente, y de ahí la percepción que tiene uno de estar frente a tres voces distintas, aunque enlazadas por puentes temáticos como la influencia de la tecnología en la vida cotidiana («Las máquinas no entienden de sacrificios») y también la existencia misma del hombre o su ausencia («¿Hay aquí algún alguien?»).

Fascina la arquitectura aquí presente porque muestra una dirección e impone un recorrido al lector. Además, el muy cuidado esqueleto de este poemario, y la intencionalidad que posee, nos hace pensar en que justamente solo el largo silencio del poeta pudo haber permitido labrar estos asomos de perfección. Así, lo que inicia siendo un híbrido de cierta complejidad se va despojando de sus artificios hasta llegar a una poesía cálida y sencilla («mi país es tan pequeño que si me levanto / por el lado izquierdo de la cama / ya soy un extranjero»). Seguir al pájaro implicaba entonces una recompensa: llegar al verso desnudo.  

El carácter lúdico (sin excesos) impera de inicio a fin, y este quizá sea el rasgo del texto donde se puede evidenciar una mayor contención hacia la búsqueda de nuevas formas. Sin embargo, todo esto queda opacado ante la madurez con que Martín Zúñiga asume un proyecto tan minucioso y en donde los seis años de espera quedan más que justificados. 

ZÚÑIGA, Martín. No siga ese pájaro. Lima: Paracaídas, 2017.

lunes, 9 de octubre de 2017

El matrimonio de los peces rojos

A veces (o casi siempre) tengo la impresión de leer un libro muy diferente al que ha leído el resto. Para los demás se trata del mejor libro de, no sé, vete a saber de qué es el mejor. O es un libro maravilloso, obra maestra y demás cosas que suelen decirse para llenar el vacío de no saber qué más decir. Tiene la misma cubierta, la misma cantidad de palabras e incluso ha sido escrito por la misma persona, pero no, no estoy leyendo el mismo libro. Si ellos (el resto, los mortales) leen un libro imprescindible y excelente, yo estoy leyendo a veces (o casi siempre) un bodrio.

Guadalupe Nettel gana el Ribera del Duero con El matrimonio de los peces rojos (lindo título, sí) y se embolsa ¿cuánto? 50 mil euros. El libro de marras trae cinco cuentos, y como no estamos tan mal en gastronomía, digamos que el cálculo es de 10 mil euros por cuento. Cada cuento, aproximadamente, tiene diez tortuosas páginas. El cálculo indica que cada una vale, pues, mil euros. Entonces uno guarda expectativas, uno desea deslumbrarse, pero siempre la realidad es otra, y la realidad es que este libro de cuentos es muy pobre (en todo sentido) y me hace sentir asaltado o estafado, que, a fin de cuentas, da lo mismo.

Los cuentos de este bodrio son réplicas los unos de los otros, y al final no sabes cuál es el cuento matriz, de dónde nacieron los cuatro restantes. Hay una fórmula en cada uno de ellos y es fácil notarlo. Ese, quizá, sea su mayor inconveniente: a ojos expertos resulta muy fácil verle las costuras y advertir sus errores. Las historias narran las relaciones entre los hombres y sus mascotas, esto dicho para simplificar el asunto. Hay matices, claro está. Cinco cuentos: un pez, una serpiente, unos hongos, cucarachas y unos gatos. Vaya, Nettel se ha pasado por todos los reinos y nos entrega un texto «unitario» (esto es un valor literario en los libros de cuentos, pero no lo digo yo y no lo comparto).

Los relatos, largos y fáciles de leer (punto a favor), son de una ingenuidad asombrosa. Nettel deja a un lado la oportunidad de que el lector descubra las metáforas y hace que el narrador de sus historias las señale con luces de neón. Esto es, en otras palabras, resaltar la imbecilidad del lector. Venga, si me estoy perdiendo de algo, allí está Nettel para indicarme el camino correcto. A efectos del cuento esto puede resultar válido, of course, pero no necesito que la autora lea por mí, no necesito que me señale a cada instante qué es lo que, supuestamente, debería tener presente para «comprender» sus historias. El problema, quizá, es que me gusta Carver, y donde no hay Carver hay quizá esto: una explicación excesiva de la trama (por eso son cuentos largos los de esta autora mexicana). Todo está no solo masticado, sino también regurgitado, y vómitos como este no hay quien los tolere. O quizá sí: el resto.

NETTEL, Guadalupe. El matrimonio de los peces rojos. Madrid: Páginas de espuma, 2013.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La hora final

Pese a tener continuos ataques de asma, Carlos Zambrano está fumando todo el tiempo. Es un ser que vive entre dos mundos. El primero está colmado por su mayor anhelo, el cual no se ha realizado aún y es tan etéreo como el humo de los cigarrillos que enciende con la llama de una vela o el fuego de una hornilla. La otra parte de su vida (lo concreto) no es para nada favorable: su matrimonio se ha disuelto y, además, está próximo a perder de vista a su hijo. No puede transitar en ambas realidades sin que una de ellas termine siendo perjudicada. Es miembro del Grupo de Inteligencia del Perú (GEIN) y su prioridad es capturar a Abimael Guzmán.

La hora final cuenta la historia de esta célebre unidad policial que tuvo como objetivo atrapar al principal líder de Sendero Luminoso, tarea que se vio cumplida un 12 de septiembre de 1992 tras la exitosa Operación Victoria.
 
Por la multitud de enfoques que ha tomado el cine o la literatura para diseccionar un tema tan manido como es el terrorismo en nuestro país, a estas alturas es difícil ofrecer una nueva perspectiva que impacte en el espectador. Que una película afronte este tema es desde ya todo un desafío. Los materiales son abundantes y delicados, y la mala combinación de estos puede otorgarnos una cinta olvidable o simplemente tendenciosa. La película dirigida por Eduardo Mendoza de Echave ha vencido el reto. No es soberbia, pero es más que aceptable. Yo he salido del cine con ganas de fumar y muy conmovido.

Desde la primera vez que observamos el escritorio al que se sienta Bernales, agente a cargo del GEIN, podemos notar un tablero de ajedrez en el extremo derecho. A partir de ahí la película declara sus intenciones narrativas: va a contar una historia que estuvo marcada por la estrategia (que es lo que fue finalmente la «captura del siglo») y lo va a hacer tomándose todo el tiempo que sea necesario. Es por esto que, por momentos, la cinta es sosa; sin embargo, de a pocos el juego se desarrolla y de esta forma se va desplegando un argumento notable que contiene además los nada sencillos conflictos íntimos de los personajes, todo esto en medio de los numerosos operativos de la unidad policial ya mencionada.

Lo de Pietro Sibille interpretando a Carlos Zambrano me ha parecido fascinante y su cota actoral se acerca bastante a lo hecho en Días de Santiago. Desde un principio llama mucho la atención lo obsesionado que se encuentra este personaje por cumplir la misión que se ha trazado. Por ejemplo (apenas empezado el filme), ocasiona un accidente en coche porque lo distrae una noticia en la radio. Asimismo, las paredes de la habitación en la que duerme están decoradas por un árbol genealógico criminal en donde solo falta aquel fantasma que lidera una revolución en el Perú.

En su búsqueda lo acompaña Gabriela Coronado, quien antes de ser integrante del GEIN fue enfermera (es necesario decir que el trabajo hecho por Nidia Bermejo para encarnar a este personaje es excelente). Hay un dilema que ella debe enfrentar y que quizá sea el punto más sensible de la película.
 
La hora final no es un largometraje difícil para el espectador común (obedece a un tiempo lineal y se toma algunas licencias necesarias para insertar la ficción dentro de lo sucedido), pero lo que resultó difícil (intuyo) fue distribuir todos los ingredientes de tal forma que la consecuencia sea una cinta a la que no se le puede objetar nada.
 
No obstante, si nos ponemos quisquillosos y exigentes, podemos decir que El evangelio de la carne sigue representando el punto más alto en la filmografía de Eduardo Mendoza de Echave. La diferencia es que La hora final se presenta en un actual contexto político y social que le favorece y, por si fuera poco, tuvo un estreno en más de ochenta salas en todo el país. Su éxito quizá no dependa tanto de la calidad del producto artístico en sí, sino más bien de condicionantes externos (la semana pasada se cumplieron 25 años de la captura de Abimael Guzmán, y un día antes, el 11 de septiembre, fue liberada Maritza Garrido-Lecca). Aun así, es una película que yo recomendaría sin más dilaciones.

El final me quebró. 

(Texto publicado originalmente en el blog de Librería Sur).   

lunes, 11 de septiembre de 2017

Cuadros concretos y disonancias

Sale uno del periodismo y se mete en poesía como quien va del burdel a la misa. Lo de Daniel Bedoya Ramos (periodista él) es ir de la noticia al verso, desnudarse de actualidad y oficiar de poeta. Producto de esta transmutación, acaba de entregar hace muy poco un solemne conjunto de poemas, con lo cual puede decirse que aprovechó en demasía sus horas de liturgia y silencio.

Cuadros concretos y disonancias es un debut literario que sabe bien. Lenguaje macerado, maduro, manso, modesto. Por ratos apunta a ser magistral aunque no lo logra, pero —ya digo— el conjunto aquí reunido ha llegado a satisfacer mis nobles expectativas y con eso basta.

Este libro inicia con José Watanabe (epígrafe) y termina con César Vallejo (dedicatoria). En este recorrido de sentido inverso podemos rastrear la familia en la que pretende insertarse la poética de Bedoya Ramos. Hay una voluntad de emparentarse con una tradición, y dicho esto se entiende que el poeta ha sabido identificar y apreciar a sus fantasmales padrinos. El problema es que por momentos se mimetiza tanto con ellos hasta quedar invisible (paradoja del camaleón).

Hay cosas que caen (o están próximas a la caída) dentro de los poemas: una manzana, una palabra, un beso, unos cuyes, unos pollos, una garúa, otra manzana. También colores varios van tiñendo los versos: manzana roja, violetas, habitación y silencio blancos, cielo verde, cerro azul, ojos negros. Así, Bedoya Ramos va configurando su poesía entre pigmentos y expectativas.

Dividido en dos partes, llama la atención —sobre todo en la primera secuencia— la aplastante sencillez de algunos poemas («nado en tu boca / como un pececillo / brinco como las ranas / croo»). Lo suyo es el arte de la depuración, la ausencia verborreica por innecesaria o burda, el bonsái como escuela (tiene mucho de William Carlos Williams). El segundo tramo del libro es más bien telúrico, pero sin abandonar el minimalismo que se ha impuesto («solíamos subir uno de aquellos cerros / elevados como viejas jorobas enormes»).

Bedoya Ramos se apoya en la discreción y cae a veces en la modestia. A su poesía, por momentos, la opaca una sentida timidez y una extendida corrección. Se entiende que, tratándose de un debut literario, prefiere que sus versos se muestren quietos y nada salvajes. Sin embargo, hay que tener en cuenta que justamente ese es su principal atributo. Y con esta perspectiva, es imposible encontrar en este libro un mal poema. Se trata, sin duda, de un auspicioso comienzo.

BEDOYA RAMOS, Daniel. Cuadros concretos y disonancias. Lima: Vivirsinenterarse, 2017.

(Texto publicado originalmente en el blog de Librería Sur).     

lunes, 28 de agosto de 2017

Umbral del estilo


Salón enorme y empinado de San Marcos. Clase de miércoles por la tarde. A esa solo asistía para aterrizar el viaje del cannabis. A esa solo asistían periodistas que no habían concluido la carrera, pero que ya ejercían de esclavos en prensa (les urgía aprobar el curso más fácil). Un profesor llegaba siempre puntual y renqueante, apoyándose la vida en un bastón. Un profesor que hablaba poco y decía mucho diciendo ese poco, y que una vez nos leyó una cosa muy triste y muy poética y nos preguntó que a quién pertenecía la prosa aquella. Ahora mismo recuerdo el silencio que se hizo pronto, las sílabas aún doliendo en el ambiente. Lévano leyendo a Umbral. Nunca lo adivinamos, desde luego.

Francisco Umbral moriría unos meses después (un día como hoy, hace ya una década), y yo, tan cándido o despistado, leería esos mismos meses después Un ser de lejanías creyendo estar ante un autor vivo. (Uno lee al autor vivo pensando que, cuando se muera —el autor, claro―, podrá jactarse de haberlo disfrutado mientras el resto lo ignoraba. Y hablando de candidez, cándido también es o fue César Lévano, ya que por esos años prestaba libros —mi imprecisión solo hace referencia al gesto—. Recuerdo que a un chico de esa clase, actual redactor en una revista de lujo, lo vi una tarde fascinado con aquel íncipit insuperable de Mortal y Rosa, libro que nunca terminó porque esa misma tarde pasó a manos de otro y después nunca supe si finalmente regresó a los estantes del buen Lévano). 

Hay una soberbia respingada en el que va acumulando lecturas y llenando sus anaqueles con las obras de autores varios (familia putativa con la que solo hemos hecho buenas migas por la asombrosa coincidencia de la soledad y el silencio). Tú crees, certificas, reiteras y proclamas que has leído buena parte de la mejor literatura hasta que te topas con la música de Umbral. Y este conjunto de sonidos nuevos y sinuosos te revela que aún no has leído nada, pequeño arrogante. Si has tenido la fortuna de llegar a esta melodía, es preferible que guardes silencio. Porque aquí es cuando descubres que había una Literatura que solo habría que escribir con mayúscula para diferenciarla del resto.

Con Umbral uno vuelve a leer en castellano por primera vez. Y tan pronto como se aprende esta nueva lengua vieja, se puede escuchar la respiración del idioma. Basta con asomarse un poco (apenas unos párrafos) para experimentar el solo sonido de la palabra, la concisión violenta de muchas ideas en una lúcida frase, la metáfora descomunal y atrevida. Música tipográfica del castellano. 

Umbral, que decía no entender de música, «nació con la música del idioma dentro», como afirmó con tanto acierto alguna vez Juan Manuel de Prada, dejando a un lado su enfado (una relación de padrino-ahijado de la que solo se sabe que no terminó bien). Portando el don escribió más de cien libros, y hasta le alcanzó el tiempo para leer siglos de literatura y follar. Sería entonces erróneo afirmar que Umbral colonizó el lenguaje. Este ya venía subyugado ante él, sumiso, dispuesto a cumplir su voluntad. Y la voluntad de Umbral era que el lenguaje dijera las cosas con un foulard al cuello.

Francisco Umbral fue uno de esos pocos superdotados que podía escribir sobre cualquier cosa y escribirla excesivamente bien (incluso la lista del mercado). Cuando sostenemos que se puede escribir «sobre cualquier cosa» queremos decir que el tema no existe; es solo una excusa para el estilo, la coartada que necesita un tipo de lenguaje para existir. Creo que esto es lo primero que uno aprende cuando se empapa de Umbral. Por eso es que a veces cuesta creer que la literatura se aprecie y hasta se justifique por el tema antes que por la configuración del lenguaje. El detestable imperio del argumento que propicia preguntas del tipo: «¿Y de qué va el libro de Umbral que acabas de leer?». No sé de qué va, tío, de verdad que no lo sé. Se me ha olvidado de qué trata eso que he leído porque su autor escribe delicioso.  

El que escribe, si llega a Umbral, si por azar oye su música, se preguntará qué es el estilo (es fácil deducir que el juntaletras que se formula este interrogante no lo tiene, así como en una república bananera se preguntan qué es la democracia). Umbral lo definía citando a Paul Valéry: «El estilo es una facultad del alma». Hay muchas maneras de ejercerlo, de manifestarse ante el lector con su brillo. Estilo es obligar a que tu prosa vista zapatos blancos durante un funeral. Hacer inolvidable o reconocible aquello que uno escribe (el adjetivo «unánime» solo es de Borges, y con esto la Kodama tendría motivos suficientes para expoliar a tantos borgecitos). Se entiende que el escritor personaliza su escritura a través del estilo, la salva de aquella tiranía de la uniformidad desde donde se comienza a escribir (aunque, ya sea por comodidad o pereza, algunos nunca salen de ella), le otorga por fin su apellido para diferenciarla de la bastardía que trepa cada semana a la mesa de novedades. En suma, le da una marca registrada. «Tengo un Tàpies colgado en la pared de la sala». «Me he robado un Umbral de la biblioteca».  

A Umbral ese estilo umbraliano quizá le venía de beberse por las mañanas un vaso de leche antes de acariciar su Olivetti (o uno de whisky para espabilarse un poco). Lo cierto es que, haciendo columnas diarias, Umbral mantenía firmes los abultados músculos de su prosa. Y así, escribiendo siempre, con la facilidad y diligencia con que se tiende la cama, Umbral tomó por asalto casi todos los géneros literarios hasta convertirse él mismo en uno. 

Habiendo sido este hombre tan prolífico resulta inconcebible no llegar a él. En mi caso, quiso el azar que yo estuviera presente mientras un esforzado profesor lo leía en clase —un poco para llenar las horas muertas de su cátedra, otro poco para llenar a esos alumnos vacíos—. También se llega por Mercedes Milá, aunque este quizá sea un atajo más vulgar. O por Roberto Bolaño. A este respecto, siempre he pensado que el chileno, en sus consejos para escribir cuentos —y por efecto de la psicología inversa—, recomienda de forma vehemente leer a Umbral (y de paso a Cela). No en vano le advierte al lector, hasta en dos oportunidades, que no hay que leer a Umbral (ni a Cela). 

Quizá Umbral sea más recordado por sus rivalidades antes que por su obra. En su época de púgil literario, ebrio de su prosa, iba por los barrios letrados en busca de broncas. Y las encontraba, qué duda cabe. Con Javier Marías o Arturo Pérez-Reverte, por ejemplo (le gustaba mucho pelearse con autores que hasta ahora no han ganado el Cervantes). También, divertido, pellizcaba a los muertos («Azorín escribe cobarde»). 

Fuera ya de la anécdota, insiste un interrogante en búsqueda de su veredicto: ¿cómo se hace para escribir sobre cualquier cosa y, además, escribirla tan bien? Con apenas 23 años, Umbral, que ya se sabía genial y poseedor de un talento, tuvo una respuesta a esta pregunta: «Para poder escribir de todo, hay que estar dispuesto a creer en todo. Los malos escritores son siempre los más incrédulos».

(Texto publicado originalmente en el blog de Librería Sur).

lunes, 14 de agosto de 2017

Los condenados

Tres personas se reunieron en una mesa para cometer un acierto dentro de la última Feria del Libro: recordar a un escritor. O brindarle un «reconocimiento» (como rezaba el título del evento), lo que viene a ser casi lo mismo porque el aludido no está, no se da por enterado, no se sonroja.

Quizá sea yo la persona menos indicada para hablar de Moisés Sánchez Franco, puesto que no lo conocí (aunque tal vez sea la más predispuesta porque acabo de leer su único libro de relatos). Sea como fuere, siempre es saludable comentar el trabajo ajeno y dar cuenta de aquellas reflexiones que nos suscita la intervención del escritor sobre su propia obra (porque el escritor la sigue modificando incluso cuando ya no está).

Moisés dejó de estar a comienzos de abril. La muerte —perdonen la obviedad— detuvo para siempre su escritura, pero a cambio le obsequió un puñado de lectores. No sabría decir si existe justicia en este trueque. Solo sé que ante la desaparición de un escritor caben dos opciones: el olvido o la grandeza. Ambas pausadas y perezosas y, sin embargo, puntuales. 

La muerte del escritor es mucho más lenta que la del organismo que habitó y puede tardar toda la vida. No obstante, el escritor muerto muere un poco cuando sus libros dejan de imprimirse, y muere de verdad cuando deja de tener lectores.

Debido a que son cuentos, Los condenados es un libro que difícilmente pueda seguirle el ritmo a la andadura del tiempo. En algún momento se desintegrará y cada historia de ese conjunto correrá una suerte distinta. Y aquí no me cabe la menor duda al afirmar que «El diario negro de Perry Loss King» sobrevivirá al resto.

Aun así, no debería sorprender la madurez literaria que se exhibe en cada uno de estos nueve relatos; Moisés los publicó luego de los cuarenta años, que es cuando uno ya debería tener una voz (robada o propia, como dijo el poeta). A esto se suma la atmósfera lírica y a la vez tenebrosa muy bien conjugada y que en «El sirviente de los demonios» adquiere una forma compacta, y las imágenes feroces y de apariencia sutil y que tienen mayor luz en «Los cuervos»: «Una gota de lluvia entró por la cuenca vacía de sus ojos» (p. 37). Asimismo, resulta inevitable (e inquietante) leer estos cuentos y encontrar frases que uno bien podría asociar con la suerte que eligió su autor: «No crean que el saber que voy a tener una muerte penosa y cruel me entristece. Justamente, es esa idea de muerte la que más me emociona» (p. 94).

Hace un año que Moisés publicó Los condenados e Historia del mal (este último es una investigación sobre la obra de Clemente Palma). El hecho de publicar dos libros a la vez arroja una pista sobre lo que quieres hacer luego con tu vida, y a veces no es un buen indicio. Es como salvar algunas pertenencias antes del naufragio, tal vez para que sea otro quien las aproveche. Aquí se da por entendido que, una vez ingresa tu libro a imprenta, lo que haces de inmediato es ponerte a vivir. El libro te ha quitado un poco de tu existencia (o mucho, según lo que hayas sacrificado), y tú solo vives las sobras. Pero tan pronto uno se deshace de los libros que ha querido escribir y observa que la vida que le ha quedado es desdichada, entonces se abandona y abraza la condena que había previsto.

En todos los personajes de este conjunto de relatos se observa aquella condición a la que hace alusión el título. A veces es impuesta por una fuerza exterior, pero en otras ocasiones se trata de una elección personal. Moisés decidió convertirse en un personaje más de su propio libro, y es así como observo su intervención (inintencionada) sobre su propia obra.

Cuando recibí la mala noticia, lo primero que hice fue tomar el libro de mis anaqueles y contemplarlo. Como dije antes, la obra te ha robado un poco de vida, y allí tenía entre mis manos un poco de Moisés, la parte de él que eligió perdurar. Su muerte, por repentina, tuvo más prensa que sus dos libros. Y, bajo el mismo efecto, generó la súbita curiosidad de algunos cuantos. Aún recuerdo los mensajes que llegaron a la editorial. Gente que, de pronto, manifestó un sorprendente interés por sus textos.

Si somos honestos, el verdadero reconocimiento no radica en el hecho de que tres académicos se junten para analizar una obra, sino en el simple acto de abrir el libro de una buena vez y leerlo. ¿No es eso, a fin de cuentas, lo que más ansía un escritor? Por eso aún resuena en mi mente la frase con la que cierra el último cuento de Los condenados y que puede interpretarse como una afilada exhortación: «En tus manos, buen lector, siempre está la posibilidad de poner algo de sensatez y justicia en este mundo».

SÁNCHEZ FRANCO, Moisés. Los condenados. Lima: Agalma, 2016. 

(Texto publicado originalmente en el blog de Librería Sur).