martes, 5 de febrero de 2019

Taca-taca

En 2017, este conjunto de relatos ganó el Premio Nacional de Literatura en la categoría Infantil y Juvenil. Está muy mal esto de leer libros solo porque ganan premios. Peor aun lo de reseñarlos. De todas formas, aquí tenemos que decir algunas cosas (porque la crítica no ha dicho nada).

Taca-taca reúne cuentos que ya habían ido apareciendo desde el 2015. En un acto cargado de valentía, autor y editor deciden enviar los pocos ejemplares que tenían a la mano (cinco) para participar en el concurso ya mencionado. La justicia poética quiso que el libro resultara vencedor.

En esta edición corregida y remasterizada apreciamos historias de adolescentes. Dicho así, de manera escueta, suena poco atractivo. El libro, no obstante, posee la virtud de narrar episodios tiernos, tristes, hilarantes y crueles con un lenguaje fresco, vivo, ondulante.

Chuquicaña sabe enganchar al lector desde las primeras líneas y tiene además buen oído para reproducir el habla callejera y traer al presente los empolvados recuerdos de la infancia. Lo hace con naturalidad, sin impostura. Ha escrito muchos pasajes en nivel Dios. 

No sé con qué se transmiten las experiencias un tanto tristes o miserables de los personajes, pero el autor ha construido un pequeño universo con no poca maestría. Tiene alma. Leído con atención, uno logra notar el esfuerzo en cada línea. El oficio, el brillo, algunos extraños pero hermosos símiles: «... recuerdo que vistos a plena luz del sol sus ojos cogían un dorado exquisito, como de cerveza Cristal. Una invitación irresistible. Un ya no ya».

He estado pensando en la falsedad de estos cuentos, porque muchos de ellos no los son si nos regimos por la idea de que en el cuento algo se está desplazando. Algunos parecieran ser pequeñas anécdotas o escenas sin mayor movimiento (y en el cuento algo siempre tiene que moverse), y quizá sea este el punto más débil del libro. Pero los salva el lenguaje cuidado, depurado, lleno de esmero. El dosificado humor negro también.

El autor tiene menos de 30 años, vive en provincia y publica en una editorial independiente. Si nos guiamos por estas premisas, se podría afirmar que tenía todo a favor para darse de narices contra el fracaso, pero Chuquicaña ha descolgado un premio importante, y es pecado mío prestarle atención solo por la inesperada luz que se ha posado en él.

Chuquicaña Saldaña, Yero. Taca-taca. Falsos cuentos. Arequipa: Aletheya, 2018.

miércoles, 30 de enero de 2019

Talleres


Enero, verano, calor, vacaciones. Vacaciones útiles. Talleres. De un tiempo a esta parte he notado —quién sabe por qué— la gran oferta de talleres literarios que pululan en nuestro medio. Los hay de todos los precios e intensidades, y los dictan gentes de todo tipo. Escritores que salen de la sombra de diciembre para anunciar: he aquí que ha llegado enero y les ofrezco la sabiduría a cambio de unos denarios. Incluso los dictan quienes nunca han publicado un libro, pero eso no importa a la hora de compartir saberes. Porque el que dicta un taller es el sabio y si alguien se inscribe a uno asume su posición de Lazarillo y aprendiz. En las primeras cárceles de Padua, a los prisioneros se les obligaba a llevar un taller y de allí, quizá, viene esa tradición de confeccionar cosas que luego se suelen vender cuando el antiguo reo se ha reinsertado en sociedad. Vuelto del ostracismo, es dueño de una técnica. Posee un saber y lo ejerce sobre la materia prima. En los talleres literarios, si es que son honrados y respetuosos, se trabaja con el lenguaje. Las palabras se tienden sobre la mesa y uno las examina ante los demás, bisturí en mano, advirtiendo lo beneficioso que es fecundar de sustantivos un párrafo. He dictado, años atrás, talleres de este tipo al público más difícil por exigente, y me refiero a los niños. Exigente porque en ellos la palabra manzana aún no adquiere la infamia de ser roja y colgar de un árbol. Su imaginación es droga constante y hay que saber dirigirla. He dictado y mañana volveré a dictar un taller, porque ahora me llaman para estas cosas. Piensan, con gran equívoco, que puedo enseñar a juntar letras porque tal vez he escrito algunas cosas que valen la pena. Volveré a dictar, ya digo, pero esta vez a chicos de universidad, periodistas en fase de crisálida. Espero pasármela bien y no malgastar las monedas del tiempo que aún me tintinean en los bolsillos. A fin de cuentas, asumo, soy yo quien va a este taller para ser instruido por mentes más jóvenes y voraces. Juré no volver a la universidad —fui profesor y alumno— y he aquí que escupiré en mis promesas y regresaré a ella.     

lunes, 24 de diciembre de 2018

Un premio

Foto: Rodrigo Rodrich

El primero en recibir un premio Copé de cuento fue Washington Delgado. Luego, a principios de los ochenta, se lo dieron a Julio Ortega y Óscar Colchado. También lo recibieron Cronwell Jara, Fernando Iwasaki y Gregorio Martínez («Guitarra de palisandro» es el mejor relato de la literatura peruana). Hace unas semanas me lo dieron a mí.

Fue Umbral el que dijo que se robó un premio —el Fernando Lara— para satisfacer una fantasía infantil. Dicho de otra manera, escribió una novela con el único propósito de llevarse el premio porque se le antojaba tenerlo. Y lo tuvo, claro. Cosa distinta pasa conmigo. No sé si se me antojaba ese trozo de mármol (debe serlo) que culmina en una dorada pluma. Pero lo veo ahora en mis estantes y me gusta. Brilla como los ojos de un joven Walser.

No me había percatado de la importancia de todo esto hasta que un buen amigo me llamó al móvil y me dijo: te has ganado el mejor premio de la literatura peruana. Y quizá nunca llegue a entender qué quiere decir «mejor» ni mucho menos «literatura peruana», pero cuando colgó me sobrevino un silencio áspero. A lo mejor, pensé, no me estoy sintiendo a la altura del premio. ¿Qué le sucede a tu organismo cuando te anuncian como ganador de un Copé de Oro? En mi caso, nada. El vacío. Le sigue a esto la rutina diaria, las horas que tengo que llenar con una traducción de los poemas de Julien d'Abrigeon .

Tampoco mi ánimo se ha excitado cuando me han dicho la cifra que gané. Un sujeto me preguntó por Facebook de cuántos soles era el premio, y tuve que consultar nuevamente las bases. Para mi sorpresa, el monto era un poco más alto de lo que creí.

Ahora me llaman para dar algunas entrevistas (es la primera vez que siento que me escuchan, como si hablaran con un anciano, como si el Copé te diera respetables canas) y los extraños me dan sus señas de identidad y los duros de carácter se tornan amables. (Un antiguo amigo que optó por darme su mayor enemistad tuvo el enorme gesto de saludarme. Es un feroz crítico del premio, aunque siempre participa en él. Incluso en la pasada bienal de poesía habló con uno de los miembros del jurado y le rogó que filtrara su poemario. No llegó ni a finalista. Es persistente y este año envió un libro para la categoría de ensayo. Texto, por demás, ya publicado como tesis vía online, cosa que prohíben las reglas del concurso. Tampoco ganó). Quizá el premio los cambia a ellos con respecto a mí.

Por ratos temo. Ni el prestigio del Copé ni el premio en metálico han obrado alguna grieta en mi persona. Me da miedo de que sea un síntoma de pérdida de sensibilidad.

El resto sí ha cambiado, ya digo. Los sanmarquinos se alegran y me hacen recordar que he pasado por las aulas de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Los huancaínos me reclaman como suyo, pese a que he residido casi toda mi vida en la capital. Algunos escritores ahora afirman que el premio es justo y no amañado porque lo he ganado yo (mi mérito, dicen, es habitar fuera de las argollas y haber publicado mis libros en editoriales independientes). Tal vez algún día termine por enterarme de la repercusión de todo esto. Quizá algún día lejano, durante las vacaciones que K y yo tenemos por costumbre tomar en junio, la mire sorprendido y diga: ¿a que me he ganado un Copé, verdad?

lunes, 17 de diciembre de 2018

Bertrand Morane gana la beca Ana Karenina


Buenas noches a los directivos y trabajadores de Petroperú, a los distinguidos miembros del jurado, a los amigos, a las personas con quienes mantengo un trato cordial y a los totalmente desconocidos:

Voy a hablarles de dos breves imágenes. Una vivida y la otra extraída de una película, pero ambas igual de poderosas. Sin embargo, antes de pasar a estos asuntos quisiera dejar en claro algo que siempre digo, incluso cuando no me lo preguntan Y ese algo es: detesto cuando una persona se autodenomina escritor. Habría que disertar mucho al respecto y nos llevaría horas. Por esa razón trataré de ser conciso en este punto. No los quiero aburrir. De alguna manera, ustedes están aquí para comprobar si este que les habla puede ratificar su premio a través de la oratoria.

Hablaba sobre la autodenominación de escritor. Creo con firmeza que nadie debería llamarse así. El mundo sería un lugar más justo si le reservamos ese título a Ernest Hemingway, Franz Kafka, Roberto Bolaño, Leopoldo María Panero. (Así, muertos y mejor aún con algún grado de locura. Agrego aquí que otro requisito excepcional para llamarse escritor es padecer de algún trastorno mental certificado por una institución de prestigio). Es muy ofensivo para el cementerio de genios inmortales que uno, todavía vivo y en pleno uso del buen juicio, persista en llamarse escritor.

La palabra que yo prefiero es autor. Y a algunos esta no les termina de calzar, incluso a mí, pero ese es otro debate.

Esto de llamarse o no escritor viene a cuenta de que, en las imágenes que presentaré, he de usar el término indistintamente y, como gran mentiroso que soy, mi mayor deseo es que no me confundan.

La primera imagen es esta: estamos Karen y yo juntos luego de haber salido de nuestros respectivos trabajos. No sé si yo vine por ella o ella vino por mí. La diferencia será enorme desde el día de esta imagen en adelante, porque seré yo quien vendrá por ella. Decía que habíamos salido de nuestros trabajos. Quizá caía una lenta llovizna. No lo recuerdo bien, pero, para lograr una mejor imagen, pongamos que había llovizna y la atmósfera tenía esa neblina onírica de algunos cuentos de Ignacio Aldecoa. Caminábamos a lo largo de Espinar y yo empezaba a practicar a su lado mi antiguo deporte favorito: la queja. ¿De qué me quejaba en ese entonces? De que no tenía tiempo para escribir, mucho menos para leer. Salía de las oficinas de una revista importante. Ejercía el periodismo. Me pagaban por escribir. ¿No es acaso un buen inicio para una vida adulta? Luego engordamos, nos quedamos calvos y llenamos la casa de hijos, pero eso también da para otro debate.

Tuvimos entonces, Karen y yo, la conversación más seria de todas, y quizá por eso tengo muy presente esa imagen. Nos recuerdo más jóvenes en ese entonces, merodeando por las calles de Miraflores. De noche y, no sé por qué rayos, yo con un saco y camisa. Yo quería ser escritor. Aquí cabe añadir algunos datos biográficos de mi persona. Llegué de Huancayo desde muy pequeño traído por mi madre, enfermera ella, y había crecido en la periferia de Lima. Se tienen las más grandes y absurdas aspiraciones cuando te parecen más inalcanzables. Mi madre trajo libros. Es raro que una madre soltera venga a la capital con un hijo pequeño y, además, traiga libros. Pero los trajo y se lo agradezco. Mis ascendentes nunca se han dedicado a las letras, aunque a veces digo —es decir: miento— que mi padre fue Alberto Flores Galindo. Suena bien, ¿verdad? Incluso las fechas juegan a mi favor. Vuelvo con Karen a esa noche miraflorina. Además de las aspiraciones, tenía muchas inseguridades y poco dinero. Y Karen me ofreció una beca que por entonces bautizamos como la Beca Ana Karenina (por cierto, Karen solo lee clásicos y hace excepciones conmigo). ¿En qué consistía la beca? Karen me iba a proveer de alimento, movilidad y libros, ropa también. En resumen, se instauró el matriarcado en nuestra relación. A cambio, yo dejaría de practicar mi deporte favorito (quejarme) y lo desplazaría por una actividad más silenciosa, solitaria e imponente: escribir. Nunca más volví a tener un trabajo con horario de oficina.

Lamento comunicar que la beca se ha terminado hace unos días: unos segundos después de que yo le anunciara a Karen que me daban este premio.

La segunda imagen pertenece a una película que me recomendó ver mi gran amigo de la infancia, el fotógrafo Alberto Nicho. La película se titula El hombre que amaba a las mujeres y es la mejor de Truffaut, y justo por ser la mejor de este cineasta francés no parece suya. En esta película —lo hemos decidido Alberto Nicho y yo— Truffaut construye al mejor personaje de la historia del cine porque le otorga un coherente y enorme perfil psicológico. El personaje se llama Bertrand Morane y vive fascinado por las mujeres. Las ama a todas por igual. Pese a no ser lo suficientemente atractivo, ninguna le es esquiva (o casi ninguna). Este Bertrand Morane, y aquí viene la imagen, comienza de pronto a poner en el papel sus memorias. Se vuelve escritor, en resumen. Realiza lo que los franceses hacen mejor que el resto de los mortales: autoficción. Empieza a contar cómo es que le empezaron a gustar tanto las mujeres. Todo esto lo escribe en una vieja máquina hasta que de pronto, y he aquí la imagen, se levanta y camina hacia la ventana, abre las cortinas y observa con sorpresa la luz del amanecer.

Esta imagen es muy fuerte, amigos míos. La de un hombre que, sin querer, se la ha pasado escribiendo toda la noche. Es una imagen que me marcó y que muy pronto comencé a imitar por falta de recursos. Lo voy a explicar con dinero.

Desde que me anunciaron como ganador del premio, no ha faltado el comentario impertinente o cándido, tal vez, de aquel que dice de pronto que me he vuelto rico. Y, para mayor inri, me cita la cifra que he ganado. Yo le tengo mucho respeto al dinero porque casi no lo uso. Eso es evidente: no se usa lo que no se tiene. Una vez, Gerson Rivera, un amigo que suele darme trabajitos de corrector de estilo, me pidió que le retirara una pasmosa cantidad de soles. Mientras salía del banco me preparaba mentalmente para ser abaleado en la calle.

Los bienes más preciados en el mundo moderno son el tiempo y el silencio, y parece que por fin los podré adquirir nuevos y no ya de segunda mano. Es lo único que alguien que escribe y lee desea tener. Por eso la imagen de Bertrand Morane caló tan hondo. Me dio una solución. Ante el bullicio del mundo que se levanta desde las seis de la mañana y suspende su existencia —o sea, duerme— hacia las once de la noche, yo opté por invertir mis horarios de sueño. En otras palabras, me pongo a escribir desde de las once de la noche hasta que, por las cortinas, veo que se filtran las primeras luces del día. Entonces me digo que es hora de apagar el cigarrillo y la laptop e irme a dormir.

Me habría gustado contar otras hazañas o quizá haber inventado unas nuevas para enriquecer mi pasado de ficción (que es lo mejor que debe hacer uno para reconstruirse). Pero solo les traje estas dos imágenes para ilustrar un poco cómo es que mis pasos, sin darme cuenta, me han guiado hasta aquí, frente a ustedes, para festejar juntos esta cosa bonita que es la fraternidad. Sépanlo bien: los premios son los amigos.

Muchas gracias.

Lima, 5 de diciembre de 2018.

* (Discurso leído durante la Ceremonia de Premiación de la XX Bienal de Cuento «Premio Copé 2018»).

lunes, 10 de diciembre de 2018

La dimensión desconocida

Una mañana de 1984 llega un agente de policía a las oficinas de la revista Cauce. Va a confesar sus crímenes porque no puede más con su conciencia (despierta con olor a muerto, dice). Su nombre es Andrés Valenzuela, alias Papudo. Estamos en plena dictadura chilena. 

Este es el inicio de La dimensión desconocida. Nona Fernández toma la declaración de Valenzuela (que luego aparecería en la ya mentada revista, coronada además por un inquietante titular que esta columna ha hurtado*) y la desarrolla de una manera llamativa (vincula el suceso y todo lo que implica con una famosa y antigua serie televisiva de ciencia ficción: The Twilight Zone). 

Las dictaduras se han convertido en un provechoso material narrativo. Hacen ganar premios a los escritores o los vuelven superventas. (Incluso hay quienes convierten estas novelas en temas de tesis universitarias). Pero este tópico se ha visitado tantas veces que ya nada parece novedoso o, por lo menos, interesante.

Desde Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, no leía nada tan conmovedor. Y esto ya es decir bastante o decirlo todo. Sucede que Fernández se introduce en la historia (autoficción, sí, pero de la buena) y rescata de su pasado recuerdos, fechas, datos y nombres que luego —y sobre todo cerca del final— envuelve en un fino pelaje lírico. La intromisión de la vida personal de la autora es solo una excusa para hablarnos de los desaparecidos, los centros clandestinos de detención, la crueldad de las fuerzas armadas. El horror, en suma. 

No obstante, el punto de quiebre es la humanidad con la que viste a Valenzuela, «el hombre que torturaba». Un ser capaz de dudar de sus actos y de entregar el testimonio de lo vivido a una revista opositora al régimen de Pinochet, porque los nervios lo destrozan y las víctimas habitan sus pesadillas.

Dependiendo de la fecha en que se lea, y si la calidad de los libros que a uno lo rodean no es la ideal, esta será la mejor novela de cualquier año. Me ha pasado a mí. Es lo más plausible de este 2018.

FERNÁNDEZ, Nona. La dimensión desconocida. Barcelona: Penguin Random House, 2017.

(*) Originalmente este texto se publicó con el título de «Yo torturé» en el suplemento cultural del semanario Perfil.

lunes, 19 de noviembre de 2018

Interruptus

Aguirre es fumador, adicto a The Beatles, tiene enemigos en el mundillo literario (firmaba crueles reseñas). Un tipo así me cae bien. Pulgar arriba. Like. Ahora pasemos a su nuevo libro.

Novela no es, pese a lo que dice la portada. Es un artefacto, más bien. Y para los que gustan de las sinopsis podríamos enunciarlo así: se trata de un texto conformado por episodios eróticos que una editora va interviniendo de inicio a fin. El texto tiene nombre y género: se llama Jirón Soledad y es novela. (En la narración el personaje principal se parece mucho al autor, pero como esto es literatura debemos decir que no es él). 

Lo que vamos a leer, entonces, son extractos de Jirón Soledad interrumpidos por la mentada mujer. Como premisa suena interesante para los esnobs: una supuesta novela que contiene una novela.

Esto, como ya dije, es un artefacto. Una licuadora. Aquí Aguirre hace trizas el género novelesco para juntar después los pedazos con un lenguaje llamativo. Un experimento arriesgado, qué duda cabe. Pero lo plausible de una obra no es el riesgo que toma, sino el resultado.

Jirón Soledad se define como defectuosa nada más empezar. Lo advierte la editora: más que leerla, habrá que sufrirla. Los extractos están atiborrados de jerga limeña. El exceso es la patria de Aguirre. Barroco, recargado. Recuerda mucho al olvidado Malapalabrero.

Sin embargo, no hay mayor mérito en el simple hecho de reunir una gran cantidad de jergas para tentar narraciones inconclusas. En lugar de licuadora, lo de Aguirre es una broma, un juego, una estafa, un chiste que cuenta él y que entiende solo él, y, por tanto, es Aguirre el único que puede reír.

Agobia la chismografía literaria que cada tanto salpica en el libro (morbo innecesario si consideramos que solo quienes pertenecen a esta aldea letrada entenderán). Asimismo, conforme avanza el relato, las intervenciones de la editora (que bien pudieron potenciar la obra) se hacen cada vez más pobres.

No sé si resulte sensato gastar tiempo y dinero en una tomadura de pelo. Y para inmolarme estoy yo, estimado lector. Entonces, ¿la novela paga? Si me agarras de muy buen ánimo te diré que estuvo apenas entretenida. Pero hoy estoy de malas. Así que, en vez de comprar este libro, mejor invítame unas chelas en Barbarian.

P. D.: Yo no escribo reseñas anónimas, querido Leonardo.

AGUIRRE, Leonardo. Interruptus. Lima: Planeta, 2018.