lunes, 10 de diciembre de 2018

La dimensión desconocida

Una mañana de 1984 llega un agente de policía a las oficinas de la revista Cauce. Va a confesar sus crímenes porque no puede más con su conciencia (despierta con olor a muerto, dice). Su nombre es Andrés Valenzuela, alias Papudo. Estamos en plena dictadura chilena. 

Este es el inicio de La dimensión desconocida. Nona Fernández toma la declaración de Valenzuela (que luego aparecería en la ya mentada revista, coronada además por un inquietante titular que esta columna ha hurtado*) y la desarrolla de una manera llamativa (vincula el suceso y todo lo que implica con una famosa y antigua serie televisiva de ciencia ficción: The Twilight Zone). 

Las dictaduras se han convertido en un provechoso material narrativo. Hacen ganar premios a los escritores o los vuelven superventas. (Incluso hay quienes convierten estas novelas en temas de tesis universitarias). Pero este tópico se ha visitado tantas veces que ya nada parece novedoso o, por lo menos, interesante.

Desde Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, no leía nada tan conmovedor. Y esto ya es decir bastante o decirlo todo. Sucede que Fernández se introduce en la historia (autoficción, sí, pero de la buena) y rescata de su pasado recuerdos, fechas, datos y nombres que luego —y sobre todo cerca del final— envuelve en un fino pelaje lírico. La intromisión de la vida personal de la autora es solo una excusa para hablarnos de los desaparecidos, los centros clandestinos de detención, la crueldad de las fuerzas armadas. El horror, en suma. 

No obstante, el punto de quiebre es la humanidad con la que viste a Valenzuela, «el hombre que torturaba». Un ser capaz de dudar de sus actos y de entregar el testimonio de lo vivido a una revista opositora al régimen de Pinochet, porque los nervios lo destrozan y las víctimas habitan sus pesadillas.

Dependiendo de la fecha en que se lea, y si la calidad de los libros que a uno lo rodean no es la ideal, esta será la mejor novela de cualquier año. Me ha pasado a mí. Es lo más plausible de este 2018.

FERNÁNDEZ, Nona. La dimensión desconocida. Barcelona: Penguin Random House, 2017.

(*) Originalmente este texto se publicó con el título de «Yo torturé» en el suplemento cultural del semanario Perfil.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Interruptus

Aguirre es fumador, adicto a The Beatles, tiene enemigos en el mundillo literario (firmaba crueles reseñas). Un tipo así me cae bien. Pulgar arriba. Like. Ahora pasemos a su nuevo libro.

Novela no es, pese a lo que dice la portada. Es un artefacto, más bien. Y para los que gustan de las sinopsis podríamos enunciarlo así: se trata de un texto conformado por episodios eróticos que una editora va interviniendo de inicio a fin. El texto tiene nombre y género: se llama Jirón Soledad y es novela. (En la narración el personaje principal se parece mucho al autor, pero como esto es literatura debemos decir que no es él). 

Lo que vamos a leer, entonces, son extractos de Jirón Soledad interrumpidos por la mentada mujer. Como premisa suena interesante para los esnobs: una supuesta novela que contiene una novela.

Esto, como ya dije, es un artefacto. Una licuadora. Aquí Aguirre hace trizas el género novelesco para juntar después los pedazos con un lenguaje llamativo. Un experimento arriesgado, qué duda cabe. Pero lo plausible de una obra no es el riesgo que toma, sino el resultado.

Jirón Soledad se define como defectuosa nada más empezar. Lo advierte la editora: más que leerla, habrá que sufrirla. Los extractos están atiborrados de jerga limeña. El exceso es la patria de Aguirre. Barroco, recargado. Recuerda mucho al olvidado Malapalabrero.

Sin embargo, no hay mayor mérito en el simple hecho de reunir una gran cantidad de jergas para tentar narraciones inconclusas. En lugar de licuadora, lo de Aguirre es una broma, un juego, una estafa, un chiste que cuenta él y que entiende solo él, y, por tanto, es Aguirre el único que puede reír.

Agobia la chismografía literaria que cada tanto salpica en el libro (morbo innecesario si consideramos que solo quienes pertenecen a esta aldea letrada entenderán). Asimismo, conforme avanza el relato, las intervenciones de la editora (que bien pudieron potenciar la obra) se hacen cada vez más pobres.

No sé si resulte sensato gastar tiempo y dinero en una tomadura de pelo. Y para inmolarme estoy yo, estimado lector. Entonces, ¿la novela paga? Si me agarras de muy buen ánimo te diré que estuvo apenas entretenida. Pero hoy estoy de malas. Así que, en vez de comprar este libro, mejor invítame unas chelas en Barbarian.

P. D.: Yo no escribo reseñas anónimas, querido Leonardo.

AGUIRRE, Leonardo. Interruptus. Lima: Planeta, 2018.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Ámok

Y aquí vengo yo a decirles por qué deben de leer esto o aquello. A algunos les basta con poner una foto de Ámok en Facebook y decir: «lo recomiendo». No he llegado aún a tal nivel de influencia, pero casi. Lo mío va de argumentar. La reseña es el arte de la persuasión.

Primer libro. Pérdida de la virginidad. Giacomo Roncagliolo (no es familiar de Santiago, valga la aclaración) ha escrito una novela que me ha hecho sentir acompañado. Hay en su libro y en el mío puentes que los unen: alteración mental en el protagonista (su nombre también es solo una inicial), adicciones, un amor, lugares sin nombre, lenguaje aséptico. En fin. Que en algún momento creí que leía otra versión de La velocidad del pánico.

Agrada la propuesta estética de este autor porque es la misma que yo defiendo y practico: borrar del texto toda referencia a una zona geográfica particular, proponer una realidad paralela. Vamos, nada de autoficción ni de guerra interna, donde abundan fechas y calles y traumas de infancia. Giacomo hace Literatura.

Entrar así, a escena, es bastante atrevido, con todos esos Cuetos y Ampueros hablándote de Lima y su mugre, de Sendero y sus secuelas. Qué libros tan aburridos y monótonos. Y qué rentables.

Giacomo es más bien un hijo de Levrero y Lynch, y nos habla de un extraño juego. El primer capítulo engancha y remite a la Trilogía involuntaria. Asimismo, este joven autor presenta destrezas varias: conciencia sobre el lenguaje (funcional con gotitas de lirismo) y una espectacular construcción de los diálogos.

La novela, no obstante, demora en arrancar. Sin embargo, la paciencia se ve recompensada porque en la tercera parte del libro uno entiende la importancia de cierto cuadro en la pared, de los sueños de X. El final es una delicia.

Desorienta también el excesivo minimalismo del relato. No existen en la narración suficientes descripciones de los escenarios, por ejemplo. Esto, a mi juicio, hace difusas las acciones. Pero se entiende y se respeta: Giacomo Roncagliolo va forjando un estilo.
Ya quisiera toparme con más propuestas así. Novelas que escapen de los tópicos más trillados de nuestra narrativa contemporánea, en donde se perciba además el trabajo de la reescritura, tal como sucede en Ámok. Siento que podríamos ser una pandilla. Soberbios y malditos. Necesitaríamos también un nombre.

RONCAGLIOLO, Giacomo. Ámok. Lima: Pesopluma, 2018.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Berta Isla

Junto con Manuel García Viñó, hace un lustro ya, murió también La fiera literaria. Ya saben: la crítica acompasada o, lo que es lo mismo, la lenta y cruel disección a la que sometían la obra de Javier Marías. No fue el único, claro, pero quizá las reseñas de sus novelas nos daban la idea de la poca destreza que tiene un escritor frente a un lector atento y mala leche. A Marías lo llevaron muchas veces al Gólgota.

No está García Viñó para seguir triturando las novelas de Javi Mari, pero estoy yo; y esto solo tiene como objetivo señalar que es peor que no exista nadie dispuesto a hundirle el cuchillo a Berta Isla.

Novela de espías sin espionaje, novela sobre la espera, novela sobre (o en) Inglaterra. Piensa uno que los autores se comienzan a repetir desde los 50, pero Marías viene repitiéndose desde los 22. Ahora, con 67 años a cuestas, es imposible que se aleje de ciertos tópicos. Si bien aquí vuelve a esa novedad tan suya que es utilizar la primera persona gramatical para darle voz a una mujer, tal como hizo en Los enamoramientos, atraviesa nuevamente los mismos umbrales que conectan con sus anteriores novelas. A saber: está Oxford, una muerte en las primeras páginas que será la brújula de la narración y las continuas reflexiones de los personajes acerca de cosas que solo podrían conmocionar a la burguesía (porque pertenecen a ella). Todo esto es marca registrada del español autor.

Sin embargo, el error que tanto empaña a sus anteriores trabajos también aparece aquí: todos los personajes hablan igual. Ninguno de salva de expresar sus ideas bajo ese conocido tufillo falsamente erudito de sus novelas anteriores. Las barrocas digresiones de Thomas, Berta y Trupa, entre otros, los hacen parecer un solo personaje, al punto que todos terminan repitiendo ya no las mismas palabras, sino también las mismas estructuras sintácticas.

La fisura más notable, no obstante, se encuentra en la resolución de la trama. Es muy abrupta –y, por tanto, calamitosa– la forma en que Marías decide echar luz sobre el enigma. Uno tiene que soportar casi 400 páginas para que luego la simple casualidad reúna a dos personajes en un lugar inverosímil y dé por terminado el misterio que rodeaba al suceso de mayor trascendencia dentro de la novela.

Señalar a García Viñó en un inicio no ha sido adrede. Me he tomado la molestia de enumerar, tal como hacía él, las frases más atractivas de este libro para ver la poca solvencia de Marías:

«... seguido del del marido...» (17).

«... Yanes tenía bien visible la visión...» (42).

«... se lo quedó mirando con mirada algo turbia...» (43).

«...por mucho que muchos jóvenes imitemos...» (64).

«Tomás lo miró mientras él miraba» (108).

«... menos ondulado que el que él recordaba...» (117).

«... lo importante era ver su sonrisa cuando sonreía...» (160).

«... vi que me miraban... » (166).

«... llevaba una gabardina de color gabardina...» (167).

«No sé qué te hacen hacer» (176).

«Ni siquiera durante el durante se ha hecho...» (258).

«Tenía prisa por saber el desenlace del lance...» (291).

«Tomás se rió con una risa...» (300).

«Me respondió sin responderme del todo...» (305).

«Supongo que su calma me calmó...» (345).

«Tupra sonrió con una sonrisa...» (353).

«La palabra ‘caído’ cayó...» (360).

«... había olido su olor...» (370).

«... un congreso o simposio de especialistas en mi especialidad...» (381).

«Fue tras clavar ese clavo cuando...» (389).

«... he vuelto a pensar lo que pensé...» (421).

«Lo entendía más o menos con el entendimiento...» (536).

Aquí, benevolente lector, las redundancias son obscenas e imperdonables. Nos gusta el estilo de Marías. Leerlo es echarse sobre la hamaca y fumarse un cigarrillo. Nos encanta la sutileza con la que coloca, a lo largo del relato, importantes pequeñeces (la novela está en los detalles). Pero un ojo atento nos permite advertir estas y otras atrocidades. Admitamos ahora que la sangre derramada por La fiera literaria nunca fue en vano.

MARÍAS, Javier. Berta Isla. Barcelona: Alfaguara, 2017.