lunes, 20 de febrero de 2012

El hombre que hablaba del cielo

Irma del Águila Peralta (Lima, 1966) es autora de las novelas El último capítulo (2001) y Moby Dick en Cabo Blanco (2009), y el cuentario Tía, saca el pie del embriague (2000). El año pasado recibió el III Premio de Novela Breve de la Cámara Peruana del Libro, por la presente novela.

El hombre que hablaba del cielo, ambientada a inicios del Siglo XVII, cuenta la desventura de Esteban Quintero y Saldarriaga, quien, siendo piloto de la Armada del Sur, es capturado por corsarios holandeses luego de una batalla naval. Esteban conocerá a Jan van Hück, hombre de mar poseedor de un lente espía con el cual es posible ver más de seis leguas. Este hallazgo lo hará reflexionar sobre el movimiento de los cuerpos celestes.   

La novela, que se estructura en dos partes y un epílogo, describe minuciosamente el mundo naval y la Europa de aquella época, además de tocar temas provenientes de la astronomía, por lo que es fácil percibir un arduo trabajo de investigación.

Y he aquí el primer error que muestra la novela, pues su documentación es excesiva y, en ocasiones, asfixiante. Se trata de una novela histórica, efectivamente, y por eso mismo cabe recordar que la sola transcripción de fechas, nombres y hechos no hace de por sí a un texto de este tipo. De esta forma, la historia es descuidada como tal y, es evidente para el lector, pasa a un segundo plano. Debido a esto, el personaje principal es de una pasividad increíble. A lo largo del libro permanece casi inactivo y, salvo dos o tres acciones quizá importantes, su función dentro de la novela es nula y se vuelve insulso a nuestros ojos.

El libro, por su desacertada inserción de monólogos en primera persona, la gran cantidad de páginas en donde se describe el movimiento de los astros y la narración de antecedentes históricos que no aportan mucho a la narración, termina por ser fragmentario y carente de unidad. Es más, la novela nunca se sostiene en su premisa del lente espía, que fue creado para observar al enemigo y, más tarde, sirvió para ayudar a conocer el cielo y sus objetos, sino que se pierde en vericuetos teóricos.

El cuidado de la edición es otro punto que merece tocarse, pues se trata de una editorial importante que se hace cargo de la publicación del libro. Aparte de que el lector soportará fallas ostensibles de diagramación, observará también la enumeración errónea de los capítulos, al pasar del IX al XI en romanos. Es tan solo una cereza en el pastel de una de las peores novelas peruanas que he leído en los últimos años. Aberrante.

DEL ÁGUILA, Irma. El hombre que hablaba del cielo. Lima: Planeta, 2011.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Leer el libro antes de ver la película en el que está basada siempre ha sido una de mis costumbres, sin embargo, con esta novela de Philip K. Dick me sucedió todo lo contrario. Había comprado el DVD de Blade Runner a sabiendas de que se trataba de una película de culto, hecho que confirmé luego de visionarla: sí, era una de las mejores cintas en la historia del cine. Entusiasmado, investigué más sobre el film y supe, sin mucha dificultad, que se basaba en una novela. 

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es la historia del cazador de bonificaciones Rick Deckard, quien tiene el encargo de «retirar» (eufemismo de «matar») a un grupo de androides que se encuentran en la Tierra. La historia se desarrolla en poco más de un día y, al finalizar su lectura, uno se da cuenta de que Ridley Scott hizo una versión bastante libre de la novela de Dick. Es más, mientras la leía tenía la sensación constante de que se me revelarían spoilers importantes, aunque eso jamás sucedió. Todo lo contrario: ambos, película y libro, se complementan.

Muchos podrían asegurar que Blade Runner supera al libro, pero la verdad es que ambos alcanzan picos muy altos. La película tiene, por ejemplo, ese gran monólogo -y poético final- de Roy Batty, y que copio a continuación:

I've seen things you people wouldn't believe. 
Attack ships on fire off the shoulder of Orion. 
I watched c-beams glitter in the dark near the Tanhauser gate. 
All those moments will be lost in time, 
like tears in rain....
Time to die.

El libro, sin quedarse atrás, trabaja de manera genial el tema de la «empatía», es decir, cómo los humanos pueden sentir alegría si ven a otro humano alegre y, a la vez, sentir un poco de tristeza si observan a gente desdichada. Y es esa comunión de sentimientos lo que principalmente los diferencia de los androides aunque éstos sean réplicas inmejorables. Es debido a esto que, hacia el final del texto, el personaje principal se pregunta si los androides también sueñan.

DICK, Philip K. ¿Sueñan  los androides con ovejas eléctricas? Barcelona: Edhasa, 2000.

martes, 24 de enero de 2012

10 razones para no salir con un escritor

Melvin y Carol en «As good as it gets».

Encuentro en el blog La ciudad de un billón de sueños un decálogo sobre los principales motivos para disuadir a una chica que opta por iniciar algún tipo de romance con un escritor. He aquí las muy graciosas razones:

Es mejor prevenir que curar, suele decirse. Aquí se exponen, como modesta contribución social,  las diez razones objetivas para no salir jamás con un escritor.

1. Si habías comprado una lencería monísima, de esas que resucitaría a los muertos, no dejes a su alcance una edición descatalogada o la última obra de uno de tantos autores que le vuelven loco. Entre un libro y tú, no hay color.

2. ¿Te gustan los ciclotímicos? Un escritor puede pasar, incluso en el mismo día, de la euforia a la depresión por culpa de lo que no consigue hacer con un Din A-4.

3. Si te gusta la tortilla de papas y salir por las noches a cenar con los amigos, olvídate de salir con un escritor. El sólo va a escuchar jazz, asistir a performances en salas de arte, ver cine de autor -o alguna estadounidense para criticarla a gusto- y prefiere ir a meditar a la playa o pasarse la noche leyendo un ensayo de Barthes.

4. Los escritores son inmaduros. Como pasan más de la mitad de su tiempo en el mundo de la ficción, están un poco más para allá que para acá, con lo que su inteligencia emocional no está muy desarrollada. Sí, pueden describir escenas con una profundidad asombrosa, son capaces de observar y plasmar otras épocas con precisión de cirujano, pero en el día a día son patosos. Manejan mucho mejor otras vidas que las suyas propias.

5. Los escritores son egoístas. Un escritor no quiere ser leído: quiere ser el más leído. Un escritor no quiere que le comprendan: quiere que le lean. Y ganar premios. Esto genera un reacción de protección desmedida hacia todo lo suyo.

6. Los escritores son competitivos. Utilizan el humor negro, mordaz, inglés, o el que tengan a mano según su personalidad para destacar con lo que ellos llaman “humor intelectual”, que suponen una realización de buenas maneras que los eleva a una categoría social especial. Eso sí, son tan snobs que solo quieren ganar en lo que consideran importante. No van a mover un solo dedo por ganar algo en lo que no creen.

7. Los escritores son malhumorados. Un escritor enfadado es una persona de la que estar bien lejos cuando estalla. Pueden herir con facilidad ya que son grandes observadores y casi seguro han descubierto tus puntos débiles.

8. Los escritores son narcisistas. No hay nada que anhele más un escritor, después de ganar premios, que el halago. Pero no cualquier halago: debe ser un halago que parezca espontáneo, que le deje en buena posición, que puedan devolver con una falsa modestia bien calculada. Y lo peor de todo: no tienen límite. Podrían estar halagándolo todo el día y su ego tiene las tragaderas de Gargantúa.

9. No puedes hablar de cosas banales. Si te gustan los cotilleos, la vida social del país, los rumores, el día a día, a un escritor lo vas a aburrir muchísimo. Probablemente pensarás que te está escuchando, pero lo que está es terriblemente aburrido, y pensando en no dar opinión alguna para no prolongar más esa charla que lo tiene en un sinvivir.
10. Si por alguna razón no te importa ninguna de estas razones y te gusta un escritor, te daré una última. Los escritores son infieles; todos los pecados, como dijo Wilde, están primero en nuestra mente. En una actividad imaginativa como es la escritura, y sumando que los hombres pensamos casi todo el tiempo en sexo, no es difícil imaginar los desastrosos resultados que tiene para una relación estable que una de las partes sea escritor. Adoran tener groupies y no es descabellado pensar que muchos se hicieron escritores para follar con jovencitas adorables que serían capaz de cualquier aberración que le pidieran porque el escritor las hace conmoverse con sus palabras.

Si, a pesar de todas estas razones, te vuelve loca un escritor, déjame añadir que, a pesar de todas estas contraindicaciones, te entiendo. Son atractivos, sugerentes, oscuros, sexys, imaginativos, independientes, complicados, liberadores y aventureros, y esa fuerza arrolladora que los empuja hacia adelante es casi irresistible. Son los escritores de la literatura del mal; son Nick Cave escribiendo morbosas novelas; así que si te has topado con uno y has probado el fruto prohibido que te aconsejaría no probar, solo me queda desearte suerte. Mucha suerte.

lunes, 16 de enero de 2012

Gastronomía literaria

Gastón Acurio (tomado de 4D2Studio)

No cabe duda que la gastronomía está en el podio de las actividades e intereses nacionales. Cada vez, más jóvenes optan por estudiarla y los medios se dan el triste lujo de quitarle espacio a la página cultural para tener una sobre restaurantes y platillos. Demás está decir que los periodistas gastronómicos aparecen ahora con mayor frecuencia; uno levanta una piedra, y allí salen tres o cuatro, cuchara o teneder en mano.

Y Gastón Acurio, por favor, ¡qué duda cabe!, es el adalid de todo esto.

Lo cual no es malo, en absoluto. La cocina peruana se ha impuesto a nivel mundial y, a su vez, cada día este negocio genera más y más puestos de trabajo. Pero lo que resulta discutible es que el zapatero no quiera estar en su zapato. Al señor Acurio se le piden opiniones que trascienden su ámbito restringido. Es un gurú que puede dar la solución en cualquier materia. Quizá la gastronomía tenga algún vínculo con otros aspectos de la sociedad -y de hecho los tiene-, pero es una exageración que se la convierta en una bestia que acapara todo, que devora todo. El resultado, como ustedes sabrán, es que Gastón Acurio ha sido nombrado como jurado del famoso concurso de cuento de la revista Caretas. Sí. El de las mil palabras.

Ya la gastronomía había estado tentando, empujado por la hambruna editorial, a sectores en los que no se les solía ver. Las editoriales Planeta y Mesa Redonda apostaron por la publicación de libros en donde un cocinero daba cuenta de su vida, recetas y sufrimientos. Así se diseñó la receta del éxito: el publicado por Mesa Redonda logró ser best-seller en la pasada Feria Internacional del Libro de Lima.

Ahora, para darle mayor publicidad al concurso que todos los años organiza Caretas, se ha designado a Gastón Acurio como jurado. Este señor, en el uso de su más infinita inteligencia, hubiera dicho: «Lo siento, pero no soy la persona adecuada para desarrollar esta labor». Pero, no. Gastón no ha querido ser sabio y, según tengo entendido, hasta ahora no ha declinado su participación.

Por otro lado, lo de Caretas es más risible aún. Quienes manejan esta revista quieren convertir el concurso (que tuvo a Mario Vargas Llosa como jurado en su primera edición, allá por 1982) en una suerte de show mediático, en donde tienen voz y voto los personajes más famosos y visibles. (Dicho sea de paso, Patricia del Río, la periodista a quien todo mundo acosa, también figura como nueva miembro del jurado, lo cual merecería un post lapidador por el horror que también significa su elección.)

¿Es Gastón Acurio alguien representativo de las letras peruanas? ¿Bajo qué criterios designará cuáles textos son importantes y cuáles no (supongo que el mismo que usa para separar los tomates podridos)? Su designación, como es evidente, obedece más a razones de márketing que a un refinamiento de la cañería por donde transitarán los cuentos concursantes. En vano sería también hacer un llamamiento a que los plumíferos no participen en este concurso. Sería estúpido. Es más, creo que enviaré un par de cuentos. Tal vez una historia de amor en torno al ceviche o las cuitas de un joven cheff al cocinar un lomo saltado.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Lo que leí el 2011

«Joven leyendo» (Ignad Betnarik)

El año se acaba. Mientras escribo este post apenas le quedan unas cuatro horas de intensa agonía tras la cual muchos celebrarán en bares y discotecas. Yo soy la excepción. Siempre pienso que no hay nada como recibir el año entrante estando sobrio. Total, la alegría con la que uno le da la bienvenida al nuevo calendario no depende de la ingesta de licor sino del propio estado anímico.

Ha sido un año en el que he intentado leer más de la cuenta, o por lo menos superar las cifras del 2010. Supongo que se hará una costumbre, si este blog y yo sobrevivimos, hacer este tipo de recuentos de las lecturas que nos endulzaron la existencia. 

Jugando con los colores, irán en azul los libros que me agradaron bastante, es decir, lo mejor de lo mejor; en púrpura, los que me hicieron pasar un buen momento pero no llegaron a más; en verde, los que fueron mero entretenimiento y son prescindibles; y en naranja, los libros que uno podría quemar por lo malos que fueron. Aquí el ránking:

1.- La noche de Morgana (Jorge Eduardo Benavides). Muy buena colección de cuentos del escritor peruano. No lo pongo en azul porque tiene un par de cuentos de relleno.

2.- El desierto de los Tártaros (Dino Buzzati). Mi biblia moderna. La había buscado casi dos años y cuando la hallé, la devoré y me quedé más que satisfecho. Es el libro que mejor retrata el tema de la soledad.

3.- La perla (John Steinbeck). Hermoso librito del Nobel. Corto y efectivo.

4.- Como agua para chocolate (Laura Esquivel). Un fiasco. Y pensar que tiene muchas ediciones e inclusive una película.

5.- Ficciones (Jorge Luis Borges). No necesita mayor presentación. Es la gran literatura en cada una de sus páginas.

6.- La piel fría (Albert Sánchez Piñol). Minimalista, como me encantan. Lo calificaría como un thriller filosófico. El suspenso recorre el libro de punta a punta.

7.- La iluminación de Katzuo Nakamatsu (Augusto Higa Oshiro). Nunca encontré la justificación para que este libro haya sido considerado el mejor del 2008. No merece la pena. El final es tan abrupto.

8.- La metamorfosis y otros relatos (Franz Kafka). Un clásico que nunca leí completo. Te abre las puertas al mundo kafkiano.

9.- La única chica del grupo (Carmen Escobar). Si hago memoria, lo recuerdo poco. Un libro hecho de retazos de textos. Cuentos que ni eran cuentos. Pobrísimo.

10.- En los extramuros del mundo (Enrique Verástegui). Genial poemario. Sucio y callejero. Uno mira con otros ojos el centro de Lima luego de leerlo.

11.- Aura (Carlos Fuentes). A mí no me pareció la gran cosa. Incluso la historia y su desenlace me parecieron tontos.

12.- El camino (Miguel Delibes). Hermoso libro del español. Tan tierno, tan dulce.

13.- Suicidios ejemplares (Enrique Vila-Matas). Tiene algunos cuentos magníficos, pero no se entiende porqué hay relatos de pésima calidad que están incluidos en la colección.

14.- Termina el desfile (Reinaldo Arenas). A este cubano le encanta jugar con el lenguaje. Son cuentos bien logrados pero la mayoría terminan por hastiar al lector. Pese a eso, prometo seguir leyendo más de él.

15.- El señor de las moscas (William Golding). El argumento ya de por sí es genial y el autor lo sabe explotar con magnificencia. Un libro muy cercano a temas de sociología.

16.- Algo que nunca serás (Guillermo Niño de Guzmán). No son los cuentos que uno espera de este autor peruano. Quizá sus primeros libros terminen por reconciliarme con él.

17.- El enano (Fernando Ampuero). La ojeriza que Ampuero le tiene a Hildebrandt es evidente, y este libro es una muestra de ello. Si Ampuero canalizara esa energía para hacer verdadera literatura lograría mejores cosas. Se deja leer con facilidad.

18.- Hamlet (William Shakespeare). Otro clásico que me debía y cuya lectura disfruté. Sin embargo, estas tragedias lo terminan por empachar a uno.

19.- Casa (Enrique Prochazka). El libro arranca bastante bien -pues Prochazka plagia bien a Borges- pero, conforme avanza, la Casa se cae a pedazos. Por ratos es ininteligible. 

20.- Miguel Strogoff (Julio Verne). El escritor francés es todo un genio para hacerte encariñar con sus personajes y no aburrirte nunca con ellos en sus aventuras. A Strogoff le pasa algo casi a mitad del libro y que te hace saltar de tu asiento; no puedo decirlo.

21.- El viejo y el mar (Ernest Hemingway). El libro se sintetiza en una frase tan monumental, algo así como que un hombre podrá ser destruido pero jamás podrá ser derrotado. Le valió el Pulitzer al buen Hemingway.

22.- El lugar sin límites (José Donoso). Lo leí antes de ver la película del mismo título. Es evidente su pertenencia al Boom latinoamericano. Lo mejor del libro son los boleros que aparecen en él.

23.- La loca de la casa (Rosa Montero). Grato libro de la periodista española. Bastante lúdico. Pudo ir en azul.

24.- Las lunas de Júpiter (Alice Munró). Casi lo pongo en naranja. Su prosa era demasiado detallista; era un exceso que me exasperaba salvajemente, pero como soy masoquista la seguiré leyendo (tal vez un par de libros más).

25.- 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (José Carlos Mariátegui). Es el libro que todo peruano debe de leer, y yo ya tenía que justificar mi nacionalidad.

26.- Bartleby, el escribiente (Herman Melville). Dicen que es la fase inicial de la literatura existencialista. El personaje creado por Melville es tan extraño, sin llegar a ser oscuro; un nihilista completo.

27.- La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde). Entretiene, sólo eso. «El retrato de Dorian Gray» me sigue pareciendo su obra maestra.

28.- El guardián entre el centeno (J. D. Salinger). Por la leyenda que se teje detrás de este libro uno confía en que su lectura esconde algo más, pero no. Es una novela sencilla, tierna por ratos. Eso sí, Holden Caulfield, ese jovenzuelo protagonista de la obra, se te vuelve inolvidable.

29.- Extraña forma de vida (Enrique Vila-Matas). Esperaba más de este librito. Se deja leer.

30.- La velocidad de las cosas (Rodrigo Fresán). Me desesperaba cada vez que lo tomaba del velador para leerlo. No surgía una historia y no apareció ninguna hasta que lo terminé. Me enfurecen bastante los libros que te hacen perder el tiempo. De castigo, va en naranja.

31.- París no se acaba nunca (Enrique Vila-Matas). Dicen que Vila-Matas no es para mí, sin embargo, voy a seguir leyéndolo para al final comprobar que es el escritor contemporáneo más sobrevalorado.

32.- Seda (Alessandro Baricco). Segunda vez que lo leo. La primera vez fue en PDF y en esta segunda ocasión ha sido en un libro tal cual. Sigo sin entender como otros lo califican de «joya».

33.- El inventario de las naves (Alexis Iparraguirre). Tiene un par de cuentos letales, bastante buenos. Como conjunto le falta un poco de cohesión.

34.- Rojo y Negro (Stendhal). Este libro te enseña a enamorar realmente a una mujer. Y ya me lo habían dicho antes de leerlo. De aquí en adelante, representa mi educación sentimental.

35.- El lazarillo de Tormes (Anonymous). Otro clásico que ni en tiempos de colegio lo había terminado de leer. Ese lazarillo es todo un bribón.

36.- Prosas apátridas (Julio Ramón Ribeyro). Joyón de joyones. Un libro que se disfruta con demasiado placer. El goce de las palabras roza lo orgiástico.

37.- El lugar (Mario Levrero). Con este comenzé la «Trilogía involuntaria». Muy ágil, muy bueno.

38.- El jardín de la doncella (Carlos Rengifo). Un bodrio total, lo peor que he leído en mucho tiempo. Para ser un libro premiado no justifica en nada tal condición. Al final, lo vendí a un incauto.

39.- Diccionario de Literatura (Francisco Umbral). Me apasiona Umbral y en este libro el español se sirve de él para calificar a los demás escritores de su tiempo y compartirnos breves anécdotas. Su erudición nunca me termina de sorprender.

40.- Romeo y Julieta (William Shakespeare). Tanto hablan de estos libros clásicos que ya ni los leen. Yo los adoro. Pese a que sabía la historia y el final, lo disfruté mucho.

41.- Poemas de otros (Mario Benedetti). El dulce Benedetti. Ya sé por qué a mis amigos no les gusta. «Es que la gente los prefieren más fieros», como me decía un colega.

42.- El mar (John Banville). Con qué ansiedad lo leí y vaya que no me decepcionó. Recomendable.

43.- Fahrenheit 451 (Ray Bradbury). Me sorprendió para bien. Me hizo reflexionar. Logró que amara aún más a los libros. De lectura obligatoria.

44.- Tanta gente sola (Juan Bonilla). Este libro de cuentos es genial. Historias interconectadas, muy bien narradas y, sobre todo, con un giro de tuerca al final que te deja pasmado.

45.- Plataforma (Michel Houellebecq). Amé este libro. Su final, no lo niego, me hizo llorar un poco. Cuando lo terminé me dije a mí mismo que debería leer más a Houellebecq.

46.- Don Juan Tenorio (José Zorrilla). Lo leí por el Día de los Muertos, como una manera de celebrar esa fecha. Ahora entiendo la fama de burlador de Don Juan.

47.- París (Mario Levrero). Aquí, el escritor uruguayo se siente más libre para jugar con lo onírico. También aprueba.

48.- Exilados (James Joyce). Mentiría si digo que me encantó. Se deja leer pero no es el Joyce que uno quiere encontrar.

49.- El lugar (Mario Levrero). Para finalizar la trilogía. Sin  lugar a dudas, la mejor de la colección.

50.- Memoria del abismo (César Hildebrandt). Quise con todo mi cariño verle el lado amable a esta novela pero no pude. Desaprueba.

51.- Todo arrasado, todo quemado (Wells Tower). Muy buena colección de cuentos. Si no fuera por uno que está demás, lo pondría en azul. Sucede que con los cuentos me pongo exquisito.

52.- Los enamoramientos (Javier Marías). Seré sincero con este libro. Es duro, cruel, filosófico, entretenido, a veces enrevesado, a veces asombroso, pero no lo considero como lo mejor del 2011. Ojo. Es un muy buen libro y a muchos críticos y lectores les ha fascinado, pero, en lo que respecta a mí, no tiene eso que hace que una novela le impacte a uno, eso tan inexplicable que solo uno reconoce cuando ya lo está leyendo.

53.- Yawar Fiesta (José María Arguedas). Lo terminé minutos antes de iniciar este post. El 2011 se han cumplido 100 años de su natalicio y conocer su obra es la mejor manera de homenajearlo.

Este fue el ránking de mis lecturas. Les deseo a todos un feliz 2012; que sea un año de alegría y lleno de libros inolvidables. :-)

lunes, 26 de diciembre de 2011

Los enamoramientos


Cuando me decidí a leer la última novela de Javier Marías, «Los enamoramientos», ya casi se había agotado en todas las librerías de Lima. Estaba verdaderamente angustiado. Regresaba entonces de una infructuosa pesquisa por el centro de la ciudad, cuando le comenté a R la desazón que me provocaba no encontrar el libro (él, por su puesto, tenía el suyo y ya lo había leído apenas llegó a estos lares).

—Creo que ese libro correrá la misma suerte que el primero de «Tu rostro mañana» —me dijo pensativo.
—¿A qué te refieres, R?—le pregunté.
—A que quizás se agote y sea casi imposible de hallar. —Una sensación de malestar se apoderó de mí. No podía concebir que el libro escaseara tan pronto y ante mis propias narices. Sin dejar pasar muchos días, fui a una librería en la que solo quedaba un ejemplar, el cual compré sin pensármelo mucho.

La historia es narrada por María Dolz (me dicen que es la primera vez que Marías utiliza una voz femenina) quien cuenta cómo le afectó la muerte de Miguel Desvern o Deverne, a quien sólo conoció de vista. Esta novela es en sí un tratado reflexivo sobre la muerte, tema central al que se le añade el de la nostalgia y el enamoramiento. El título siempre se me antojó bello y no dista mucho de la manera tan bella en que está escrita la novela.

Las referencias literarias predominan en el texto y le otorgan un gran sentido. Allí tenemos como fuentes principales a Shakespeare («Macbeth»), Balzac («El Coronel Chabert») y Dumas padre («Los tres mosqueteros»). Dicho sea de paso, en este año que termina, Babelia ha elegido a esta novela como la mejor del 2011. No he leído los otros títulos del ranking para hacer la comparación respectiva, pero, sin duda alguna, la novela de Marías, por su tono intimista y prosa cuidada, merece tal lugar en el podio.

MARÍAS, Javier. Los enamoramientos. México, D.F.: Alfaguara, 2011.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Todo arrasado, todo quemado


Recién leo este libro que me regalaron por mi cumpleaños, que fue hace meses. Fueron los amigos de Planeta quienes me lo obsequiaron a través de esos conocidos sorteos de Facebook. Semanas antes, lo había elegido por sugerencia de un amigo de El Virrey, quien me dijo: «No leo a ningún autor nacido después de 1950, pero éste es muy bueno». Se refería al libro de Tower, cuya portada parecía el de una saga sobre vikingos.

Este libro es considerado como una de las mejores colecciones de cuentos de los últimos años, y su autor es poco menos que el gran descubrimiento de la literatura norteamericana. Cuando me hice del libro simplemente lo dejé en el estante de mi casa y ya le iban a salir raíces hasta que hace una semana lo tomé y empecé su lectura.

Los cuentos de Wells Tower (Canadá, 1973) conforman un cuadro muy preciso sobre la vida cotidiana yanqui, salvo el cuento que da título al libro, que aborda más bien el mundo de los pueblos vikingos y su convivencia. Los demás presentan a personajes realizando labores totalmente domésticas, poseedeores de complejos problemas internos. Los nueve cuentos que conforman el texto mantienen un nivel de calidad bastante alto, siendo el primero («La costa marrón»), a mi parecer, el más logrado de todos.

Todo arrasado, todo quemado es el debut literario de Tower. Sus cuentos rebozan de una impecable belleza y logran cautivar por el grado de sencillez en el que han sido elaborados. Sin embargo, es evidente que se trata de una colección que se podría calificar como the best of. No existe unidad en el libro y hay ciertas lejanías temáticas entre algunos de los relatos.

TOWER, Wells. Todo arrasado, todo quemado. Barcelona: Seix Barral, 2010.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Memoria del abismo

En este blog nos gusta mucho César Hildebrandt; su labor periodística es la más destacada en los últimos años y su ética no es lugar común entre los periodistas peruanos. Sin embargo, las lides literarias son otras y, con el dolor de mi corazón, he de reseñar «Memoria del abismo», su primera y única novela publicada hasta el momento.

Todos hacen referencia a esta novela como "malísima". La verdad es que bajo ese prejuicio la leí, esperando encontrar un esperpento. Ya Fernando Ampuero, en «El Enano», libro dedicado a denostar a Hildebrandt, cuenta unas anécdotas bastante crueles sobre esta novela que, en definitiva, no tuvo el éxito que su autor esperaba.

La novela narra de forma fragmentaria las vidas de periodistas, dirigentes sindicales, políticos, traficantes, cada uno ocupando un lugar relevante dentro de la construcción de una historia peruana de fines de los años ochenta, un retazo de la Lima de los invasores, las reuniones conspiratorias y el tráfico de drogas. Es, a primera vista, la novela de alguien que ha pasado mucho tiempo rodeado de sucesos noticiosos.

Hildebrandt cae en exageraciones. Su prosa, vigorosa en las columnas periodísticas que escribe, llega a ser bastante soporífera en el terreno de la narrativa. Los adjetivos cabalgan uno sobre otro y lo que se nos entrega es un texto bastante barroco. Los personajes, aparte de llevar nombres risibles, no dejan de aparecer hasta muy avanzada la obra. Y la conversación literaria que sostienen dos de ellos hacia el final del libro es casi intolerable.

Pese a esto, no creo que esta novela sea malísima. Tal vez sea «mala», simplemente, o mediocre, lo que es peor aún, pues queda a medio camino entre el fracaso y la victoria. Sucede que por tratarse de César Hildebrandt, uno esperaba injustamente encontrarse con un libro, al menos, interesante.

HILDEBRANDT, César. Memoria del abismo. Lima: Jaime Campodónico, 1994.