lunes, 17 de diciembre de 2018

Bertrand Morane gana la beca Ana Karenina


Buenas noches a los directivos y trabajadores de Petroperú, a los distinguidos miembros del jurado, a los amigos, a las personas con quienes mantengo un trato cordial y a los totalmente desconocidos:

Voy a hablarles de dos breves imágenes. Una vivida y la otra extraída de una película, pero ambas igual de poderosas. Sin embargo, antes de pasar a estos asuntos quisiera dejar en claro algo que siempre digo, incluso cuando no me lo preguntan Y ese algo es: detesto cuando una persona se autodenomina escritor. Habría que disertar mucho al respecto y nos llevaría horas. Por esa razón trataré de ser conciso en este punto. No los quiero aburrir. De alguna manera, ustedes están aquí para comprobar si este que les habla puede ratificar su premio a través de la oratoria.

Hablaba sobre la autodenominación de escritor. Creo con firmeza que nadie debería llamarse así. El mundo sería un lugar más justo si le reservamos ese título a Ernest Hemingway, Franz Kafka, Roberto Bolaño, Leopoldo María Panero. (Así, muertos y mejor aún con algún grado de locura. Agrego aquí que otro requisito excepcional para llamarse escritor es padecer de algún trastorno mental certificado por una institución de prestigio). Es muy ofensivo para el cementerio de genios inmortales que uno, todavía vivo y en pleno uso del buen juicio, persista en llamarse escritor.

La palabra que yo prefiero es autor. Y a algunos esta no les termina de calzar, incluso a mí, pero ese es otro debate.

Esto de llamarse o no escritor viene a cuenta de que, en las imágenes que presentaré, he de usar el término indistintamente y, como gran mentiroso que soy, mi mayor deseo es que no me confundan.

La primera imagen es esta: estamos Karen y yo juntos luego de haber salido de nuestros respectivos trabajos. No sé si yo vine por ella o ella vino por mí. La diferencia será enorme desde el día de esta imagen en adelante, porque seré yo quien vendrá por ella. Decía que habíamos salido de nuestros trabajos. Quizá caía una lenta llovizna. No lo recuerdo bien, pero, para lograr una mejor imagen, pongamos que había llovizna y la atmósfera tenía esa neblina onírica  de algunos cuentos de Ignacio Aldecoa. Caminábamos a lo largo de Espinar y yo empezaba a practicar a su lado mi antiguo deporte favorito: la queja. ¿De qué me quejaba en ese entonces? De que no tenía tiempo para escribir, mucho menos para leer. Salía de las oficinas de una revista importante. Ejercía el periodismo. Me pagaban por escribir. ¿No es acaso un buen inicio para una vida adulta? Luego engordamos, nos quedamos calvos y llenamos la casa de hijos, pero eso también da para otro debate.

Tuvimos entonces, Karen y yo, la conversación más seria de todas, y quizá por eso tengo muy presente esa imagen. Nos recuerdo más jóvenes en ese entonces, merodeando por las calles de Miraflores. De noche y, no sé por qué rayos, yo con un saco y camisa. Yo quería ser escritor. Aquí cabe añadir algunos datos biográficos de mi persona. Llegué de Huancayo desde muy pequeño traído por mi Madre, enfermera ella, y había crecido en la periferia de Lima. Se tienen las más grandes y absurdas aspiraciones cuando te parecen más inalcanzables. Mi madre trajo libros. Es raro que una madre soltera venga a la capital con un hijo pequeño y, además, traiga libros. Pero los trajo y se lo agradezco. Mis ascendentes nunca se han dedicado a las letras, aunque a veces digo —es decir: miento— que mi padre fue Alberto Flores Galindo. Suena bien, ¿verdad? Incluso las fechas juegan a mi favor. Vuelvo con Karen a esa noche miraflorina. Además de las aspiraciones, tenía muchas inseguridades y poco dinero. Y Karen me ofreció una beca que por entonces bautizamos como la Beca Ana Karenina (por cierto, Karen solo lee clásicos y hace excepciones conmigo). ¿En qué consistía la beca? Karen me iba a proveer de alimento, movilidad y libros, ropa también. En resumen, se instauró el matriarcado en nuestra relación. A cambio, yo dejaría de practicar mi deporte favorito (quejarme) y lo desplazaría por una actividad más silenciosa, solitaria e imponente: escribir. Nunca más volví a tener un trabajo con horario de oficina.

Lamento comunicar que la beca se ha terminado hace unos días: unos segundos después de que yo le anunciara a Karen que me daban este premio.

La segunda imagen pertenece a una película que me recomendó ver mi gran amigo de la infancia, el fotógrafo Alberto Nicho. La película se titula El hombre que amaba a las mujeres y es la mejor de Truffaut, y justo por ser la mejor de este cineasta francés no parece suya. En esta película —lo hemos decidido Alberto Nicho y yo— Truffaut construye al mejor personaje de la historia del cine porque le otorga un coherente y enorme perfil psicológico. El personaje se llama Bertrand Morane y vive fascinado por las mujeres. Las ama a todas por igual. Pese a no ser lo suficientemente atractivo, ninguna le es esquiva (o casi ninguna). Este Bertrand Morane, y aquí viene la imagen, comienza de pronto a poner en el papel sus memorias. Se vuelve escritor, en resumen. Realiza lo que los franceses hacen mejor que el resto de los mortales: autoficción. Empieza a contar cómo es que le empezaron a gustar tanto las mujeres. Todo esto lo escribe en una vieja máquina hasta que de pronto, y he aquí la imagen, se levanta y camina hacia la ventana, abre las cortinas y observa con sorpresa la luz del amanecer.

Esta imagen es muy fuerte, amigos míos. La de un hombre que, sin querer, se la ha pasado escribiendo toda la noche. Es una imagen que me marcó y que muy pronto comencé a imitar por falta de recursos. Lo voy a explicar con dinero.

Desde que me anunciaron como ganador del premio, no ha faltado el comentario impertinente o cándido, tal vez, de aquel que dice de pronto que me he vuelto rico. Y, para mayor inri, me cita la cifra que he ganado. Yo le tengo mucho respeto al dinero porque casi no lo uso. Eso es evidente: no se usa lo que no se tiene. Una vez, Gerson Rivera, un amigo que suele darme trabajitos de corrector de estilo, me pidió que le retirara una pasmosa cantidad de soles. Mientras salía del banco me preparaba mentalmente para ser abaleado en la calle.

Los bienes más preciados en el mundo moderno son el tiempo y el silencio, y parece que por fin los podré adquirir nuevos y no ya de segunda mano. Es lo único que alguien que escribe y lee desea tener. Por eso la imagen de Bertrand Morane caló tan hondo. Me dio una solución. Ante el bullicio del mundo que se levanta desde las seis de la mañana y suspende su existencia —o sea, duerme— hacia las once de la noche, yo opté por invertir mis horarios de sueño. En otras palabras, me pongo a escribir desde de las once de la noche hasta que, por las cortinas, veo que se filtran las primeras luces del día. Entonces me digo que es hora de apagar el cigarrillo y la laptop e irme a dormir.

Me habría gustado contar otras hazañas o quizá haber inventado unas nuevas para enriquecer mi pasado de ficción (que es lo mejor que debe hacer uno para reconstruirse). Pero solo les traje estas dos imágenes para ilustrar un poco cómo es que mis pasos, sin darme cuenta, me han guiado hasta aquí, frente a ustedes, para festejar juntos esta cosa bonita que es la fraternidad. Sépanlo bien: los premios son los amigos.

Muchas gracias.

Lima, 5 de diciembre de 2018.

* (Discurso leído durante la Ceremonia de Premiación de la XX Bienal de Cuento «Premio Copé 2018»).

2 comentarios:

  1. Maravilloso discurso, me encantó y espero que te vaya muy bien mi estimado Stuar, espero pronto leer tu libro.

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