lunes, 29 de diciembre de 2014

El día antes de la felicidad


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El vacío de cara a una pared, dejado por una librería vendida, es el más profundo que conozco.

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La humanidad, desde dentro, causa horror, es carne digna de asarse en el infierno.

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Aquí es que no puede uno escribir un verso, que en seguida aparece alguien que dice: yo llegué primero. Pues no, señores míos, la poesía no es un tranvía donde quien llega primero se sienta y los demás se quedan de pie. La poesía no es una carrera de velocidad en la que hay que llegar el primero. Cada día nace virgen de poesía, uno se despierta y la renueva.

DE LUCA, Erri. El día antes de la felicidad. Madrid: Siruela, 2009.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Homo Faber


La interrupción del embarazo es hoy en día una cosa perfectamente comprensible. Fijémonos un poco: ¿adónde iríamos a parar si no hubiera aborto voluntario? El progreso de la medicina y la técnica obligan precisamente al hombre consciente a tomar nuevas medidas. En un siglo, la humanidad se ha triplicado. Antes no había higiene. Engendrar y parir y dejar que los hijos se mueran durante el primer año, como quiere la Madre Naturaleza, es más primitivo, pero no más moral. (…) El romanticismo ha sido la causa de mucha infelicidad, de gran número de matrimonios catastróficos que todavía hoy se celebran por miedo a practicar el aborto. ¿Diferencia entre prevención e intervención? En ambos casos se trata de la voluntad humana de no tener un hijo. ¿Cuántas criaturas nacen porque se las ha querido realmente?

FRISCH, Max. Homo Faber. Barcelona: Seix Barral, 1969.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Diego Trelles Paz sobre la profesión de escritor en el Perú

Imagen prestada de este otro blog.

Me ha gustado la última columna de Diego Trelles Paz en Espacio360. Aparte de ser sincera, intenta generar una polémica pese a que el tema sea harto conocido. Parte de una anécdota: la invitación (a través de su editor) a uno de los colegios más caros de Lima para que el escritor «difunda» su novela Bioy. Pero la invitación es solo eso. Una invitación sin reconocimiento monetario alguno. La respuesta de Trelles fue «no»: 

Mi editor, apenado aunque comprensivo, me dio toda la razón; dijo que él solo fungía de cartero mientras, sospecho, iba tachando nombres de escritores en su agenda hasta encontrar al triste boludo que aceptase (...).

Después nos vuelve a recordar que la lógica del mercado es esa; es decir, que un artista no debe cobrar por su trabajo:

Si ocurre así en empresas donde el trabajador peruano percibe un salario mensual de 250 dólares por trabajar 8 o más horas al día, ¿por qué iban a pagarle a un cojudito vago que pierde su tiempo, y el tiempo del resto, en una tontería tan irrelevante e innecesaria como la literatura?

Esta lógica incluso es compartida por quienes se encuentran dentro del mismo circuito cultural, como lo indica el propio Trelles:

Desde el promotor de eventos culturales hasta el organizador de premios literarios, desde la institución privada que organiza clubes de lectura hasta la universidad que te invita a hacer un conversatorio y solo ofrece pagarte el taxi, la consigna generalizada como norma-no-escrita es que el trabajo del escritor en el Perú es gratuito. Eso que no se atreven a hacerle a los abogados, médicos, publicistas, arquitectos o asesores políticos, es casi un mandato cuando hablamos de los que nos dedicamos y malvivimos de la escritura.  

Luego apunta a un hecho muy cierto. Esta lógica de no reconocer el trabajo del escritor es tan avasalladora que hasta el entorno más cercano la ha asimilado así:

La misma gente que festeja la publicación de tus libros y te da ánimos para seguir escribiendo, es la que te pide sonriendo un ejemplar gratis en plena presentación, o te manda correos amistosos exigiéndote el PDF. 

Y para finalizar (con este post, pues la columna aún continúa), Trelles dispara de nuevo:

Si le contara a esas personas que por cada libro que alguien se anima a comprar, yo recibo un 10% (con suerte, dentro de tres meses; sin suerte, en un año o dos; con toda la mala suerte del mundo, nunca porque me tocó un editor ladrón).

Me ha gustado, repito.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Campeona de Pesopluma

Paloma Reaño, directora de la editorial Pesopluma.

La aparición de nuevas editoriales es un hecho muy saludable dentro de nuestro circuito literario. No hace muchas semanas, la editorial Pesopluma inauguró su catálogo con la serie Crisálida (que busca reeditar las primeras obras de grandes autores) y dio el salto con la publicación de una novela de Julio Ramón Ribeyro. En esta oportunidad entrevistamos a Paloma Reaño, una de sus directoras editoriales, quien también ha estado al frente de otros proyectos interesantes como la revista Buensalvaje.

-Como mencionaste en la presentación de Pesopluma, sabemos que esta es una editorial formada por tres amigos que se conocen desde el colegio. Sin embargo, cuesta creer que en un proyecto de esta magnitud participen solo tres. ¿Quiénes más forman parte de Pesopluma?

La editorial está compuesta por nosotros tres: dos literatos y un administrador. Pero claro, para lograrlo, recurrimos a la ayuda de amigos y profesionales cercanos. Por ejemplo: para la parte gráfica buscamos a Marité Cánepa, nuestra paciente diseñadora editorial; y para la ilustración acudimos a Renso Gonzales, no solo porque ha hecho portadas antes sino porque es lector de Ribeyro. Y así nos sucedió también con la imprenta, la imagen de la empresa y el evento de presentación en La Libre con Las Ramonas. Se trata de gente con la que alguno de nosotros tres había trabajado antes. Familiares y amigos pusieron de su parte para sacar el proyecto adelante.

-Suena bien el propósito de reeditar las primeras obras de escritores consagrados. ¿Cómo surgió esta idea?

Por la importancia de editar a Ribeyro. Y porque no podíamos pasar por alto que lo haya escrito siendo tan joven. Era, en ese entonces, un pesopluma. Salir con una obra suya deja un rastro y quisimos darle coherencia a este primer paso. Se suele publicar lo clásico o lo mejor de los autores reconocidos, pero ¿dónde quedan aquellos primeros cuadernos germinales? Vimos una carencia ingrata y decidimos empezar por ahí.

-Si no hubiera sido Crónica de San Gabriel, de Julio Ramón Ribeyro, ¿qué título habría inaugurado su catálogo?

Empezar con un peruano era un hecho aunque creo que no podríamos decir que tuvimos otro primer autor en mente. Quizá porque, visto desde ahora, a finales del «año Ribeyro» es difícil pensarlo de otro modo. Claro que teníamos otros satélites orbitando. Y no han desaparecido, al contrario: pronto reeditaremos Symbol, de Roger Santivañez, que salió en 1991 y es muy difícil de encontrar hoy en día; y coqueteamos también con una antología poética de la argentina Aurora Venturini.

-¿Estas reediciones se limitarán al ámbito de la literatura peruana o piensan explorar otros terrenos?

Pensamos, en principio, en Latinoamérica; pero también nos seduce la traducción, es un deseo a largo plazo. Y dentro de la traducción, nos atrae sobre todo la literatura brasilera, tan cercana y desconocida al mismo tiempo.

-Pesopluma tiene la intención de apostar también por el mercado del libro electrónico. ¿Por qué el interés sobre un mercado que las editoriales peruanas han dejado de largo?

Porque lo usamos y disfrutamos nosotros mismos. Pronto estará lista nuestra página web y tendremos venta de libros electrónicos, así como envío de libros físicos a cualquier lugar del mundo. Confiamos en las nuevas tecnologías y las nuevas formas de intercambio que estas permiten. Hoy podemos comprar libros sin necesidad de intermediarios; descargar y llevar decenas contigo en un ligerísimo Kindle; escucharlos en podcast mientras manejas; obtener información extra a través del código QR, y así. Nos entusiasman esas posibilidades. Y si aún no entusiasman a la mayoría, el interés es creciente.

-Sabemos que fuiste subeditora de la revista Buensalvaje durante mucho tiempo. ¿A qué se debió tu salida? Asimismo, ¿qué rescatas de la experiencia de haber participado en esta importante revista?

Trabajé alrededor de cuatro años en la editorial Solar y aprendí mucho del equipo. Al segundo año nos pusimos las pilas para sacar el proyecto Buensalvaje adelante; fueron noches emocionantes de prueba y error, de encontrar aliados y darle forma a todo. Durante los dos años siguientes la revista fue, progresivamente, convirtiéndose en una prioridad. En lo personal, disfruté sobre todo el contacto con autores contemporáneos que admiraba y el descubrimiento de nuevas luces como lectora. La gestión de una revista de este tipo te brinda una visión amplia del medio y sus posibilidades. Fue una experiencia enriquecedora, sin duda. Sin embargo, llegado el momento decidí concentrar energías en lo propio, así que me metí de lleno a este proyecto.


-¿Cuál es tu opinión de la situación actual del mercado de las editoriales independientes?

Me parece que hay una tendencia clara a apostar por casas editoras libres del apetito mercantil, y que estas han demostrado una visión y calidad sin precedentes. Están, además, mejor organizadas; por eso, por ejemplo, la importancia de la renovación de la Ley del Libro. El aumento de lectores y de ventas en las ferias del libro son un excelente síntoma de que el circuito cultural va tomando cuerpo.

-A tu parecer, ¿qué editoriales peruanas son las más importantes en este momento?

Me gustan varias por distintas razones. El Álbum del Universo Bakterial, de Higa, por su deliciosa minuciosidad en el cuidado de edición. Animal de Invierno y Paracaídas han lanzado excelentes títulos, han apostado muy bien por autores contemporáneos y han ganado el merecido reconocimiento. Estruendomudo, por la voracidad y desenfado con que Lasso nutre su catálogo. Y Pictorama, que propone estupendas novelas gráficas para el 2015.

-En la presentación mencionas, además, que la editorial busca ser ambiciosa con sus autores. En ese sentido, ¿cuál es la línea editorial de Pesopluma?

Por ambición nos referimos a cercanía y sinceridad con los autores, prolijidad en los elementos que constituyen el libro (papel, tinta, formato), y comunicación con los lectores y colaboradores del medio. Buscamos sumar, básicamente.

-Para finalizar, ¿qué nuevos títulos se vienen?

Pronto estrenaremos nuestra serie Iceberg, de autores jóvenes, con el más reciente poemario de Tilsa Otta: Antimateria. Y, en paralelo, la serie Bitácora de Artista, con Un millón de bandas malas de la historietista argentina Lucía Brutta. Y un par de sorpresas más que revelaremos a inicios del próximo año.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Iván Daniel Thays sobre sí mismo


La última edición de la revista Buensalvaje parece una tomadura de pelo. Claro, dicho esto en buena onda. ¿Por qué una tomadura de pelo? Bueno, está la entrevista a Iván Daniel Thays (ex Iván Thays) en la que el conocido escritor no pierde la oportunidad de lanzar una crítica más hacia la obra de Miguel Gutiérrez. Digamos que la polémica va a girar por allí, pero a mí lo que me ha llamado la atención es esto:

¿Te encuentras trabajando actualmente en algún proyecto narrativo?
—Sí, estoy trabajando en una novela, pero lo que ocurre conmigo es que estoy en un proceso de cambio muy fuerte, un salto cuántico, digamos, y ahora me interesan mucho las cosas espirituales, la razón final, el amor como objetivo y misión de vida. Entonces ese salto hace que replantee no solamente mi función como escritor, sino también mi obra. No sé qué cosa quiero como escritor, qué imagen quiero proyectar, que definitivamente no es la imagen que proyecté con La disciplina de la vanidad. Lo bueno de la literatura es que tienes todo el tiempo del mundo –mientras vivas, claro (risas)– para cambiar de perspectiva.

Por eso da la sensación de que te encuentras perdido a nivel temático…
—Claro, va por ese lado. Decreto ser feliz [nota: su libro de cuentos para niños] fue muy importante porque es un quiebre para mí. Creo que eso es lo que quiero. Con decirte que hace unas semanas decidí definitivamente aumentar el Daniel a mi nombre. No solo en mi Facebook, sino ya en mis próximas obras el crédito va a ser Iván Daniel Thays. Es una decisión que tiene mucho que ver con la idea de una nueva persona, de una nueva obra; es decir, de una nueva escritura.

Voy a ponerlo aparte:

(...) hace unas semanas decidí definitivamente aumentar el Daniel a mi nombre. No solo en mi Facebook, sino ya en mis próximas obras el crédito va a ser Iván Daniel Thays.

A mí me causó mucha gracia. Uno no sabe si tomárselo en serio.

Lo otro es un poema de Gustavo Faverón que... uno tampoco sabe si tomarlo en serio. (Pueden leerlo aquí; es el primero.) 

Evitaré hacer bromas comentarios al respecto. Se supone que he jurado portarme bien.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Gótico carpintero


Muchos lectores tienen una obra maestra a la que pueden hacer referencia cuando les preguntan cuál ha sido el mejor libro que han leído en su vida. Muchos, digo. Son pocos, sin embargo, los que tienen en mente, o en la punta de la lengua, el peor libro que se han fumado (y si lo tienen, generalmente es de un autor peruano).

Yo tengo el mío. Digamos que tenía un top five de los cinco peores libros que había leído (tres novelas, un cuentario y un poemario). Tenía, dije, porque he leído Gótico carpintero y ya sé cuál es el peor libro que me he tragado en toda mi vida. Ha desplazado a todo mi top five. Es el number one de la peor literatura que ha pasado por mis estantes («que ha pasado», digo, porque ya me deshice de él); number one lejano, nadie lo alcanza. Lo peor. Una mierda.

Y entonces me pongo a analizar: ¿por qué este señor gusta tanto? En un post anterior decía que aquí alguien estaba equivocado. Y si yo jamás me equivoco, entonces es fácil concluir que los demás (los putos gaddianos) equivocadísimos están. Sí, señor.

Lo pongo más claro: cuando algo no me gusta es porque es malo. 

Lo pongo mucho más claro: si algo no me gusta es porque en verdad es malo. Objetivamente malo. 

Para que quede tan claro como el agua: tengo el mejor gusto literario del planeta.

No me entra en la cabeza cómo es que este autor puede generar tanto fanatismo. Podría tratarse de un problema de dislexia masiva. No sé. Es una teoría. La verdad, con Gaddis ya no dan ganas de continuar, pese a que allí está J R coronando la pila de libros sin leer al lado de la radio.

¿Y después de todo lo dicho creen que voy a reseñar este bodrio? Pues sí. Es fácil de hacerlo. Empieza con un narrador omnisciente de mierda, luego este flojo omnisciente se larga y deja a los personajes hablando al teléfono todo el rato (el 99,9% de la novela). Punto.

Para los que se quieren llenar la boca diciendo que este libro es una crítica al sistema de Estados Unidos y bla bla bla, bueno, yo tenía una profesora que nos decía que El Principito hablaba sobre la Revolución francesa.

Pero ese no es el punto. El problema es otro. El problema son ustedes. Porque no me lo explico de otra manera.

Something is rotten in the public taste, mai diar Shakespeare.

GADDIS, William. Gótico carpintero. Madrid: Sexto Piso: 2012.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Ágape se paga


William Gaddis era un mal escritor, y él lo sabía. Ganó dos veces el National Book Award, pero se quejaba de que no le daban el perrito Pulitzer por ser este un premio para escritores adocenados. Es decir que, además de pésimo narrador, era un escritor llorón.

Desde hace años venía leyendo reseñas favorables sobre la obra de Gaddis. Reseñas demasiado dulces. Alabanzas. Un nuevo dios. Y claro, uno entonces se entusiasma y camina hacia la luz. En este caso yo caminé hacia una librería y vi, en la sección de Literatura Hipster, dos de sus novelas en remate. No lo dudé. 

Cuando tengo dinero nunca dudo.

Tampoco dudé semanas después al comprar J R. Vaya festín que me voy a dar, pensé. Pero decidí empezar por algo breve: Ágape se paga.

Lo leí una tarde en la oficina y luego dije en voz alta al finalizar la última línea: vaya mierda. Y eso que jamás leo con prejuicios. ¿Y toda esa avalancha de elogiosos comentarios en los blogs que suelo visitar?  Acá hay alguien que está equivocado y no soy yo.

Gaddis es para los «elegidos», me dijo un amigo gaddiano al día siguiente, cuando intercambiábamos opiniones sobre el esperpento que me había tenido que tragar. Los elegidos. Vale decir, para los que no tienen ni puta idea de lo que es buena literatura.

Hipsters de mierda.

GADDIS, William. Ágape se paga. Madrid: Sexto Piso, 2008. 

domingo, 26 de octubre de 2014

El fantasma nostálgico


Hay una cosa que cualquier narrador peruano sabe: para escribir una novela sobre la guerra interna hay haber leído el informe final de la CVR. Pero de ahí a que te salga un buen libro es otra historia.

El fantasma nostálgico, de Carlos Calderón Fajardo, aborda la guerra interna. O sea, otra novela más sobre el mismo tema. 

Todos quieren contar cómo los afectaron los años de la violencia. Okay. Es válido. Yo quiero contar cómo me afecta que mi vecino escuche Radio Felicidad cuando llego del trabajo y me dispongo a leer, y también es válido. Todo es válido en literatura, señores, y es ahí donde reside la trampa.

¿Pues cómo contar un tema tan manido de manera que parezca original? ¿Privilegiar la trama o el lenguaje? ¿Omnisciente o primera persona? ¿Boleta o factura? Son muchas preguntas como para romperse la cabeza. No sé, digo yo, pero a mí los libros no me atraen por sus temas. Jamás me pongo a leer los textos de contratapa con esos blurbs de mierda tipo: «La mejor novela sobre el nazismo. Y punto». Etcétera. El tema es lo de menos si no se sabe mentir bien. O mentir con claridad. Y si la guerra interna la van a contar Las Tortugas Ninja o unos fantasmas, insisto, me da igual.

Yo a esta novela la he notado muy fragmentaria. Repito: yo. A mí me ha parecido así. Una novela muy correctita. Muy de «quedar bien con el lector». Tal vez sea por su atmósfera onírica, su falso lirismo o qué sé yo. A mí me crispa los nervios cuando no se me está contando nada. Cuando la historia camina en círculos queriéndose morder la cola.

Este libro quedó finalista del premio Tusquets de Novela hace ocho años, si mis conocimientos de astronomía no me fallan. Otra hubiera sido la histora de Calderón Fajardo.

La novela, les decía.

Fragmentaria, difusa, abrupta. Cuando es inteligible nos topamos con frasecitas profundas a lo Coelho: «Solo podemos aproximarnos a lo que deseamos olvidar» (11). Uno no sabe al final cuántas estrellitas ponerle en el Goodreads. Creo que el mismo lenguaje de la novela trata de ser fantasmal, inaprensible. Pero es un fantasma al que se le notan las costuras. Pienso que, luego de no ganar el Tusquets, tal vez recibió excesivas correcciones a lo largo de todos estos años (y eso que encontré demasiadas erratas como para pensar que no le pagaron al corrector de estilo). 

Julian Barnes afirmó alguna vez que cuando uno corrije demasiado un texto puede llegar a echarlo a perder.

Algo así.

CALDERÓN FAJARDO, Carlos. El fantasma nostálgico. Lima: Animal de invierno, 2013.